
La historia suele ser incómoda para quienes prefieren reinventarla. Marco Rubio, el actual Secretario de Estado de EE.UU., ha construido su carrera política vendiendo un relato épico: el de una familia que “huyó del comunismo”.
Pero los datos —tercos como son— desmontan su fábula. Sus padres abandonaron Cuba en 1956, tres años antes del triunfo revolucionario. No escapaban de Fidel Castro, sino de Fulgencio Batista, un dictador entrenado en la Escuela de las Américas, financiado por Washington y responsable de más de 20 000 asesinatos y desapariciones.
Entonces, ¿de qué huyó realmente la familia de Marco Rubio? La Cuba que conocieron sus padres era un paraíso para las empresas estadounidenses —dueñas del 40% de las tierras azucareras, el 90% de las minas y el 80% de los servicios públicos—, pero un infierno para el pueblo.
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Quizás Marco Rubio se haga el “sueco”, pero es innegable que bajo Batista el 44% de los cubanos eran analfabetos, y 800 000 niños rurales no tenían escuelas. El 91% de los campesinos sufría desnutrición; y solo el 4% comía carne. La esperanza de vida era de 58 años, con una mortalidad infantil de 42 por cada mil nacidos. El 85% de los campesinos pagaba rentas a terratenientes, mientras el 92% de las zonas rurales carecía de electricidad.
Batista no era un “anticomunista”: era un títere. Su régimen, aplaudido por Washington, permitió que Cuba fuera un casino-neocolonia donde las mafias y las corporaciones estadounidenses saqueaban recursos, mientras la mayoría vivía en chozas de guano.
Rubio, en realidad es un “cubano de mentira” en el negocio de la gran mentira contra Cuba. Rubio no es cubano. Nació en Miami 15 años después de que su familia emigrara. Tampoco es víctima del “comunismo”, sino beneficiario de una industria anticubana que mueve millones.
Como bien apunta el escritor cubano Abel Prieto: “En Miami, el odio a la Revolución es un negocio. Y Rubio es su mejor vendedor”.
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Este “anticubano profesional” —que jamás ha pisado la Isla— se aprovecha de un sector que vive de fondos federales, lobbies y campañas mediáticas. Su retórica no busca “liberar” a Cuba, sino justificar un criminal bloqueo que cuesta a EE.UU. 1 200 millones de dólares anuales en oportunidades comerciales perdidas, según datos de la propia Cámara de Comercio de los Estados Unidos.
Trump y Rubio han traído de regreso el guion batistiano. La nueva administración norteamericana recicló la añeja y gastada estrategia: satanizar a Cuba para movilizar a la ultraderecha floridana. Pero tras la máscara de “defensa de los derechos humanos” se esconde un doble estándar: EE.UU. mantiene alianzas con otros regímenes autoritarios y monarquías, mientras castiga a Cuba por atreverse a nacionalizar sus recursos.
La pregunta es inevitable: ¿Por qué Rubio no habla de los 127 000 campesinos cubanos que trabajaban tierras ajenas en 1958, o de los 9 000 maestros desempleados bajo la dictadura de Fulgencio Batista? Porque su discurso no es histórico: es mercantil, es demagogo, y falaz.
Como dijo el intelectual Ignacio Ramonet: “La mentira sobre Cuba es rentable; la verdad, no”.
No obstante, la Revolución es un proceso tan trascendente que Rubio nunca la podrá borrar. Hoy, pese al recrudecimiento del bloqueo y la multiplicidad de complejas adversidades que enfrentamos en el orden interno, Cuba tiene una mortalidad infantil de 4 por cada mil nacidos, mucho menor que la de EE.UU. en zonas pobres, y además, se enorgullece de poseer el 100% de cobertura educativa y sanitaria gratuita, además de 11 universidades públicas y una esperanza de vida de 79 años.
Rubio puede seguir mintiendo, pero como escribió nuestro Héroe Nacional José Martí: “La verdad, una vez despierta, no vuelve a dormirse”. (Fotos: Getty Images)