José Martí en el reino de la noche

La noche de Martí, exposición del artista plástico Adrián Gómez Sancho, abierta al público en el Museo Farmacéutico de la ciudad de Matanzas, resulta una espléndida oportunidad para reencontrarse con la figura del héroe, despojada de sus atributos clásicos hasta quedar solo la esencia humana, frágil, de su condición de ícono.

Exhibidos en la otrora casa de la familia Triolet, 11 lienzos trabajados con distintas técnicas: carboncillo, óleo, acrílico, nos descubren a un José Martí colmado de simbolismos, reinterpretado de forma personalísima.

La efigie del poeta de Ismaelillo ha sido abordada en ocasiones anteriores por el creador, sobre todo durante los últimos cuatro o cinco años. En 2019 y 2020 se expusieron en la sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) una serie de plumillas titulada El abridor de caminos.

Ahora regresa con una muestra de la que no puede sustraerse completamente el magnetismo de un mito pletórico de significados bíblicos; baste mencionar que los apelativos más comunes para describir al político y pensador cubano son apóstol y mártir.

Por eso el artista cardenense lo presenta orlado con un halo de divinidad y acompañado de la paloma, metáfora del espíritu santo, tal como lo vemos en la pieza El gran abrazo, o convertido en delicado querubín en El mambí alado.

Sin embargo, colocar al héroe en el dominio de la noche, territorio de lo onírico, espacio del deseo, de lo oculto, de lo prohibido, echa por tierra la fuerza semántica de estos referentes.  

La iconografía clásica relacionada al autor de los Versos Sencillos, aquel que quería morir con el rostro iluminado, pertenece al reino de la claridad. Recordemos que Cintio Vitier aborda el ideario martiano en Ese sol del mundo moral y Luis Toledo Sande titula su biografía Cesto de llamas. Un brillo, a ratos cegador, muchas veces le despoja de su índole mortal, sin tener en cuenta que es el ser humano quien engrandece al personaje histórico. 

Justamente a estas reflexiones intenta conducirnos el pintor, y por eso asegura que “se trata de una mirada actual, no al mártir, sino al hombre que disfruta de todo lo que tiene alrededor, desde la naturaleza, la noche, los personajes que la pueblan. Es, por una vez, no el que abraza, sino el que se deja abrazar”.

A esa aseveración añadiría que, más que dejarse abrazar, se entrega. Los ojos cerrados —negados o sugeridos por claroscuros— reafirman dicha actitud. Bajamos los párpados solo para cosas muy íntimas: meditar, soñar, besar. Así la imagen representada está a la vez ausente, retraída en sí misma, dada al goce sensual. 

El de Sancho es un Martí sintético, de líneas parcas y sombras oportunas, para el que no se encuentran precedentes claros en la extensa pinacoteca relacionada a su figura. Ni siquiera en un óleo como En el jardín de la noche, de Eduardo Abela Torras, que igualmente lo sitúa bajo el cielo estrellado, puede encontrarse un paralelismo evidente.

Si tuviera que aventurar un parentesco, señalaría, a vuelo de pájaro, la representación del Mártir de Dos Ríos que realizó Vicente Rodríguez Bonachea en el 2000; una suerte de San Jorge tropical, ecuestre y nocturno. 

Mucho más cercanas en el concepto, aunque no en las formas, están las múltiples interpretaciones que hace el pintor pinareño Pedro Pablo Oliva. Ambos comparten una visión desacralizadora del héroe. La del joven matancero, aún en proceso de forjarse una poética, abre la brecha hacia una mitología propia.

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Sobre el autor: Giselle Bello Muñoz

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