El show de Trump encierra un evidente peligro para Nuestra América
Hace poco más de una década, Abbottabad, una humilde ciudad paquistaní, fue el escenario de una “operación quirúrgica” que los medios del mundo celebraron. Los Navy SEALs estadounidenses abatieron a Osama bin Laden, el cerebro de los atentados del 11 de septiembre. Barack Obama dio la orden, los marines fueron condecorados como héroes y el imperio sacó pecho. Aquella acción, aunque cuestionable en el marco del derecho internacional, se envolvió en el manto de la lucha contra el terrorismo global.
Este sábado 3 de enero de 2026, la historia se repitió, pero con un guion más perverso y otra puesta en escena. Donald Trump, un presidente más rancio que James Monroe y más cínico que el propio Obama, envió a sus ‘excelentes chicos’ de la Delta Force a secuestrar al presidente constitucional de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro Moros, en una operación bautizada con el pomposo nombre de “Absolute Resolve”.
La misma unidad que persiguió a Sadam Hussein y a Pablo Escobar fue la encargada de asaltar la residencia de Maduro en Caracas, derribar puertas blindadas y neutralizar a su guardia personal. El objetivo no fue abatido, sino capturado y esposado, para luego ser exhibido en redes sociales como un trofeo de guerra rumbo a una corte en Nueva York.
La pregunta que debemos hacernos es: ¿Acaso Nicolás Maduro es Osama bin Laden? ¿Hay alguna equivalencia moral, jurídica o histórica entre un terrorista que atentó contra civiles y un jefe de Estado reconocido internacionalmente? La respuesta es un NO rotundo.
Sin embargo, la maquinaria propagandística de Washington y sus acólitos mediáticos se han empeñado en dibujar a Maduro como el capo de un inexistente “Cartel de los Soles” que amenaza la seguridad nacional de Estados Unidos. Curiosa acusación, cuando las propias agencias federales norteamericanas reconocen que las rutas de la droga que realmente afectan a su país no nacen ni pasan por Venezuela. La narrativa, como tantas otras ocasiones, se construye para justificar el saqueo.

Bombardear un país soberano de madrugada, causar víctimas civiles y militares, y secuestrar a su presidente electo son actos que configuran una agresión militar flagrante. No hay atajo jurídico que lo permita. La Carta de las Naciones Unidas, ese documento que Washington firma pero olvida cuando le conviene, es clara. Prohíbe el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado.
Donald Trump no es el emperador del mundo, ni los operadores de la Delta Force son la policía interplanetaria. Sin embargo, actúan como tal. No fue una misión antiterrorista; fue la cacería de un presidente, un cuento digno de una película de Hollywood, pero con consecuencias reales y devastadoras para un pueblo.
La imagen de Maduro esposado bajando de un avión en Nueva York no representa un acto de justicia; es, más que todo, propaganda de guerra, pura arrogancia imperial. Trump lo ha dejado claro. Con esta acción, él “gobierna en Venezuela”, nombra administradores y anuncia que sus grandes petroleras entrarán a “arreglar” el país y a “generar ingresos”. El mensaje es —como el petróleo venezolano— crudo: no les importa un carajo la democracia.
De paso —como para recordar su herida infecta por el negado Nobel de la Paz— el magnate despreció a la opositora María Corina Machado, afirmando que no es líder y no tiene el respaldo del pueblo. Los traidores, al fin y al cabo, siempre son desechables para el imperio.
En medio de este drama, cobra protagonismo la vicepresidenta Delcy Rodríguez. Trump ha insinuado que ella estaría dispuesta a “trabajar” con Estados Unidos. No obstante, Delcy —y su hermano Jorge, Presidente de la Asamblea Nacional venezolana— ha demostrado ser chavistas hasta la misma médula, y ha acompañado a Nicolás en todas las tensiones y dificultades vividas en los últimos años.
Para quienes tienen sueños húmedos con una hipotética traición, busquen quién fue el compañero Jorge Antonio Rodríguez, asesinado el 25 de julio de 1976 por los esbirros de la Dirección de los Servicios de Inteligencia y Prevención en Venezuela. Delcy es abogada y revolucionaria, ha sido canciller, presidente de la Asamblea Nacional Constituyente, y gran cuadro del movimiento revolucionario venezolano. Con esas señas, a Trump le será muy díficil tratar de descabezar una vez al liderazgo chavista, y ¿bajo qué acusación?

La captura del compañero Nicolás Maduro no es un evento aislado; es una pieza clave en una estrategia mayor. Marco Rubio, el secretario de Estado de Trump y antiguo senador por Florida, lleva años obsesionado con derrocar a la Revolución Cubana. En diciembre de 2025, el New York Times explicaba su teoría: “Una vez que Venezuela caiga, Cuba le seguirá”. Para Rubio, ver desmoronarse el gobierno de La Habana sería “uno de los sueños de su vida hechos realidad”.
Por eso, apenas consumada la captura de Maduro, Trump y Rubio centraron su artillería verbal en Cuba. Trump calificó a la Isla como “un Estado fallido, muy fracasado” y anunció que “Cuba será algo de lo que hablaremos más adelante”. Rubio, por su parte, fue más directo y soez: “Cuba es un desastre, operado por hombres seniles e incompetentes… Si yo estuviera en el gobierno de La Habana, estaría preocupado”. La advertencia hacia nuestro país no puede ser más clara.
Nuestra reacción oficial fue inmediata y firme. El primer secretario del Comité Central del Partido Comunista y presidente de la República, Miguel Díaz-Canel, denunció el “criminal ataque” y el “terrorismo de Estado” contra Venezuela.
Lo peor que le puede pasar a un pueblo es perder la memoria. Quienes hoy celebran la caída de Maduro son muy jóvenes o han olvidado —o nunca conocieron— la Venezuela anterior a 1998, un país donde el 20% vivía a todo lujo, mientras madres en los cerros alimentaban a sus hijos con comida para perros. Esa es la oligarquía petrolera que Trump y sus focas quieren reinstalar.
El escritor uruguayo Eduardo Galeano lo advirtió hace tiempo: “Cada vez que los Estados Unidos ‘salva’ a un pueblo, lo deja convertido en un manicomio o en un cementerio”. Hoy, en las redes, he leído que “Trump ha bombardeado a Venezuela por democracia”. Hay que ser muy tonto para creer eso. La democracia no se impone con bombas ni con secuestros de presidentes. La democracia genuina nace de la soberanía popular, del derecho a decidir el destino sin injerencias extranjeras.
La operación “Absolute Resolve” es un parteaguas. Marca el regreso descarnado de la Doctrina Monroe, con Trump como su sheriff brutal. Es un mensaje para toda América Latina y el Caribe: quien se atreva a desafiar los designios de Washington será sometido. Pero también es un llamado a la unidad y a la resistencia.
Cuba, que ha sobrevivido a seis décadas de bloqueo y agresiones, sabe lo que viene. La amenaza es real, pero la determinación de defender nuestra soberanía también lo es.
La segunda parte de esta película apenas comienza. Veremos si el mundo permite que el derecho internacional sea —una vez más— un papel mojado. Veremos si los pueblos de Nuestra América son capaces de cerrar filas frente al neocolonialismo. Y veremos, sobre todo, si la lección de Venezuela sirve para entender, de una vez por todas, que sin soberanía no existen ni nación ni democracia. Que no nos vendan otra ficción.
