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Hace un tiempo atrás escribí un amplio artículo sobre el ocaso alemán al que denominé «Angst-lemania: durmiendo con el enemigo», donde echaba un vistazo, algo superficial pues no se trataba de un ensayo, sobre las fases históricas del país europeo en su constante búsqueda de identidad, pasando por el imperialismo continental, industrialista y colonialista, a la democracia social de Weimar, y retornando como un fascismo revanchista hasta dos versiones de sí mismo, la Federal y la Democrática, producto de las improntas de los vencedores.
Con la unificación de 1990, Alemania pareció encontrar un nuevo camino: el “futuro europeo” como líder de un continente económicamente pujante, políticamente transatlántico y socialmente progresista. Los pilares de esa construcción fueron el Tratado de Maastricht, el Banco Central Europeo, creado bajo directa influencia del Bundesbank, y finalmente, a partir del 1 de enero de 2002, el reinado del euro.
No obstante, los proyectos independentistas alemanes tienen la distancia de su correa anglosajona. Las evidencias a esta realidad subrepticia, que muchos no quieren admitir, es la persistente ocupación estadounidense del suelo alemán —que no ha cesado ni siquiera con la retirada soviética de Europa oriental—, las presiones de Washington sobre incrementar el presupuesto militar en el marco de la OTAN y finalmente, la cortante decisión de que no tienda lazos ni económicos ni políticos con Rusia, especialmente, en asuntos energéticos.
No resulta casual entender por qué, en momentos en que el conflicto en Ucrania se recalentaba peligrosamente, asumía el 8 de diciembre de 2021 como canciller Olaf Scholz, probablemente el más genuflexo dirigente alemán a los intereses estadounidenses; subproducto del acuerdo «Atreverse a avanzar: coalición por la libertad, la justicia y la sostenibilidad», alcanzado por el partido socialdemócrata SPD [Sozialdemokratische Partei Deutschlands], Los Verdes [Die Grünen] y el liberal FDP [Freie Demokratische Partei], llamados vulgarmente “El Semáforo” por sus colores representativos.
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Aun con matices, Angela Merkel había sido renuente a abandonar la finalización del gasoducto Nord Stream 2, que aseguraban para Alemania una provisión (¡y un excedente!) suficiente para alimentar su capacidad industrial, convirtiéndola en el centro gravitacional de Europa. Se sabe, Estados Unidos (y Reino Unido) pretenden aliados fuertes, pero siempre supeditados al «lado correcto», sin políticas rayanas a la independencia.
Cuando Biden estimuló a través del ariete ucraniano una guerra contra Rusia, lo hizo bajo el doble objetivo de lograr un cambio de régimen en Moscú y a la vez, el “rapto de Europa” en un redil bien delimitado, sin fisuras, que permitiera un control político y militar, pero fundamentalmente, industrial. El dubitativo Scholz intentó dilatar respuestas concretas y equilibrar.
Sin embargo, Biden llamó a filas en fecha tan temprana como el 7 de febrero de 2022, en la mismísima Casa Blanca. Allí, el sheriff global blandió una amenaza que dejó atónitos a los periodistas: “si Rusia invade, y eso significa tanques y tropas cruzando la frontera de Ucrania, ya no habrá un Nord Stream 2, le pondremos fin”. Para luego dar el golpe de gracia ante una repregunta: “Les prometo que seremos capaces de hacerlo”. La respuesta de Scholz fue callar.
Pocos meses después, llegó la confirmación de la amenaza. Hasta ese entonces, Scholz intentaba negarse a enviar armas a Kiev y a incorporar el Nord Stream en los paquetes de sanciones. Pero el 22 de septiembre se cortó por lo sano: un sabotaje noruego-estadounidense dinamitó (literalmente) los ductos submarinos Nord Stream, privando a Alemania del gas natural directo, pero aun peor, de una asociación estratégica germano-rusa que hubiese sido desafiante para el poder estadounidense.
