El carpintero del cuerpo y la sierra de los paraísos

Médico de Matanzas en Argentina: El carpintero del cuerpo y la sierra de los paraísos

Lo primero fue el olor del paraíso. No lo supo entonces, pero aquel aroma dulzón que lo recibía provenía de un árbol de frutos tóxicos, llamados popularmente venenitos. Solo unos minutos antes, la anciana que viajaba a su lado en el avión había suspirado y, acto seguido, casi en un murmullo, rezó: “gracias, Dios, por traerme de vuelta a casa”. Su acento era melodioso, pausado. El reloj marcaba las dos de la madrugada, pero el alumbrado público hacía que pareciera de día. Acababa de llegar a Córdoba, Argentina, tierra de asados y empanadas.

La terracota invadía sus pupilas; ese color cálido y terroso de las sierras y los caserones coloniales. La temperatura era fría y el ambiente seco. Tiempo después, ya en el calor de Cuba, le preguntarán por la textura de aquellos primeros días en Córdoba, y responderá sin dudarlo: la del cuero curtido; el de los sillones de la sala de espera del Hospital Privado Universitario, pero también el de la piel de sus pacientes.

El Dr. Luis Ricardo Domínguez Hidalgo, especialista en Ortopedia y Traumatología del Hospital Provincial Clínico Quirúrgico Docente Faustino Pérez, en Matanzas, llega a Argentina gracias a una gestión del Dr. Andrea Osterwalder, integrante del grupo Matanzas-Suiza, para participar en un programa de superación de la fundación Arbeitsgemeinschaft für Osteosynthesefragen (Asociación para el Estudio de la Osteosíntesis), principal organización a nivel mundial en educación, innovación e investigación para el tratamiento quirúrgico de fracturas y trastornos del sistema musculoesquelético.

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Lo recibe en el aeropuerto el Dr. Emilio Fantin, profesor del curso, quien, a pesar de la hora, lo invita a comer algo antes de llevarlo a la renta donde viviría durante las próximas semanas. Luis está cansado, pero acepta, y pide una hamburguesa doble. “Tenías hambre, che”. A la salida, Fantin le regala un alfajor, dulce típico argentino. Nunca había masticado algo tan dulce y salado a la vez. Fue su pequeño rito de iniciación: cruzar el subte con un alfajor en la mano, sintiéndose un extraño feliz.

Sin embargo, una sensación difícil se acercaba. Y no sería a causa del clima, aunque el frío le calaba hasta los huesos; ni el acento, que con el tiempo se le hizo música; mucho menos la comida, que lo conquistó desde los primeros bocados.

Lo más difícil fue la soledad del primer atardecer. Ese momento en que el hospital se vació, los demás se fueron a sus casas y él, con su credencial de pasante, se quedó en el pasillo, mirando por la ventana las luces de la ciudad encenderse una a una. Nadie imaginaba que, a pesar de lo amena que había sido la jornada, Luis sentía un nudo en la garganta al no poder llamar a su esposa cuando quisiera, por la diferencia horaria.

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Durante su estancia, se hospedó en un pequeño apartamento, justo frente al Hospital, en la Avenida Naciones Unidas. A las siete de la mañana, hora en que solía despertarse, la luz entraba por una ventana alta, sin cortinas, y era una luz blanca, limpia, que dibujaba cuadriláteros en el piso de baldosa fría.

Los ruidos de la calle simulaban un concierto: primero los colectivos, frenando en un siseo; luego el pregón de un vendedor de facturas, otro dulce típico, que pasaba con su canasto; y siempre, siempre, el trino insistente de unas palomas que anidaban en el alero. Sobre la mesa de noche, su celular, con la pantalla apuntando hacia él, a la espera de la llamada de su esposa para darle los buenos días, en un gesto que lo hace regresar en el tiempo y el espacio.

Luis Ricardo fue un niño tímido y curioso, con los ojos muy abiertos y una eterna mancha de tierra en las rodillas. Jugaba a la pelota en la calle y, cuando no había pelota, con chapas de refresco. Practicó judo, donde alcanzó la cinta azul; también ping-pong y cancha, esta última en su querido Parque René Fraga. Los dos primeros años del preuniversitario los pasó en la Escuela Militar Camilo Cienfuegos; etapa donde adquirió dos valores que le han servido de mucho: la organización y la constancia.

“Vengo de una familia de médicos. En mi casa se respiraba la Medicina, así que, desde niño, anhelaba verme algún día como mis padres: con la bata y salvando vidas. Mi papá también es ortopédico, y me llevaba con él a los congresos en que participaba. Tengo fotos junto al profesor insigne de la Ortopedia cubana, el Dr. Álvarez Cambra”.

