
Los quilos que no me sobran a fin de mes/ Foto: Raúl Navarro González
Despierto a las cinco de la mañana de un domingo 31 de agosto. Después de una tormenta violeta, hiperactiva y feroz, refrescó la noche y pude dormir cómodo, aunque a la luz le apenó visitarme tan tarde en la madrugada. No me levantó el calor, como de costumbre, sino un pensamiento intrusivo que me persigue hace una semana: no sé cómo sobreviré a este fin de mes.
Hay un solo peso cubano en mi cartera. Es nuevo y viene con un Martí hermoso y regio, que me resguarda desde mi bolsillo. Sin embargo, ni él, en su gloria, puede salvarme de esta pobreza periódica.
En la tarjeta, después del último jueves, que compré un maní molido y un refresco de polvito para no morir de una hipoglicemia proletaria, me restan 80 pesos con 11 centavos. Todo mi patrimonio hasta el día del cobro son 81 pesos con 11 centavos. Digo, que na, que soy rico, que con eso me iré una semana para un hotel de Varadero con cerveza a granel y muchachas hermosas en la piscinas. Me río de mi propia imbecilidad.
Analizo a cuánto ascienden mis reservas: en el cubito plástico encima de la mesa de la sala quedan dos huevos y en el frío, menos de una libra de picadillo y una mortadella que debo oler para saber si aún es comestible. Tendré que estirarlos lo más posible. Quizá volarme un turno. Hacer una sola comida al día. Hoy no es un buen día. Agosto no ha sido un buen mes, como tampoco lo fue julio ni mayo ni abril. No existe forma en que, al llegar a sus últimos días, no tenga que optar por una vida de asceta.
Contabilizo en qué se me fue el salario: cinco libras de arroz, veinte expresos en un café de medio palo del centro de la ciudad, una jaba de muslos de pollo, siete jabas de pan translúcido, una ponina para un Añejo Especial con que celebrar el cumpleaños de un socio, un paquete de datos de 6Gb y la cotización del sindicato.
Aquí estoy aun envuelto en la sábana, con miedo, incluso, de abandonar la cama y lanzarme a un país por encima de mis posibilidades. Además, si me mantengo así, quitecito, de aquí a que paguen en el trabajo quizá pueda subsistir. Tengo la impresión de que uno coloca un pie fuera de la casa y cada paso te sale por lo menos en un Martí, hermoso y regio, como el de mi cartera. El vivir es un cobrador de impuesto; el respirar, una deuda contigo mismo.
Me he percatado de que odio los meses con 31 días, más que odiar, le tengo roñas. La misma que me provoca cuando se demoran en ponerme el dinero en la tarjeta, porque en los bancos no hay corriente; la misma que cuando al final logro prosperar un poco en menos de dos horas se esfuma la mitad de mi presuesto y en menudencias: un paquete de perro, una libra de café criollo.
No constituye solo un tema financiero, sino también de cansancio. Después de semanas de tratar de sostenerme en pie, de dejar que cada jornada sea un cambolo que echan en un saco que cargas a la espalda, como un triste picapedrero, de tratar de comprender tantas paradojas sociales, lo que queda son mis restos, una pobre versión de mí mismo, golpeada y en espera de una resurreción incierta.
Miro el reloj. Son las cinco y cuarto de la mañana y no tengo sueño, pero me asusta iniciar el domingo. Me pongo bocabajo, doblo la almohada encima de mi cabeza para escapar de todo lo que me rodea. Trataré de dormir un poco más. Creo que así, solo así, no gastaré ese quilo que no me sobra.