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La guerra en Ucrania no le salió gratis a Alemania, fundamentalmente, por sus lazos empresariales (en todo sentido) tendidos mutuamente durante años con Rusia.
Para poner el asunto en matemáticas: en 2021, año previo a la guerra en Ucrania, Alemania importó combustibles fósiles y electricidad por unos 80.000 millones de euros, o algo más del 2% del PIB. La mitad de las importaciones alemanas de gas y hulla, y alrededor de un tercio de las importaciones de petróleo procedían de Rusia. Casi toda esa importación se destinaba a la industria siderúrgica y la generación eléctrica doméstica.
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Para más inris, Scholz comprendió que debía supeditarse ya absolutamente a partir de 2023. Las políticas que Washington tenía reservadas para la potencia industrial alemana era la de ser proveedor de armas y sistemas para Ucrania… y posible nuevo ariete para la continuación de la guerra contra Rusia. La provisión de los Leopards para la «contraofensiva de verano» de ese año fue el starting gun de esa inflexión.
Muchos no solamente se indignaron por esta realidad de vacas flacas —se espera que Alemania crezca este año un 0,8%—, sino que empezaron a advertir una manipulación insidiosa que los llevaría, una vez más, al choque contra los temidos rusos.
Además, si bien el pueblo alemán fue convenientemente cosmopolitizado —a través de intensas oleadas migratorias y programas de ‘humanización’ pos-hitlerianos—, y ha comprendido que algunos temas han devenido a tabúes, como la pérdida de la identidad germana o las perversiones woke, la recesión y desindustrialización que ha provocado el gobierno de la «coalición atlantista» entre SPD, Alianza 90/Los Verdes y el FDP bajo la batuta de Olaf Scholz, ha puesto las cosas meridianas y operó como la gota que rebalsó el vaso, despertando posturas que antes se agotaban en la autocensura y el complejo de culpa (el Nie wieder, ‘nunca más’).
Uno de esos mascarones de proa ha sido el Alternative für Deutschland (AfD), un partido reaccionario que insiste en los «valores tradicionales» de «familia, religión y propiedad», euroescéptico, que aboga por mejorar las relaciones con Rusia y que… coquetea con alguna que otra simbología del III Reich (aunque es decididamente proisraelí).
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Lo citado explica la aparición destellante del AfD, quien ha venido cosechando triunfos y popularidad a medida que la coalición de gobierno se ha venido desmoronando como azúcar en la lluvia: primero, ocurrió el llamado de atención de las parlamentarias europeas del 9 de junio de 2024, donde obtuvo el 15,9% de los votos (6.325.890) con su candidato insignia Maximilian Krah. AfD pudo incorporar 15 representantes por Alemania al Parlamento continental, aumentando 4 escaños desde la última elección.
Después la cosa se puso mucho más seria al llegar las elecciones en (los Estados Federados orientales de) Turingia (Thüringen) y Sajonia (Sachsen). Aunque ambos estados representan apenas el 7% de la población alemana, los partidos políticos tradicionales quedaron bastante relegados en comparación con sus números históricos y perdieron sus bazas.
Por primera vez, la ultraderecha obtuvo 33,5% de los votos en Turingia —saliendo primeros— y el 31,5% en Sajonia —saliendo segundos, apenas detrás de la Democracia Cristiana. Los partidos del Semáforo casi no tuvieron representación.
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Esto marca otra tendencia muy especialmente vívida en Alemania: las insípidas coaliciones para formar gobierno, que conspiran a favor de una fuerza que no pacta —ni halla pactistas—, como AfD. La «cultura coalicional» impide muchas veces direcciones de gobierno sólidas y tiende a la ruptura. En cambio, AfD se manifiesta como una fuerza aún minoritaria, pero creciendo homogénea gracias a su intransigencia.
