
Caníbales del arte urbano
Una esvástica que quiero creer que quien la talló pensaba en el símbolo de la resurrección de los hindúes y no en el Tercer Reich. La A inclinada y circulada de la Anarquía vacua. Fulanito el Tarrú. Menganito el Pesado. La marca de una raya con tres cortes que pertenece a la serie manga Berserk y que funciona para atraer a los espíritus de la lujuria, la ira y el fervor desmedido. Todo esto dibujaron en las series de pirámides de canto, montadas unas sobre otras, que en estos momentos se encuentra en la Plaza de la Vigía.
Hace pocos días Rubier Bernabeu, quien junto a su pareja Wendy Lora montó la instalación, envió a mi Whatsapp algunas fotos. Estas mostraban los sabotajes realizados a su obra. Debajo de las imágenes escribió una sola palabra: “Vandalismo”. No hizo falta más. Era un asunto de vándalos. Hay gente que solo quiere presenciar la destrucción del mundo.
Más allá de los grabados en esa roca suave, también en las fotografías se notaba que hicieron caer algunas de las piezas pequeñas enclavadas en lo más alto de la estructura. Estas se despedazaron al chocar contra los adoquines. El canto, al quebrarse, pierde la uniformidad con el conjunto y por tanto su lugar dentro del discurso. Se vuelve inutilizable y mudo.

La obra se llama Casa. Rubier y Wendy, al agrupar todas esas pirámides —a primera vista iguales, pero que cuentan con sus irregularidades—, deseaban dar a entender que los hogares se construyen así, de a poco, con grandes cimientos y con personas diferentes que se apoyan las unas a las otras.
Quisieron exhibir su Casa en una casa aún más grande: la ciudad. Tal vez por eso duele, porque uno no llega a su casa (apartamento, chalet o iglú) y abre la puerta a patadas, con alma de perro desgarra los muebles o escribe en las paredes del baño insultos a todo aquel que te ha colmado la paciencia la última semana.
Esta pareja de artistas ha tropezado más de una vez con estos incidentes. A ellos debemos también las escaleras colocadas a las orillas de la calle Narváez, de las cuales alguien se robó una hace año y pico atrás. Al igual que ellos, varios artistas matanceros con sus creaciones expuestas en sitios públicos han sufrido el vandalismo.
El difunto Agustín Drake colocó una instalación de su autoría en el mismo Narváez de las escaleras. La obra constaba de cuatro cráneos de res. Terminó de montarse a las nueve de la noche y a la una de la mañana habían desaparecido todas las calaveras. Las habían arrojado al río.

Adrián Gómez Sancho, en ocasión de una de las Bienales de La Habana en que Matanzas fungió como subsede, presentó una Virgen de la Caridad de tamaño real. Esta paseó por algunos de los rincones del centro histórico. Al final debió retirarla, porque la quebraron. Le provocaron una fisura en la parte izquierda del manto, el mismo en que debemos guarecernos todos los cubanos cuando solicitamos refugio.
De la labor de Osmany Betancourt Falcón surgió la gran mayoría de las esculturas gigantes que adornan el Narváez de las calaveras y las escaleras como el paseo turístico del Viaducto. Al preguntarle si alguno de sus trabajos ha sufrido los embates del vandalismo, levanta los ojos al cielo. Señala al fondo de su taller un puerquito flaco y espigado, que durante mucho tiempo estuvo expuesto al aire libre: “A ese lo tumbaron de la base y por eso tuve que recogerlo, por ejemplo”.

Ne habla, además, del banco donde un hombre y una mujer, ambos personajes de Manuel, con disimulo se abrazan, y a los cuales llenaron de letreros como si tatuaran su piel de arcilla; y de otra que también han dañado mucho que es la señora con el jabuco —como si ahí guardara cada una de sus preocupaciones— en la cabeza, que se ubica en la playa de Los Pinitos.
“Muchas de esas esculturas necesitan materiales caros e importados. Creo que los que se dedican a romperlas no saben cuánto costaron o cuánto tiempo se les dedicó”, comenta el Lolo.
Las ciudades no constituyen solo un sitio donde se aglomeran ciudadanos. Representan un lugar de coexistencia y, más que coexistencia, de convivencia, porque no se asemeja al existir al vivir. La existencia está en obtener los recursos mínimos para poder llegar al día siguiente. El vivir va más allá. El arte es una de las variables que separan un término del otro.
Abunda un tipo de creación artística, elitista, diseñada solo para interesados, que se guarda en galerías, en museos, en teatros decimonónicos; pero hay otras que se orean en las calles, que te acompañan en las caminatas, que te sorprenden al doblar esquinas. De cierta manera, esas, más democráticas, más colectivas, nos pertenecen a todos como mismo la urbe.
Tal vez la percepción de que al ser de todos no son de nadie les otorgue cierta levedad que los despreocupados, los negadores de la belleza compartida, aprovechan para hacer de las suyas. Rayan. Escupen. Quiebran. Desmiembran. Por ello, entre todos, debemos evitar estos actos y las autoridades también han de prestarle más atención al tema y asegurar su vigilancia, sobre todo aquellas que se hallan en puntos céntricos de Matanzas.
Lo que le sucedió a la Casa de pirámides no invertidas de Rubier y Wendy Lora, a las cabezas de los animales sagrados de Drake, a la Virgen que quiso ser diosa y río de Sancho, al cerdo de los tiempos flacos del Lolo, resulta un canibalismo cívico. Los responsables devoran un objeto que nos pertenece a todos, incluidos ellos mismos. Si incluso la existencia en épocas así —de crisis de esperanzas— se vuelve en extremo compleja, por favor, no destruyan lo poco que nos recuerda que aún estamos vivos.