Sin embargo, no fue hasta el primer año de la carrera que supo lo muy adentro que llevaba su profesión, durante una práctica de anatomía. Tenía ante sí un brazo humano disecado, y el profesor, con mucha calma, iba mostrando los músculos, los tendones y los nervios.

En un momento dado, Luis sostenía entre sus manos el húmero, y, al pasar el dedo, palpó una pequeña protuberancia. Se la enseñó al profesor, quien le dijo: “Eso es un callo óseo mal soldado de una fractura antigua. Este hombre sufrió, y su hueso quedó así porque nadie lo reparó a tiempo”.

En ese instante, no sabe explicarlo bien, pero sintió una conexión eléctrica entre su mano y aquel hueso. Había entendido que la Medicina no era una ciencia abstracta, sino una posibilidad real de devolver la forma, la función y, con ella, la dignidad a un ser humano. Fue una certeza física, táctil. Supo que él podía ser quien arreglara esas imperfecciones.

Ese día entendió que el dolor es el peor enemigo del hombre, y que aliviarlo es la forma más directa de reparar el mundo. Podía haber sido ingeniero, pero no le interesaban las máquinas tanto como los cuerpos, y escogió la Ortopedia porque vio en ella la poesía de la estructura. Le fascinaba que, con clavos, placas y tornillos, se pudiera reconstruir lo que una vez estuvo roto. Como un carpintero.

Eso lo corroboraría durante su residencia, en el servicio de urgencias del Faustino. Llegó un obrero con una fractura expuesta de tibia y peroné; el hueso asomaba por la piel, sucio, con bordes irregulares. El paciente lloraba, y el especialista le pidió a Luis que lo ayudara en la reducción. Limpió la herida, puso los dedos sobre el hueso y, al alinearlo, sintió algo que nunca olvidará: un chasquido suave, como cuando ensamblas una pieza de madera con otra. Lo inundó una mezcla de respeto y poder: el poder de restaurar, pero también el respeto por la fragilidad humana. Cuando la radiografía mostró que la fractura había quedado perfectamente alineada, un escalofrío recorrió su espalda.

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Aquel día, al aliviar el dolor ajeno, comprendió que la vida es movimiento. Un paciente que no puede caminar pierde, más que su autonomía, su identidad. Un niño que no puede correr no solo deja de jugar: deja de soñar. Ver ese sufrimiento le hizo valorar cada paso que daba; cada mañana en que se levantaba y podía flexionar sus rodillas sin una queja. Aprendió que la salud es un lujo que no valoramos hasta que lo perdemos. Y, sobre todo, que su trabajo no es solo técnico, sino profundamente humano: un carpintero que reconstruye lo que la vida rompe.

El camino no sería fácil. Un lunes cualquiera, el Faustino suena a hierro oxidado: el de las camillas rodando por los pasillos, las puertas que se abren con dificultad, las sillas incómodas; a voces: los familiares preguntando por sus pacientes, las enfermeras gritando que falta gasa o suero, el médico de guardia pidiendo un equipo que no llega; los pasos rápidos y decididos de los residentes, las ruedas del carrito de curas, el tintineo de los frascos de medicamentos que se miden con cuentagotas. Y, por debajo de todo eso, el silencio de un quirófano que no puede operar porque falta un tornillo. Un lunes cualquiera, el Faustino suena a desaliento.

Un colega del curso le preguntó a Luis cómo era posible que en Cuba se operara sin recursos, y éste le contó la historia de María, una señora de 89 años que llegó al Faustino con una fractura subcapital de cadera desplazada.

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“En cualquier otro lugar del mundo le hubieran puesto una prótesis, la cual no teníamos. Contrario a lo que recomienda la literatura actual sobre este tipo de fractura y el riesgo de necrosis que tiene la cabeza del fémur, la llevamos al salón y, luego de realizarle una maniobra de reducción, le colocamos tres tornillos esponjosos. María volvió a caminar. Meses después, regresó a la consulta. Me abrazó y me dijo: ‘Doctor, gracias’”.

Explicarle a un cordobés cómo se vive en Cuba no es fácil. Un país donde la medicina es gratuita, pero no hay medicinas; donde la solidaridad es la única moneda que no se devalúa. Vivirla y padecerla es, sobre todo, un ejercicio de esperanza. ¿Esperanza de qué? Eso nadie lo sabe.

