Libros de asentamiento de recetas, tesoro patrimonial

Los libros de asentamiento de recetas del Museo Farmacéutico de Matanzas han pasado a formar parte del Registro Memoria del Mundo de la Unesco para la región de América Latina y el Caribe, una condición que solo ostenta otro fondo documental cubano: los archivos de la Fundación Antonio Núñez Jiménez.

Los libros de asentamiento de recetas del Museo Farmacéutico de Matanzas han pasado a formar parte del Registro Memoria del Mundo de la Unesco para la región de América Latina y el Caribe, una condición que solo ostenta otro fondo documental cubano: los archivos de la Fundación Antonio Núñez Jiménez.

Este tesoro patrimonial de nuestra ciudad consta de 55 tomos que contienen más de un millón de fórmulas, además, el nombre del médico que prescribió cada una, su número consecutivo, el precio y la fecha en que se recepcionó.

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Según explica Marcia Brito Hernández, directora de la institución, la Botica Francesa del Dr. Ernesto Triolet se mantuvo funcionando de manera ininterrumpida desde el 1 de enero de 1882 hasta el 16 de enero de 1964. En dichos documentos se refleja todo su quehacer. Se trata de una colección completa, sin faltar un solo día.

“También guardan parte de la historia de este lugar eventos de la vida cotidiana que no sabríamos de otra manera, por ejemplo, cómo el sol se cuela de manera misteriosa a través del patio y llega hasta la mesa dispensarial entre los días 8 y 13 de marzo.

“Son una fuente de investigación inagotable, ahí están las epidemias que asolaron la ciudad, las enfermedades más frecuentes, las edades de los que las padecían, las personalidades vinculadas a este local; tal es el caso del músico Miguel Failde, creador del danzón, quien fue el primer negro en tener cuenta abierta en la botica”, refiere la especialista.

Quedan registradas en sus páginas las ocasiones en que una persona pobre no podía permitirse pagar los servicios de un médico y acudía al Dr. Triolet, para que le recetara algo; muchas veces estas preparaciones iban a parar a manos del enfermo sin costo alguno.

La colección recoge las prescripciones de muchísimas firmas insignes de la medicina: Carlos J. Finlay; el Dr. Pedro Betancourt Dávalos (general Betancourt); los doctores Alfredo Carnot D’ Lisle y Armando Carnot Veunles, padre e hijo; todos los médicos de la conocida familia Font. Resulta una curiosidad de la época que los galenos formulaban de acuerdo a su criterio y a las características del paciente, algo que se puede observar en sus entradas.

Los libros de asentamiento de recetas del Museo Farmacéutico de Matanzas han pasado a formar parte del Registro Memoria del Mundo de la Unesco para la región de América Latina y el Caribe, una condición que solo ostenta otro fondo documental cubano: los archivos de la Fundación Antonio Núñez Jiménez.

“Se aprecia también el surgimiento de lo que considero la botica cubana —explica Brito Hernández, quien es una celosa guardiana de estos fondos—. El Dr. Triolet venía de la escuela de París, su socio, el Dr. Juan Fermín Figueroa, de la de Madrid, y su esposa, la Dra. Dolores Figueroa, primera mujer cubana doctorada en Farmacia, había estudiado en Nueva York.

“Al principio, todas las materias primas, sobre todo las plantas, son importadas, porque proceden de un entorno absolutamente distinto. Luego, poco a poco van incorporando las yerbas de la Isla y las sustancias nativas. También se ve cómo las personas esclavizadas contribuyen a ello, pues eran parte de la comunidad a la cual servían y traían sus propios remedios para que se los preparasen aquí. La mezcla que es nuestra identidad se da igualmente en las ciencias.

“Existe una investigación muy interesante de la doctora Lillian Curé, realizada a partir del primer tomo, donde ella concluyó que todavía tenemos en el Museo más del 90 % de las sustancias descritas en él, o sea, hoy podríamos preparar fórmulas de 1882”.

Entre los fondos documentales del Farmacéutico se cuentan, asimismo, más de 800 000 etiquetas de medicamentos originales, una biblioteca completísima con títulos fundamentales de la farmacopea francesa, española y norteamericana de finales del XIX y principios del XX, todo el registro económico de la botica y piezas la papelería privada de la familia Triolet.

UN ANTICATARRAL PARA EL GENERALÍSIMO

Parte de la rutina del Museo Farmacéutico consiste en pasar cada día las páginas del libro de asentamiento de recetas, que se encuentra en exhibición en ese momento para que coincida con la fecha presente; así se consigue ir sacando cada ejemplar para que se airee y, a la vez, que el público pueda apreciarlo.

Cuenta Marcia Brito que un día, justo antes de cerrar, cuando se encontraba realizando esa labor, el nombre de un paciente llamó su atención: Máximo Gómez, primero imaginó que se trataba de una coincidencia, “ese hombre se llama como el personaje histórico”, fue su primer pensamiento.

Cuando pasó a la página correspondiente a esa misma jornada, vio en el borde del volumen consignado más específicamente: general Máximo Gómez. Ya no hubo dudas. En el caso del galeno que había prescrito la preparación, estaba registrado el Dr. Curbelo, quien resultó ser el médico personal del Generalísimo.

“Gómez venía en un recorrido desde Oriente hasta La Habana y se enfermó de catarro en la ciudad de Cienfuegos. Pensaban, incluso, que no podría venir a Matanzas, porque se puso muy mal. Aquí se le preparó lo que hoy podríamos llamar un jarabe anticatarral; y resulta muy interesante ver en los reportes de la prensa de la época cómo el general va mejorando hasta que logra cumplir todo el programa de su vista. Y no aparece consignado el precio, así que no le cobraron al general”.

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Sobre el autor: Giselle Bello Muñoz

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