Martes, 22 de mayo de 2018

En Cuba, para siempre

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En Cuba, para siempre

 

A través de una sonrisa clara y sincera se puede descubrir el alma de las personas. Y John y Anna son de sonrisa fácil y transparente. Con ellos se puede entablar una conversación sin importar la diferencia de idioma.

 

Logran hablar con la mirada más que con las palabras, y entre oraciones que muchas veces resultan inteligibles al poco conocedor del inglés, llega al rescate la risa afable para demostrar que el día transcurre entre amigos, y que la comunicación en varias ocasiones no necesita de palabras. Después de un rato tal parece que se está entre viejos conocidos.

 

La piel blanca sin la tonalidad que brinda el sol caribeño, y los ojos muy azules nos hace pensar por un momento que estamos en presencia de dos extranjeros, pero a veces las palabras también resultan injustas, más si conocemos que la raíz etimológica de extranjero viene del francés antiguo estrangier que entre sus significados se encuentra extraño.

 

Si algo nunca será este matrimonio de trato afectuoso y alegría constante es precisamente extraño. Sobre todo cuando se encuentran en el lugar donde regresan una y otra vez porque se saben queridos.

 

Su vínculo con la Mayor de la Antillas comenzó como muchas grandes historias: por azar. En busca de un destino para vacacionar le sugirieron Hawái. Luego alguien mencionó la palabra Cuba. “¿¡Cuba !?”, se preguntaron. Poco, o casi nada conocían del país. Transcurría el año 1986. Han pasado más de tres décadas, y desde ese primer contacto no se han podido despegar del calor de la Isla. ¡Ciento una visitas desde entonces! Y cientos de amigos y emociones en cada viaje.

 

Recuerdan que a mediados de los 90, justo cuando el Periodo Especial estaba en su apogeo, conocieron la Ciénaga de Zapata gracias a un guía turístico. En ese entonces visitaron una escuelita en Palpite. Les sorprendió que los niños escribían con lápices pequeños, lo que en Cuba llamamos un “mochito”. Durante casi una década, en cada regreso, hacían una visita obligada al sureño municipio para entregar a la escuela material escolar para los alumnos.

 

También visitaron otras ciudades como Santiago de Cuba donde pasaron una navidad y escucharon que Fidel se encontraba en la misma urbe, confiesa John. Aunque no lo vieron, se sintieron dichosos. Poco tiempo después, tras del paso del huracán Andrew, viajaron con donativos para varias escuelas santiagueras.

 

El matrimonio vive en British Columbia. En su trayecto a la Isla deben tomar dos aviones y cada vuelo demora poco más de tres horas. A pesar de la intervención quirúrgica en una de las rodillas de John, la cual le dificulta caminar, en diciembre pasado arribaron al centenar de visitas y viajan hasta cinco veces al año.

 

“Elegimos a Cuba por el calor”, responde John. Durante más de 30 años ya han establecido un lazo casi sanguíneo con muchos cubanos.

 

En 60 ocasiones se han hospedado en el Hotel Tropical. Escogen la instalación por la playa y porque es pequeña, pero sobre todas las cosas por sus trabajadores. La experiencia de los grandes hoteles les abruma un poco. En cambio, en el Tropical se sienten más a gusto, es como si pertenecieran al colectivo de hotel.

 

Gustan sentarse al borde de la piscina y deleitarse con algún coctel nacional, mientras saludan a cuanto trabajador pase por su lado con un sonoro estrechón de manos “a lo cubano”. Se sienten tan cercanos en ese lugar que en cada regreso traen equipos como termómetros para medir la temperatura varias áreas de la instalación.

 

Anna no duda en responder si al regresar a Canadá siente nostalgia por Cuba. Pronuncia un ¡Yes!, con gran musicalidad que quiere decir mucho más que una simple palabra afirmativa. Como para que se le entienda mejor reitera la frase con un ¡Sí!, envuelto en una sonrisa casi tropical.

 

Una vez en British Columbia, cada pared o estante de su casa le regresa a la nación caribeña, porque conserva muchos souvenires y presentes de sus amigos cubanos: juegos de tazas de Artex, jarras, ceniceros, maracas.

Dice él jocosamente que los cubanos tienen una cualidad un poco extraña, “cuando le regalas algo, ellos quieren retribuirte con otro presente”, por tal motivo siempre arriban con regalos y se regresan también colmados de obsequios.

 

John y Anna no responden al estereotipo de los turistas que al escuchar un son cubano mueven los hombros e intentan tirar un pasillo, sin embargo, disfrutan el ron Cuba Libre como pocos. Mientras transcurre la conversación él saboreaba una cajetilla de cigarros Cohiba.

 

“De aquí amo a la gente. Son muy cálidas y bien llevadas, quizás tengan carencias, pero les sobran otras muchas cosas… no ves jóvenes drogadictos en las calles”, comenta John. Nada les agrada más que observar cada mañana a los niños con uniformes camino a la escuela.

 

Durante muchos años John piloteó un avión y lleva un tatuaje de la fuerza área en uno de sus brazos. Anna era estilista y costurera. Con alegría y orgullo él asegura que no tiene que salir de casa para pelarse o lucir bien, ella se encarga.

 

Al preguntársele sobre los años de casados, como si lo recordara cada día de su vida John menciona que fue un 21 de junio hace ya 35 años. Fue un momento importante en sus vidas, solo comparado con la primera vez que llegaron a Cuba y quedaron prendados para siempre.

 

Desde finales de los 80 acá han visto cómo la Isla se transforma cada vez, sobre todo con los nuevos negocios, pero la esencia de los cubanos se mantiene. Para ellos, no han perdido su calidez, alegría y nobleza.

 

Cuando se le pregunta si algo no le agrada de la Isla, se quedan pensativos, y luego de prolongados segundos de silencio responden con otra sonrisa: “¡El avión que nos regresa a Canadá!, siempre les cuesta retornar a su patria natal.

 

Una vez allá, cuando se sientan a extrañar Cuba, les viene a la mente aquellas primeras frases desalentadoras que le escucharon a algunos, hablaban de una Isla comunista y por tanto, malévola.

 

Por ellos mismos descubrieron, y lo reafirman cada vez, que se trataba de la tierra de la libertad, de la familiaridad y de la unión. Entonces salen de compras en busca de nuevos obsequios para el viaje de retorno a Varadero.

 

“Aquí siempre que estamos sentados en algún lugar las personas pasan y nos saludan, nos sonríen incluso sin conocernos, algo que no siempre sucede en mi país”, dice John.

 

Finalmente, cuando se les inquiere si hubieran preferido nacer aquí, dicen que no, para afirmar al instante, como si hablaran de la vida eterna o de los sentimientos perdurables, que decidieron descansar definitivamente en la Isla.

 

Cuando les llegue el final desean que sus cenizas se depositen en una porción de rocas de Boca de Camarioca, a pocos kilómetros de Varadero. Un lugar que descubrieron hace algún tiempo donde las olas golpean suavemente para juguetear con los rayos del sol. Así permanecerán en Cuba, para siempre. (Por Arnaldo Mirabal y Dayana Lavastida)

 

 

 

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