
Los habitantes de Matanzas se preparan para enfrentar la lluvia.
Cada verano nos recuerda que vivimos en un mar que, como quienes viven en sus orillas, puede transitar de lo plácido a la furia descontrolada en un chasquido de dedos.
Una depresión tropical amenaza con el aguacero y los habitantes de Matanzas se preparan para enfrentar la lluvia, la intensa, la que engorda los ríos y se apropia de los caminos y las avenidas.
Las principales autoridades de la provincia han activado los protocolos ante este tipo de amenazas.No obstante, los matanceros, sobre todo aquellos cuyos hogares se ubican en zonas bajas, también cooperan para protegerse, a sí mismos y a sus pertenencias, del diluvio y de paso ayudar al prójimo, porque la solidaridad es eso: pensar que el hogar va más allá de la zapata de una casa.

La lluvia nos iguala, nos hermana. Nos recuerda que en este país compartimos un pedazo de cielo.En el poblado de Alacranes encontramos a un señor que de a poco levanta un pequeño muro para que la crecida del río no obligue a sus perros a subirse encima del sofa o poner bloques debajo de las pata de la cama y dormir como si el lecho fuera una balsa mar adentro.
En el otro lado de la calle un anciano guataquea la tierra de una zanja que entorpece que el agua corra libre y se reparta equitativamente para todos. Detrás suyo un camión con un brazo mecánico palea puños y puños de tierra, pero él anciano sigue ahí, parsimonioso, guataquea que guataquea. Todo esfuerzo hasta el más frágil y en apariencia irrelevante ayuda.
En Jagüey Grande un hombre, vestido de camuflaje como en medio de una escaramuza, le echa el fino a un pequeño muro para tapiar la entrada de una casa. A su alrededor, niños de la cuadra observan como la mezcla junta y compacta. A su alrededor los niños aprenden como el trabajo junta y compacta y que de la inamovilidad no surge nada productivo.


Escenas así se multplican por toda la provincia. Los que viven en tierras altas le brindan un pedazo de cuarto o hasta de su propia cama a quienes habitan más pegados a la tierra. Vecinos ayudan al anciano solitario de la casa de al lado a subir el colchón encima del escaparate y luego le cargan las maletas para que los trasladen para el centro de evacuación.
Aquel que viva en el Caribe, el de Guillén y el calipso, sabemos que la tormenta tropical, esas que le ponen nombres amables, pero cargan en su interior el poder de descoronar palmas e inundarnos los valles y que incluso los aborígenes nombraron como un Dios, Huracán, por su caracter voluble y poder destructivo, debemos tendernos la mano. Debemos dejar viejas rencillas, rancios odios y faltas de voluntades. Solo entre todos podemos alejar los malos augurios de la lluvia, sea una depresión tropical o una terrible deidad taína.
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