Desde diciembre de 2021 ha gobernado a nivel federal una coalición de tres partidos liderada por el socialdemócrata Olaf Scholz… y fue la mayor demostración del fracaso coalicional.
Tras una serie de fuertes desavenencias sobre el rumbo del país y por las reiteradas diferencias de criterios entre Christian Lindner (FDP) —quien rompió al renunciar como Ministro de Finanzas—, Olaf Scholz (SPD) y Annalena Baerbock y Robert Habeck (Verdes), miembros fundamentales de la Coalición, el canciller ha decidido someterse el 16 de diciembre de 2024 a un voto de confianza en el Bundestag, que le resultó esquivo, con 394 votos en contra.
Necesitaba 367 síes, y consiguió 207, mientras 116 se abstuvieron. En virtud de dicho resultado, el presidente Frank-Walter Steinmeier resolvió disolver el Parlamento y convocar a elecciones anticipadas para el 23 de febrero de 2025.
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Allí mismo empezó la campaña electoral por lograr simpatías y adhesiones… y obsesionados por el germen filonazi, también empezaron los sondeos para armar “cortafuegos” con el fin de aislar a las formaciones ultraderechistas y frustrar su llegada al poder.
Sin embargo, lejos de lograr su cometido, este 23 de febrero se confirmó el fracaso de la estrategia: AfD se convirtió en la segunda fuerza política del país, canalizando directamente el voto-protesta en plena crisis económica, con raíz en la austeridad fiscal y el discurso anti-inmigratorio, vectores que crecen.
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La austeridad fiscal está intrínsecamente instalada en el inconsciente colectivo alemán: el miedo a los déficits fiscales está tan arraigado que se cree firmemente en que la estabilidad política depende casi únicamente a la falta de endeudamiento. Esto llegó al paroxismo cuando en 2009 el parlamento decidió introducir constitucionalmente un límite de deuda de hasta 0,35% del PIB.
En cuanto a las políticas anti-inmigratorias… bueno, ya se estaban popularizando incluso en Olaf Scholz y sus deportaciones. Es que cuando la economía no crece y el desempleo acecha… siempre existen chivos expiatorios.
Obviamente, AfD todavía está lejos de los mejores números y no podrá formar gobierno. Pero será la principal fuerza de oposición habiendo logrado poco menos que un 20% de los votos, el mejor resultado de un partido ultraderechista a nivel nacional desde 1933, cuando Adolf Hitler se convirtió en canciller. Quizás sea una cuestión de momentos.
Primeros, con capacidad de formar gobierno, triunfó el bloque conservador compuesto por la mítica Unión Demócrata Cristiana y la Unión Social Cristiana de Baviera. Ello parece ser un cambio de figuritas no muy significativo… la novedad se dio ¡en el este! y esto no podrá ignorarse así nomás.
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Pero si bien la gran noticia fue el ascenso del AfD, lo cierto es que Alemania estará gobernada por un canciller (como todo indica que ocurrirá) del establishment, que ha sido representante del fondo de inversión estadounidense especializado en vaciar empresas nacionales y Estados, BlackRock. Se trata de un consumado financierista globalista: Friedrich Merz. Que existe Guatemala y existe Guatepeor…
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Así las cosas, los resultados electorales de Alemania son un “signo de los tiempos”. Alemania no fue arrastrada por la marea estadounidense y una dirigencia corrupta y pusilánime, sino que todo se ha resuelto como una cuestión de “valores” (estoy siendo irónico, obviamente…).
La primera fuerza, la CDU/CSU, está enquistada en recetas conocidas —incluso insisten en la guerra contra Rusia—, y coalicionará con otras fuerzas, en especial con los socialdemócratas salientes, para gobernar sin el AfD… quien sin embargo se ha ofrecido a unirse en una alianza sin precedentes. Esto, por ahora, es improbable que ocurra, dado que la CDU prefiere apoyarse en el “cordón sanitario”. Ellos representan el continuismo supranacional europeo.
