Lo que no puede disfrazarse

Día de Brujas en Narváez, Matanzas termina con un intento de robo por tres niños no mayores de 10 años, lo que evidencia la falta de educación y atención por parte de la familia.

La tarde del Día de Brujas apenas avanzaba, cuando tres infantes, que no llegaban a los nueve años de edad y bien vestidos, se empeñaban en desprender el ventilador exterior de uno de los bares de la concurrida calle Narváez. Justo ahí, frente a los ojos de todos, forcejeaban por llevarse consigo el botín, que casi los superaba en tamaño.

“Señora, mire pa’ otro lado que aquí no ha pasado nada”, pronunció uno de ellos, en tanto sus ojos color cielo exponían una mirada desafiante, como las de los temerarios en las películas del Oeste.

Mientras la transculturación hacía de las suyas y algunos niños y adolescentes matanceros elegían sanamente sus outfit para la celebración que combina tradiciones celtas, cristianismo y costumbres de naciones vecinas; otros coetáneos optaban por delinquir y vandalizar a plena luz del día.

De conseguirlo, ¿a dónde llevarían el tesoro?, ¿nadie en casa preguntaría por su procedencia?, ¿sería la primera vez que tomaban algo ajeno? ¿Qué habría detrás de aquella seguridad con la que pedían silencio? Las crisis económicas y sus consecuencias en el bolsillo hogareño no pueden volverse justificaciones para relegar los valores ni normalizar conductas tan preocupantes.

Las conductas inadecuadas no corregidas a tiempo por los padres deforman al niño y futuro adolescente.

La cuota de educación no corresponde solo a la escuela. Tampoco cabe atribuir cada desacierto al déficit de docentes por los bajos salarios del sector, la inexperiencia de quienes se estrenan en un aula o las carencias en la base material de estudio.

La primera escuela es el hogar: allí aprendemos las primeras palabras y damos los primerísimos pasos por la vida; allí debería estar nuestra cuna de afectos. Toca en casa enseñar con el ejemplo: el humanismo que salva al anciano que deambula con el estómago vacío; la valentía de defender al amiguito de injusticias y del acoso escolar; el respeto por quienes son o piensan diferente; la honestidad de decir la verdad y reconocer los errores; la responsabilidad de asumir y cumplir tareas, por pequeñas que sean.

No cabe hacer la vista gorda ante un lápiz de color aparecido mágicamente en la mochila, una goma de borrar que compensa la que no se pudo comprar por lo duro de la economía, o una felpa de pelo que quizá sea la única que otra niña tiene para recogerse el cabello. La educación también se juega en esos detalles aparentemente ínfimos, insignificantes, en la conversación sin prisas y en la constancia de poner límites, incluso, en tiempos tan complejos.

Pero corregir tampoco puede significar humillar ni fijar sobre un niño una etiqueta que lo defina para siempre. Hay que señalar la gravedad del acto sin reducir a quien lo comete a ese error. Detener la conducta, explicar el daño y propiciar que se devuelva lo tomado y se repare lo ocurrido son respuestas más responsables que la burla, el insulto o la indiferencia.

Y está, además, el papel de quienes presenciamos la escena. Aquel “mire pa’ otro lado” interpela también a los adultos: ¿qué hacemos cuando un niño nos pide complicidad para actuar mal? No se trata de convertir cada falta en un escarmiento público, sino de negarnos a celebrarla como una picardía. La comunidad también educa cuando interviene con serenidad, protege y deja claro que lo ajeno merece respeto.

Urge atender lo que nuestros niños hacen, dicen y aprenden de nosotros; preguntarnos por sus motivaciones; escuchar sus inquietudes y actuar ante las señales que no debemos ignorar. Hay que escuchar más, acompañar más y educar con el ejemplo. No existe pretexto para evadir esa responsabilidad.

Los padres tienen una gran responsabilidad en la educación y corrección de las conductas de los hijos a lo largo de su vida.

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