Fidel

Fidel

Seguramente cada cubano patriota recuerda con suma nitidez qué hacía aquel sábado 26 de noviembre en horas de la tarde noche, cuando un afligido Raúl comunicaba a las cámaras de televisión y al mundo sobre la muerte de su hermano, nuestro Fidel. Imagino, mientras escribo a seis años de aquella fecha, que el país se detuvo por unos segundos para sumirse en un silencio absoluto, ese que siempre desata la tristeza. Al menos en mi entorno la noticia suscitó una mudez momentánea, al escuchar cada palabra del General de Ejército informando sobre la partida física del Líder de la Revolución en la noche del viernes 25 de noviembre.

El desconcierto inicial produjo un nudo en la garganta de todo un país. En ese instante millones de revolucionarios conocimos la orfandad absoluta. Incluso el horizonte se le nubló a más de uno ante la ausencia definitiva del guía histórico que liderara innumerables batallas junto a su pueblo. “¿Y ahora, cómo avanzamos sin él?” es la frase que emergió desde lo hondo de muchos cubanos acostumbrados a su presencia visionaria. 

Esa rara cualidad que le permitía anunciar el porvenir y luchar sin cansancio para alcanzarlo. La concreción de muchos de sus sueños transformó la vida de miles de personas en el planeta. Le devolvió la vista a los desposeídos de este mundo, le abrió el camino al conocimiento a los iletrados, y sus ansias de justicia permitieron la erradicación de la oprobiosa política segregacionista conocida como Apartheid. Fue un líder de escala mundial que desde una pequeña islita del Caribe sumaba seguidores en todos los confines del orbe.

Alimentó la esperanza de los necesitados, quienes le veían como el incondicional aliado, capaz de cantarle las 40 a los más poderosos. 

El humanismo de Fidel llegaba a niveles insospechados; al punto de crear una escuela para médicos capaces de aliviar el dolor de la pobreza que se emponzoña en las arterias del Tercer Mundo. En este minuto puede haber un galeno asistiendo a un enfermo en cualquier selva o páramo, uno de los tantos aportes de ese inigualable ser humano que habitó estas tierras.

Por su lucha constante por la dignidad del hombre y la mujer, ganó adeptos que pronunciaban su nombre con fervor. Fidel, esa simple palabra, devino en bandera de lucha. Basta escribirla en una pared, en un pulóver, en una pancarta y ya denota una cosmovisión del mundo, y la pertenencia a un segmento beligerante de inconformes que no cejan por lograr la justicia infinita.


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Es la razón por la que ante las dificultades cotidianas que nos golpean, unido al burocratismo y otros males, siempre son muchos los que evocan su nombre a manera de puñetazo contra lo mal hecho.

Durante años, sus detractores esperaban que el anuncio de su partida física desencadenara una ola de reproches y posturas revisionistas. Incluso, desde la Florida idearon una especie de plan de contingencia conocido como “Plan Cubano”, con 60 páginas, donde se explicitaban los pasos a seguir para tomar el poder una vez que se conociera el deceso del estadista. 

Y aquí las palabras “deceso” y “estadista” quedan huecas y sin sentido. No encierran la carga emotiva de aquellos días, donde no se hizo necesaria una convocatoria oficial. El pueblo se fundió en una masa compacta, como pocas veces en la historia había hecho todo un país ante la partida física de una figura relevante. 

Las apuestas de sus enemigos se hicieron añicos contra la rebeldía solemne de los jóvenes, que comenzaron a escribir su nombre en la piel con letras rojas y negras. Y una hilera de miles de kilómetros a todo lo largo del país acudió a rendirle tributo y despedirle en el retorno a su morada definitiva. 

Desde entonces, Fidel continúa siendo ese concepto sublime de patriotismo que nos acompaña, además de la referencia cotidiana que intenta sacudirnos del acomodamiento. Será por siempre esa imagen incansable que nos interpela a no ceder en nuestro empeño de avanzar a todo costa y a pesar de los tropiezos, con esa fe absoluta en la victoria.

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Sobre el autor: Arnaldo Mirabal Hernández

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