Sin embargo, la primera fuerza opositora, el AfD, que intenta ser aislada políticamente, solo debe sentarse y esperar para seguir creciendo a golpes de uniformidad y falta de pactos (y especialmente considerándose que se hace fuerte en la juventud). Ellos representan más que nadie, ahora, el soberanismo alemán.
Salvo que ocurra una mágica y revolucionaria redención, resulta risible escuchar a Merz decir que Alemania debe ser “independiente” de Estados Unidos, habiendo sido un dirigente de BlackRock, el grupo vaciador de empresas mediante reestructuraciones, y un furibundo atlantista (incluso pidió la suspensión del Nord Stream 2 en contra de los intereses económicos alemanes). También resulta cómico pensarlo como un adalid de la restitución alemana cuando es un miembro del Consejo de Administración del World Economic Forum, y ha sido activista de los pasaportes COVID y pro-inmigración, líneas políticas del globalismo de Davos (y de la Unión Europea).
“Ninguno de nosotros esta hablando de cerrar fronteras. Ninguno de nosotros. Aunque se haya hablado de esto durante la campaña electoral”.
Esto puede animarnos a predecir que la nueva coalición empleará políticas del tipo “cavar, para salir del pozo”, en fin, neoliberales, de ajuste a los programas sociales y de la producción real, y proclive a la financiarización. Por lo pronto, ya empezó a desmentir lo que había sostenido durante la campaña electoral sobre el asunto inmigratorio.
En definitiva, la irrupción del trumpismo, su apoyo (a través de Musk) al AfD, el manoseo a los wokistas de la Unión Europea y la propuesta de resolución del conflicto en Ucrania únicamente a dos bandas (Estados Unidos y Rusia, sin siquiera la opinión de Europa), sumado a los desaciertos de gobierno y vulnerabilidades intrínsecas de Alemania, han llevado a este resultado aleatorio y de final abierto (en referencia al potencial de la coalición que se viene… y los posibles resultados de gestión).
Merz es un producto globalista típico europeo: no concibe la soberanía nacional sino la supranacional, y es por ello que es un defensor del tándem OTAN-UE (bah, del statu quo), para lo cual debe insistir en la confrontación con Rusia, una llama ardiente que permite la existencia del instrumento dual citado.
La postura militarista de Merz es absolutamente compatible con su ideología financierista: las deudas de los países en guerra son como cadáveres para los carroñeros: facilitan negocios de todo tipo, siempre garantizados por recursos naturales. El mismo BlackRock tiene activos en fabricantes de armas… y es dueña de media Ucrania. De modo que los intereses de Merz son más coincidentes con los de BlackRock que con los del pueblo alemán en sí. Será por eso que ve con simpatía enviar misiles de crucero de largo alcance Taurus al régimen banderista de Kiev, aumentado el gasto militar, a costa de reducir beneficios sociales y aumentar la deuda nacional.
Al final, tampoco son “tan distintos”. Trump aboga por la resolución del conflicto ucraniano porque cree que hacer negocios con Rusia y escindirla de la sinergia con China es clave para los Estados Unidos. Pero tampoco ve nada mal tener a un alemán que destine 5% del PIB en presupuesto de Defensa y se encargue de mantener “a raya” a Putin, esto es, que asuma el gasto europeo para los asuntos militares del continente, mientras polariza e impide una asociación que sería virtuosa y contraproducente para los norteamericanos.
La desindustrialización alemana es un tema que tanto Biden como Trump no dejan de ver con agrado: un competidor menos es un esteroide (propio) más.
La prometida primera visita oficial a Berlín por parte de Benyamin Netanyahu —quien estuvo presto en la felicitación—, el mismo que fuera a Washington como exclusivo y especial comensal, es una forma de entender las transversalidades que, más allá de algunas preferencias de formatos, enlazan a Estados Unidos y Alemania. (Por Christian Cirilli, tomado de La Visión)