En Cuba, Luis ocupaba su poco tiempo libre en resolver. Hacer colas, buscar lo que falta. En Córdoba, de repente, tenía dos o tres horas ociosas y no sabía qué hacer con ellas. Al principio se angustiaba, pero descubrió que le gustaba caminar, sobre todo para pasar junto al campo de fútbol cercano y ver a los muchachos entrenando, lo cual le recordaba al René Fraga, como en los viejos tiempos.

Sus pasos, casi por inercia, lo llevaban allí, y luego al supermercado en busca de comida para cocinar en las tardes, con la ayuda de su esposa, que lo guiaba en la distancia. Más tarde bajaba al café, en la primera planta del edificio de departamentos, donde tomaba un cortado con leche. Almorzaba en un restaurante de la esquina, donde se había habituado a pedir milanesa y, sin querer, ya el dueño lo reconocía y le preguntaba: “¿Lo de siempre, cubano?”.

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Un día, en una feria de artesanos, conoció a una familia peruana que vendía salsas picantes. Compró una botellita de rocoto y al probarla sintió, por una asociación que no sabe explicar, que su paladar se incendiaba con el recuerdo de los frijoles negros y el arroz con pollo de su abuela. En otra ocasión, tarde en la noche, caminando por una vía peatonal, escuchó a un músico callejero tocar Dos gardenias con su acordeón. Luis estaba encontrando, sin buscarlo, pedacitos de isla en las frías calles de Córdoba.

Mas, sería la forma de hablar, de gesticular y de mirar de los cordobeses lo que más le recordó a su tierra. “El argentino, como nosotros, habla con las manos; se acerca, te toca el hombro y te mira a los ojos cuando te pregunta cómo estás. Pero también hay diferencias: su gestualidad es más pausada, como reflexiva; nosotros somos más explosivos, más rápidos en el gesto y en la palabra. El argentino piensa antes de hablar, y lo hace con un tono más melodioso; nosotros soltamos la lengua como quien suelta un cohete. Y la forma de mirar: el cordobés te mira con una serenidad que transmite confianza, mientras que el cubano, a veces, te mira con picardía. En el fondo, somos distintos, pero tenemos una misma esencia: el amor por la conversación”.

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De sus días argentinos, Luis se llevará numerosas enseñanzas. En específico, hay una imagen que nunca olvidará: la del Dr. Fantin colocando una prótesis con precisión milimétrica, mientras le decía al residente: “No aprietes demasiado, que el hueso también necesita respirar”. Esa frase, quizás inocente, le dejó una profunda lección: el hueso no es un material inerte; está vivo. En otra oportunidad, le escuchó decir: “La Medicina no se guarda, se comparte”.

Por eso, cuando ponga un pie en Cuba, lo primero que hará será compartir los conocimientos adquiridos. Por ejemplo, el uso del clavo endomedular bloqueado, que permite abordar fracturas complejas con menos incisión y mejor consolidación. Sin embargo, le interesa, incluso más que la técnica, compartir una actitud que conserva desde que era un niño con manchas de tierra en las rodillas y cuya importancia entendió a 6300 kilómetros del parque donde las ensuciaba: la curiosidad.

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“En Córdoba, vi cómo los residentes preguntaban sin vergüenza alguna; cómo discutían los casos con el especialista, de igual a igual; cómo se equivocaban y aprendían del error. En Cuba, a veces, el miedo a la falta de recursos o a la crítica nos cohíbe. Quiero enseñarles a los míos que la pregunta es más valiosa que la certeza, y que el mejor instrumento quirúrgico es la capacidad de observar y razonar”.

La noche engulle la sierra cordobesa, y el olor del paraíso anuncia el comienzo del segundo día, porque nunca termina de oscurecer. De fondo, truena el grito de los hinchas. Hoy juega la selección. Es el último atardecer de Luis en Argentina, así que observa bien el panorama, para no olvidarlo nunca. Lo esperan una esposa desvelada, sus padres, los pacientes, separados por un mar que pronto dejará de ser tan ancho, tan frío, tan de otros. Luis Ricardo se despide del paraíso, del venenito y los alfajores. En solo unas horas, suspirará y con un acento melodioso, pausado, casi en un murmullo, rezará: “Gracias, Dios, por traerme de vuelta a casa”. (Edición web: Miguel Márquez Díaz)


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Sobre el autor: Humberto Fuentes Rodríguez

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Matanzas en el año 2024. Egresado del Taller de Técnicas Narrativas del Instituto Internacional de Periodismo José Martí. Jefe de la Sección de Literatura de la Asociación Hermanos Saíz en Matanzas. Escritor, fotógrafo, trovador y guionista.

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