
El aire soplaba del oeste, se divisaba a una gran altura una nube blanca con halos negros, que variaba su movimiento de un lugar a otro. Por momentos descendía como tornado enfurecido hacia las lagunas de agua salada ubicadas al sur del Parque Nacional Ciénaga de Zapata, captando la atención del visitante, que no dejaba de seguir la curiosa formación.
El horario era ideal para la actividad de senderismo, esta vez con ciertos sonidos vagos escuchados a lo lejos por los inmensos grupos de aves vadeadoras provenientes de Norteamérica, que usan estos espacios como zonas de invernada, para luego regresar al comienzo de la primavera a sus sitios de origen. A medida que se acercaba a los bordes de los espesos manglares lo que antes era una sólida columna, como flashazos se disgregaba en pequeños grupitos hacia las aguas más bajas de los marismas cenagueros.
A unos escasos metros comenzaba a retumbar el estrepitoso sonido de aves de todo tipo que en franca armonía colaboraban para ganarse el desayuno y aunque algunas entablaban combates a intervalos, muy pronto la abundancia de alimentos les hacía olvidar la querella. El caminante en total éxtasis, cámara en mano, por unos segundos se detuvo a contemplar el espectáculo para luego acercarse silenciosamente, con ansias de perpetuar ese momento único.
Esporádicamente una sombra gigantesca sobrevolaba en círculos sobre su cabeza y desaparecía para luego mostrarse a contraluz, misteriosamente. Finalmente pudo advertir que se trataba de aves muy grandes, de aproximadamente un metro que, en vuelo pausado, en el que solo se les escuchaba el sonido de sus alas, intentaban llegar al festín, pero detectaban su presencia e inmediatamente se alejaban del lugar.

Decidió permanecer inmóvil por unos minutos, usando como camuflaje las propias ramas de los manglares y allí, oculto en la maleza, por fin podría descifrar de qué especie se trataba. Su estrategia fue todo un éxito, no pasaron más de quince minutos cuando un golpe fuerte, un batir de alas sacudió el agua por detrás suyo; pero debió esperar, si se movía podía echarlo todo a perder y en su desesperación solo rezó para que no estuviese un cocodrilo alrededor esperando el momento al igual que él. El sonido a sus espaldas se hacía más agudo lo cual le hizo suponer que el animal se acercaba sin recelos. Alcanzó ver a través de los reflejos de la pantalla de su cámara la figura de un ave de gran envergadura, con un pico largo, elegante al caminar y con cierta robustez. No podía creer lo que estaba observando, ya casi convencido, nervioso a la vez, llegó a la conclusión, y no se equivocaba, que estaba en presencia de un ave que por mucho tiempo había buscado: la Cigüeña o Cayama.

Ya no importaban los paisajes, ni los grupos de aves en disputa por la comida; sus esfuerzos se concentraban en lograr sus primeras instantáneas de esta ave mítica, que ha inspirado a muchas generaciones en el mundo, centro de historias, leyendas, símbolo de fertilidad y pureza para algunos. Y allí estaba él, a unos pocos metros de lograr ese sueño. Solo atinó a configurar los parámetros del equipo y pensar que ya era un privilegio el solo hecho de observarla y más en Cuba, en la Ciénaga de Zapata, donde muchos ni tan siquiera sospechan que existe este animalito y que además utilizan, a diferencia de otros “parientes” los manglares para nidificar.

Mientras se movía libre en busca de alimentos y sin notar su presencia, pudo tomar las primeras fotografías. Le fascinó su cabeza casi primitiva, desprovista de plumas, en la que se podían observar algunas grietas y callosidades, resultado de adaptaciones para sobrevivir en estos medios tan agresivos. Su sorpresa fue mayor cuando comenzaron a llegar desde varias direcciones en parejas o pequeños grupos, algunas se posaban en el tope de los mangles de un cayo contiguo, otras con ramas en el pico para adentrase en la espesura de la vegetación. Al avanzar hacia el lugar más activo unas fabulosas bolitas como de nieve esperaban inquietas en sus nidos la llegada de sus padres. El intruso, mientras presionaba el obturador, sonrió al pensar que las cigüeñas efectivamente no traen bebés, como reza el mito, pero sin dudas constituyen un fabuloso presagio de vida. (Por: Lic. Yoandy Bonachea Luis)
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