Martes, 27 de junio de 2017

Reconstruir para conservar misterios y paradojas (+Fotos)

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La paciente, exquisita y por qué no; dilatada restauración del teatro Sauto, Monumento Nacional, parece llegar a sus finales luego de haber puesto a prueba por casi más de seis años, la paciencia de orfebres incapaces de tolerar la chapucería.

Puede que resulte prematuro anticipar que se trata de la conservación más profunda y fiel a su nacimiento como teatro en el distante 1863, pero no es menos cierto que salta a la vista como se atrapa y moldea el más mínimo detalle de la arquitectura neoclásica, esa que soñó su creador Dall'Aglio inspirada en la Scala de Milán y que para admiración de conocedores, funciona como un inmenso instrumento musical.

 

Para los conocedores de las apetencias del matancero, lo que acontece en el teatro Sauto; no es más que la demostración del espíritu con el que da su primer paso la reconstrucción de la ciudad; un acontecimiento que moverá a asombro y aunará voluntades alejadas del pueril regionalismo.

 

Kaled Acosta Hurtado, reconoce ser consecuente con el legado de Cecilia Sódis, una mujer que se dedicó por espacio de más de veinte años y hasta su último aliento, al sueño de mostrar un teatro detenido en el tiempo; pero a su vez, con las mayores comodidades de la modernidad, sin descontextualizar su esencia.

 

Hoy se labora en varios frentes al unísono en espera de que nuevamente se liciten los equipos de climatización y de mecánica escénica que; por sus exigencias, han de armonizar con el teatro.

 

Los numerosos engranajes bajo el piso y el crujir de la madera propician -aún un pleno trabajo de restauración- despierta el vuelo de la imaginación, a la que se suma la incógnita del porqué en el olimpo reflejado en su techo, donde descansan ocho musas, está ausente Polimnia, diosa de la elocuencia.

 

Sauto, tan calado en la vida del matancero ha sido hasta motivo de interesantes incongruencias que se cuentan de generación a generación, como que lleve el nombre de un farmacéutico pinareño y, a la luz de la historia, su benefactor: el doctor Esteban de la Concepción Sauto y Noda; mientras que el coliseo de Vuelta Abajo, se nombre José Jacinto Milanés, matancero de nacimiento. (José Miguel Solís/Radio Rebelde)

 

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