Nostalgias de un Mochilero: Ciego de Ávila

Tras aquella visita, hace ya más de una década, por un momento sentí que mi hermosa bahía, con sus cerros colmados de luces en la noche, había perdido su encanto. Al recorrer la ciudad de Ciego de Ávila  quedé exhausto, y mis ojos bien abiertos se nublaron ante tan bellos lugares.

Recuerdo que una amiga me había advertido con una enigmática frase: “Cuando vayas te acordarás de mí”, pero no me dijo nada de la Laguna La Turbina, esa que nació un día de la nada, así, colmada de misterios. Y otro buen día, de la noche a la mañana, se colmó de restaurantes.

Donde reinaba un placer yermo, luego inundado de agua, en aquel ya lejano 2012 constaté cómo las familias avileñas degustaban suculentos platos a módicos precios, en una eficiente y atractiva red gastronómica.

De memoria puedo citar varios de aquellos establecimientos. Me viene a la mente La Cueva, surgida de las manos de un hombre y no de los miles de años que necesita un sistema cavernario para su formación.

Otro de estos establecimientos flotaba en el agua, como flotaba mi mente… Al traspasar la entrada, supe que estaba compuesta por dos grandes tanques que almacenaban el agua potable del lugar, producto del ingenio de algún artista.

La capitana nos recibió calurosamente, a mí y a la comitiva que me acompañaba. Nos acogió con la carta del menú en sus manos, y fue el único instante del trayecto donde quise echar a correr. A pocas cosas temo como a la carta de los restaurantes. Siempre miro a la derecha, donde aguardan los precios para saetearte los ojos y el bolsillo.

Pero en aquella extraña ciudad y en aquel extraño restaurante puedes pedir la carta sin sobresaltos. Al menos en aquellos años. Un filete de pescado, especialidad de la casa, costaba ¡12 pesos cubanos! Pero intenté disimular mi sorpresa.

Me hicieron recorrer la ciudad de noche, enmudecido. Presencié los largos y libres portales, que como bien sentenció un colega: “Cuando aquí llueve nadie se moja”. Y es que no había rejas, y si las había, eran muy escasas. Los interminables portales avileños brindaban sombra y refugio al caminante.

Visité el bulevar. ¡El Bulevar! Con fuentes y todo. Restaurantes y todo… en moneda nacional. Y como yo era de fuera –de la provincia, claro está–, en Don Pepe me invitaron a un daiquiri gratis.

Siempre que pienso en Ciego de Ávila me remito al año 2012. Regresé en momentos posteriores pero aquella primera impresión fue suficiente para entender lo que debería ser una ciudad bien dirigida. Y sí, el ímpetu de una persona puede transformar una provincia, como lo hizo José Luis Tapia cuando fungía como Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba en aquel territorio. Todo el asombro que me produjo aquel recorrido lleva su impronta.

Como pocas veces en mi vida contemplé tantos restaurantes bien surtidos y con precios módicos.

En aquel entonces observé más: la limpieza de las calles, el alumbrado de los parques, las curiosas farolas, un micrófono gigante donde quise gritar… de esas cosas me acuerdo con una nitidez que asombra.

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Sobre el autor: Arnaldo Mirabal Hernández

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