
Una amiga me dice, con una mirada casi de terror místico, que Facebook le lee el pensamiento. Me enseña en su celular un post de unas sandalias de mujer. Me explica, aún sorprendida, que hoy mismo se le rompieron las suyas y que necesitaba unos zapatos cómodos para el trabajo.
Al igual que yo, sabe que en un edificio en Palo Alto California no hay un grupo de nerds que frotan bolas de cristal, para adelantarse a tus más pequeños u oscuros deseos. Sin embargo, a veces en verdad parece magia; si entendemos esta como la capacidad de hacer lo extraordinario cotidiano. No obstante, en esto no hay nada sobrenatural. Es ciencia, y no comprenderlo así sería como aquellos que pensaban que las primeras cámaras, esas en las que el fotógrafo se tapaba con un paño negro la cabeza, podían robarte el alma.
Está esa serie de Netflix que aún no te embullas a ver, porque lo de los superhéroes no es lo tuyo, pero que Facebook te sugiere con carteles y buenas reseñas y comentarios de a quien sí le voló la cabeza, hasta que tú mismo te dices, “¿por qué no?, si el primer capítulo no me convence la dejo y ya”; y cuatro temporadas después sigues enganchado. Quizás el bombardeo de información sea una de las tácticas más burdas y viejas del manual de manipulación, pero ello no significa que sea menos efectiva.
Dicha técnica no solo se usa para alimentar con espectadores la industria cultural. No podemos ser tan ingenuos como para pensar que las capacidades de las redes sociales se emplean solo para que tengas una serie para entretenerte los domingos muertos en la tarde. Sobran los ejemplos en que se han utilizado como una herramienta de manipulación de masas.
Hace unos años atrás, Christopher Wylie, un científico que trabajaba en Cambridge Analytica, denunció cómo su empresa construyó una herramienta con la cual recolectaron más de 50 millones de cuentas de Facebook, para armar perfiles sicológicos que ayudaron a Donald Trump a ganar las elecciones del 2016. Así, a través de aplicaciones computacionales, de una manera al parecer “mágica” y que pasa desapercibida, intervienen las redes sociales en nuestras vidas.
Otro fenómeno que los especialistas han abordado ampliamente es al que llaman burbujas informativas. Consiste en que los algoritmos, a través de tus trazas en los buscadores, y los grupos y perfiles que sigues, te sugieren contenido similar y, entonces, en un entorno de terabytes y terabytes de información, te restringen a una pequeña playa para que chapoletees un poco. Por ello es tan importante, aunque se ha dicho una y otra vez, contrastar aquello que leemos, oímos y vemos, y no quedarnos con una sola fuente. Hay un vasto océano delante tuyo.
Lo digital es espejo del mundo físico, sin embargo, nadie ha dicho que sea liso y no cóncavo o convexo, y por tanto nos devuelva una realidad deformada, según los fabricantes del espejo o de quienes posean acciones o intereses en la fábrica.
En Cuba cada vez más personas tienen acceso a Internet y por tanto son sujetos de estas estrategias (bombardeos y burbujas, entre otras) para incidir en la psiquis colectiva. A veces sucede de manera descuidada, que rayan en vulgaridad y en lo sonso; pero en otras ocasiones de forma más inteligente. En este último caso, el más peligroso de ambos, utilizan los complejos contextos económicos que ha atravesado el país y, además, tergiversan alguno de los sentimientos más identitarios de los cubanos, como la solidaridad y la empatía.
Entonces el día a día, que para nadie es un secreto que puede resultar difícil por las escaseces, por la falta del fluido eléctrico (y gracias que podemos decir que la covid quedó atrás por el momento) lo hiperbolizan hasta dar a entender que toda esperanza murió, y a la vez, invisibilizan toda la labor que se realiza para amainar las dificultades.
La solución no radica en renunciar a las redes sociales, como mismo en su tiempo sería un sinsentido renegar de la televisión, a la que llamaron la caja tonta, porque las personas se quedaban embelesadas frente a la pantalla, sino ser usuarios críticos y avispados. Así comprenderemos que Zuckerberg no es Nostradamus.