La noche del 3 de noviembre de 2026 pasará a la historia como el día en que el trumpismo despertó con la peor resaca de su vida. Lo que las encuestas anticipaban como una derrota ajustada se convirtió en un tsunami azul.
Los demócratas no solo recuperaron la Cámara de Representantes, sino que arrebataron el Senado a los republicanos, ganando en bastiones impensables como Texas, Kansas —donde ningún demócrata había ganado un escaño desde 1932—, Carolina del Sur y Ohio.
Donald Trump, que había convertido las midterms en un plebiscito sobre su gestión, intentó escurrir el bulto con un tuit redactado como la perreta de un niño malcriado: “Yo no figuraba en las papeletas y, si hubiera figurado, ¡habríamos ganado POR MAYORÍA APLASTANTE!”. Claro, Donald. Y si las ranas tuvieran dientes, no serían ranas.
No obstante, para Cuba, la pregunta obligada es: ¿cambia algo? ¿Podemos esperar que los demócratas, ahora dueños del Congreso, levanten el bloqueo o lo suavicen? La respuesta corta es no. La respuesta larga requiere matices.
El presidente saliente —porque ya es saliente, aunque le queden dos años— ha quedado políticamente mutilado. Su popularidad ronda el 30 %, el peor índice de un mandatario a mitad de mandato desde que la encuestadora Gallup comenzó a medir estas cosas. La inflación desbocada —3,67 % en los últimos seis meses, frente al 2,67 % de Biden—, los precios de la gasolina disparados por su guerra de agresión contra Irán, y las redadas racistas del ICE le costaron el voto latino. Solo el 24 % de los hispanos aprueba su gestión, frente al casi 50 % que lo votó en 2024.
Trump ha amenazado con convertirse en “Mr. Veto” y bloquear todas las iniciativas demócratas. Pero la aritmética constitucional no es tan sencilla. Un veto presidencial puede ser anulado por dos tercios de ambas cámaras. Con 56 senadores demócratas, según las proyecciones, los republicanos necesitarían 11 de los suyos para alcanzar los 67 votos, y no faltará un cuarto de la bancada republicana que, harta de que Trump sea un lastre para sus aspiraciones de 2028, prefiera sacrificarlo antes que defenderlo. El peligro para Trump ya no está en La Habana, sino en su propio partido.

Pero no todo fue color azul. La Florida fue el único Estado que resistió la ola demócrata, y los tres congresistas cubanoamericanos de extrema derecha (María Elvira Salazar, Mario Díaz-Balart y Carlos Giménez) lograron salvar sus escaños, aunque con márgenes humillantes: 49,9 % y 50,1 %, muy lejos del 70 % con el que solían arrasar. El candidato demócrata a la gobernación y la candidata al Senado hicieron un papel digno, y aunque no lograron la hazaña, demostraron que el dominio absoluto de la mafia anticubana en el sur de la Florida tiene fecha de caducidad.
Tristemente, lo que no cambia es la esencia. Los demócratas no son amigos de la Revolución cubana. No lo fueron en 1961, cuando John F. Kennedy heredó y continuó el plan de invasión a Playa Girón trazado por Eisenhower. No lo fueron en los 90, cuando Bill Clinton promulgó la Ley Helms-Burton. No lo son ahora, cuando la mayoría de los legisladores demócratas apoya el bloqueo o guarda un silencio cómplice.
La política exterior de Estados Unidos, como bien enseña el marxismo, no responde a principios éticos, sino a los intereses de la acumulación del gran capital, del complejo militar-industrial y de las corporaciones e intereses que financian ambas bancadas.
Más allá de Cuba, las midterms dejaron varios hitos que merecen atención. Gina Hinojosa se convirtió en la primera gobernadora latina de Texas, y Xavier Becerra en el primer latino elegido democráticamente para gobernar California. Deb Haaland se convirtió en la primera mujer nativa americana en ocupar una gobernación —Nuevo México—. En Michigan, Abdul El-Sayed, un médico musulmán de origen egipcio, ganó un escaño en el Senado; y en Texas, James Talarico, un exmaestro de 36 años, arrebató el escaño a los republicanos por primera vez en 38 años.
Cinco socialistas democráticos ingresaron al Congreso, y la Generación Gaza —esos jóvenes que vieron el genocidio palestino en tiempo real— empieza a mover el tablero. El AIPAC, el lobby proisraelí, sufrió una derrota humillante en Michigan al gastar 32 millones de dólares para intentar hundir a El-Sayed, y fracasó. Son cambios internos en el sistema político estadounidense, sin duda, pero que no alteran la esencia imperialista de la política exterior.
¿Qué puede cambiar en el resto del mandato de Trump? En el orden interno, mucho. Investigaciones sobre los negocios de la familia, bloqueo de nombramientos judiciales, freno a las deportaciones masivas. Pero en la política hacia Cuba, poco. Trump mantiene su poder de veto y amplios poderes ejecutivos.
Desde el 3 de enero de 2027, el Congreso demócrata controlará el presupuesto y podrá bloquear iniciativas presidenciales, incluyendo una eventual aventura militar contra Cuba. Eso es un alivio, sin duda. Pero no significa que el bloqueo vaya a levantarse.
Los demócratas tienen su propia agenda. Su política exterior no ha sido más moderada que la de los republicanos; ha sido menos ruidosa, pero igual de sangrienta. Apoyan a Israel, a Ucrania y la confrontación con China.
No olvidemos que el gestor de la invasión de Playa Girón fue Kennedy, y que Obama, el presidente más “dialogante” con Cuba, mantuvo el bloqueo y firmó la prórroga de la Ley de Comercio con el Enemigo.
La verdadera batalla de Cuba no se librará en el Congreso de Estados Unidos, sino en la resistencia diaria de nuestro pueblo. El imperio, como bien dijo el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, no cambia de naturaleza, cambia de táctica.
