
Con Lorien Rodríguez Sánchez ya conversamos en una ocasión anterior; mas, una entrevista no basta para ilustrar su inmenso potencial: es preciso volver a ella una y otra vez; no para conocerla más, sino para aprender, imitar, beber de su ejemplo.
Lorien ya no es aquella estudiante de Medicina que asombraba a todos por su capacidad para hacer tanto en tan poco tiempo; o, bueno, esto último lo cumple aún, con la diferencia de que ya es una doctora, graduada recientemente como la más integral de su generación.
Futura cirujana pediátrica, investigadora, locutora radial, héroe de Supertanqueros; Lorien es una joven valiente, sabia y soñadora como pocos. Conversar con ella es asistir a una lección de humildad y buena virtud; esa misma que busca propagar a diario con su bisturí.

Entrevista realizada por TV Yumurí por su participación en los eventos del incendio del supertanquero

—En su canción No es fácil, el trovador cubano Vicente Feliú asegura que “en cada calle te espera el peligro de ser joven”. ¿Has sentido alguna vez que tu juventud ha sido una traba para tu correcto desarrollo y desenvolvimiento como profesional?
—Ser joven es una ventaja que, a medida que avanzo, voy descubriendo más. Puede que no seamos tan pautados, o no tanto como nuestros mayores; irreverentes e imprudentes, dirían algunos. Ellos, en su mayoría, se sostienen en la necesaria experiencia, pero la experiencia de mis mayores nunca ha sido un impedimento, sino más bien una catapulta, incluso, cuando se han negado a algún nuevo proceso.
“Hay que tener la energía, la audacia y la capacidad de adaptación para abrazar nuevas ideas y enfoques. Implica una mente abierta a la innovación, menos atada a las convenciones establecidas y con mayor disposición a experimentar y aprender de los errores y las experiencias de los más avezados”.
—¿Qué sentiste, ya graduada, al vestir la bata blanca por primera vez?
—Siendo sincera, parecía que vestía la ropa de otro. La bata se sentía como prestada, y aún me cuesta cuando me llaman diciendo: “doctora, usted…”. Es una sensación de triunfo e incertidumbre.

—Ahora, volviendo la vista atrás, ¿cuánto crees que te aportó tu paso por el Programa de Formación Doctoral de la Reserva Científica Nacional, en La Habana?
—La experiencia me otorgó herramientas y habilidades que aún debo pulir. Se impone comentar el trabajo en equipo, los buenos compañeros y amigos, cómo limar las desavenencias, que son parte del proceso, así como las discusiones de temas característicos de la especialidad, sin suprimir ni silenciar la diversidad.
“La preparación en idiomas y metodología de investigación, cierta independencia, a veces compleja de lograr cerca de los conocidos, porque debo confesar que, hasta el último minuto, tuve dudas. Dudé de si podía, pero ser parte de la Reserva me mostró que el esfuerzo se premia. Agradezco también la posibilidad de probar que es posible tolerar y adaptarse a espacios y culturas diferentes sin abandonar los nuestros, y la orientación hacia una organización del conocimiento.

—¿Cuál es la clave de la integralidad?
—Está en la individualidad de cada uno: aquello que encuentras motivador, lo que te inspira. En mi caso, el apoyo de la familia y la necesidad de sentirme útil, de hacer en esta vida tantas cosas como pueda. Encontrar siempre una razón y, si no aparece, crearla; ya aparecerá, pero uno no puede detenerse ni dejar de soñar o sorprenderse. A riesgo de parecer un poco ilusa, diré que mi único talento es soñar, hasta despierta.
—Desde tu perspectiva de joven cubana, ¿vale la pena ejercer la medicina hoy en nuestro país?
—Hace unos días preparaba notas mentales sobre qué contestaría a mis profesores cuando me hablaran del doctorado y la especialidad; de las dificultades que eso encierra y cómo una cosa puede afectar el desarrollo óptimo de la otra (la típica charla del “no es momento, hay que esperar 10 o 15 años, quizá más”).

“En los escenarios que imaginé, siempre culmino diciendo: ‘deberían agradecer que me interese ejercer la medicina en Cuba’. Claro, también viajando y apostando por una economía mejor, pero regresando y desarrollando lo aprendido. A veces, con irreverencia y resistencia hacia ciertos temas, pero siempre aquí.
“En cuanto a si vale la pena o no, es como la clave de la integralidad: algo que descubres sin saber que existía. Es personal. Si la pregunta va hacia lo económico, diré que no vale: vivimos en un país donde, quien más estudia, menos remuneración recibe. Pero, siendo romántica y sincera: se trata de una vocación de servicio arraigada en la esencia misma del sistema de Salud cubano; un sistema que prioriza el acceso universal y la atención primaria.
“Si hay vocación de amar, cuidar y seguir avanzando, aunque no se visualice el horizonte, siempre valdrá la pena ejercerla en cualquier lugar, incluso en Cuba, que atraviesa momentos difíciles, pero sigue aspirando a que los jóvenes visualicen su futuro en ella. Entonces, ¿por qué no ser parte y soñar?”.
—¿Qué mensaje le darías a los jóvenes cubanos para que luchen por sus sueños a pesar de las adversidades del contexto?
—Que apuesten al cambio verdadero, aunque implique sacrificar parte de lo que creemos que somos. Que busquen respuestas en lo esencial, en aquello por lo que se les va la vida. Siempre hay otro camino, otras maneras de hacer, de decir, de luchar y de crecer en diferentes aristas. Es necesario cultivar la paciencia, la decencia, la humildad e, incluso, el ego, bien asentado en la preparación y la constancia. Así, cualquier cosa que se haga y desde donde quiera que se haga valdrá. Lo inadmisible es mentir, dañar o envidiar al que se esfuerza, por más inalcanzable que parezca la meta. (Edición web: Miguel Márquez Díaz)

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