
“Disculpe, el café ya no es a 50 pesos, lo subieron a 80”. Así me desayunaba la noticia, literalmente, por allá por el mes de enero, en esa cafetería estatal “de las caras” en la que hacía dos años me daba el gusto culpable de tomarme un café “del bueno”, con bajas concentraciones de chícharo y un poco de leche espumosa.
En aquel momento me resigné, 80 aún parecía un precio razonable, y la noticias tampoco era el fin del mundo, siempre podía acudir al señor que vende café “del malo” a dos cuadras del trabajo a unos económicos 10 pesos cubanos.
El problema es que con solo dos meses de diferencia, volví a acudir a la misma cafetería para sentarme y disfrutar del único vicio que la inflación me ha permitido mantener, y la dependienta, amablemente, me rectificó de nuevo el pago: “muchacho, el café ya no es a 80 pesos, lo subieron a cien”.
Si este aumento sistemático de los precios fuera solo con el café, no sería un fenómeno tan preocupante, pero es que les puedo contar lo mismo con las pizzas “económicas”, por poner un ejemplo, que de 80 subieron a 90, luego a cien, después a 150 y finalmente llegaron a 200.
Algo que viene sucediendo periódicamente con un sinnúmero de productos y servicios, y si así es la situación en la gastronomía estatal, aunque sea en las cafeterías “de las caras”, ni mencionemos al sector privado, que rige sus precios en base al volátil cambio del dólar en el mercado informal.
Si queremos entender lo absurdo del asunto, hagamos cuentas. Un café “del bueno” le cuesta al matancero un nada despreciable 2,6 % de un salario medio interprofesional y una piza “de las económicas” un 5,2 %. Hágase notar que voy por un 7,9 % del ingreso de una persona por trabajar un mes entero y apenas he comprado una merienda. Todavía me falta el paquete de pollo, la masa de croqueta, un poco de picadillo, el pomo de aceite y los mandados, que para no meterme en porcientos basta con decir que para adquirir estos productos, por el camino que vamos, nos hará falta pedirle un préstamo al banco.
Lo triste de esta inflación que no ha parado de inflarse, valga la redundancia, es que los salarios estatales siguen estáticos, detenidos en el tiempo, como si la vida no fuera cuatro veces más cara de lo que era en 2021. Y ojo, sin dejar de reconocer que imprimir billetes de más solo puede empeorar la situación.
Por cada pequeña subida de precio, miles de cubanos perdemos el acceso a decenas de productos y servicios que se convierten en lujos, y la única alternativa coherente y objetiva que queda es simplemente tacharlos de la lista, olvidar que existieron y seguir con nuestras vidas, hasta que todo mejore.
Ya cuento por decenas, los amigos que dejaron de fumar por estos días ante el descabellado aumento del precio de los cigarros. Ojalá hubieran abandonado un vicio tan dañino por voluntad propia, pero no, es solo una muestra más de ese proceso sistémico de precarización que estamos viviendo.
Las preguntas que tocan, nos las hacemos todos diariamente: ¿Quién para el alza de los precios? ¿Dónde está el límite? ¿Cuántos productos o servicios más debemos tachar de la lista de económicamente accesibles? Y al menos nos queda la certeza de que el que trabaja, al menos “se defiende”, pero ¿Cómo la “luchan” los jubilados, los cuidadores y los estudiantes?