Cual espejo de la Isla, la urbe yumurina amaneció este 8 de septiembre reluciente de amarillo, en un homenaje que traspasa religiones, porque ya es parte de la cultura de toda una nación.
El sol, cómplice de la devoción, se encargó de teñir de oro cada esquina, cada balcón, cada rostro que desde temprano se asomó a las calles para recibir a la que, desde hace siglos, protege a los cubanos desde el cielo y desde el corazón.







La iglesia La Caridad fue la sede de la santa misa donde se veneró, en compañía de fieles, a la patrona de Cuba. Desde la unión y el amor, la mañana de este martes se llenó de mensajes de paz, tan necesarios en un mundo donde sobran las guerras expansionistas y genocidas.
Las palabras del obispo, como bálsamo, recorrieron el templo y se filtraron por las rendijas de la fe, recordando que la caridad no es solo un nombre, sino una exhortación: a tender la mano, mirar al otro, y sobre todo a no cerrar los ojos ante el dolor ajeno. Y allí, entre bancos de madera gastada por los años y los rezos, se fundieron creyentes y no creyentes, porque la Virgen de la Caridad del Cobre ya no es solo patrimonio de una religión, sino de un pueblo.
Frente a las puertas de la parroquia inició la tradicional peregrinación que cada año se extiende por las calles matanceras hasta la catedral San Carlos Borromeo, a la que se suman más que creyentes. Consiste en un río humano que avanza con pasos lentos y seguros, como quien sabe que el destino no es un lugar físico, sino un estado del alma.







En cada esquina, en cada cruce, la ciudad se detiene. El bullicio habitual de los motores y las prisas se apaga, sustituido por el murmullo de las oraciones y el compás de los cantos que han viajado generaciones enteras.
En cada parada, llegaron las bendiciones a las instituciones con roles económico-sociales enmarcadas en la zona y a quienes laboran en ellas, a cada matancero que desde su morada detuvo sus rutinas diarias para contemplar el paso de la Virgen de la Caridad. El hospital, la televisión, la escuela: todos fueron tocados por esa mano invisible que los creyentes llaman “gracia”, y los que no profesan fe, “esperanza”. La procesión no es solo un acto religioso; constituye el recordatorio de que la ciudad respira, de que hay un pulso colectivo que trasciende las urgencias del día a día.
Cantos y evocaciones le acompañaron en el camino, donde no faltaron las plegarias por los enfermos, los ancianos, desvalidos, aquellos que atraviesan situaciones dolorosas en su vida, quienes han encontrado una luz en la fe. La voz de los coros, a veces desafinada pero siempre sincera, se elevaba como una ofrenda. Los rezos, pronunciados en voz baja o en secreto, viajaban en el aire con la misma certeza con que los ríos llegan al mar.





Pero la peregrinación de la Virgen de la Caridad es también una celebración de la identidad. Ella es la que ha acompañado a los soldados en las guerras, a los pescadores en las tormentas, a los emigrantes en la despedida, a los cubanos en su cotidianidad.
