Domingo, 27 de mayo de 2018

Derechos Humanos: Gina, la maestra

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Derechos Humanos: Gina, la maestra

 

Cuando hablaba con ella las horas volaban. Quizás porque era como un libro abierto en el que podías beber a grandes rasgos la historia. No como la cuentan los manuscritos sino con esa dosis de sensibilidad o crudeza que hacen reales a los hombres.

 

Georgina participó en la campaña de alfabetización. Subió lomas en el Escambray, se escondió de los bandidos, se bañó en las frías aguas de los ríos que corren cerca de la tierra del Yayabo…

 

Gina, como cariñosamente la llaman sus familiares y los que gozamos del privilegio de compartir de sus anécdotas, aprendió allí lo que era el hambre, la pobreza, acostarse con un pan en la barriga y la incertidumbre de no conocer la primera letra del abecedario.

 

Ella dio batalla en su casa, quería ser la primera que cartilla en mano se aventurara en aquella dulce “locura” de la alfabetización. Entonces sus padres pensaron que era un capricho pasajero de la frágil joven que no tendría el valor para dejar las comodidades del hogar y las anchas calles de La Habana e irse a internar en ningún pueblito del interior del país. Sin embargo, Gina no cedió ante los convencimientos.

 

Corría febrero de 1961 y por primera vez la jovencita padeció los avatares de un camión, la lejanía de la familia, la soledad de las noches en medio del monte… “¡Pero nada de amilanarmeconmigo había que contar para enseñar a tanta gente que nunca había cogido un cuaderno en sus manos!”. 

 

Ni siquiera cuando asesinaron a Conrado Benítez, desistió. “Al contrario, aunque lloramos al maestro y tomamos nuestras precauciones, el albor de la enseñanza se hizo más fuerte y se esparció desde el Cabo deSan Antonio hasta la Punta de Maisí”.

 

“Aquella gente estaba agradecidísima, nos hospedaba en su casa y con ellos compartíamos todo, desde la comida hasta la aflicción de perder a algunos de sus animales cuando los mataban los bandidos. También el trabajo porque en los tiempos libres era una más en la finca. Ellos nos protegían, éramos como sus hijos”.

 

“Y había que ver la gratitud en sus ojos y la alegría de aprender a poner sus nombres y no tener que firmar con marcas, como lo hacían antes de 1959 cuando los terratenientes pactaban con ellos una explotación segura y leer y escribir era solo una quimera”.

 

Entonces las escuelas eran solo para algunos: los que podían pagarlas o aquellos que no tenían que ir en busca del pan y el boniato para alimentar a los hermanos pequeños.

 

“El 22 de diciembre por fin esta Isla fue completamente libre de la ignorancia. Así lo declaró Fidel, como el primer territorio libre de analfabetismo en América Latina. Después me hice maestra y casi no puedo explicar la satisfacción que siento cuando niños como ustedes aprenden a través de mí la historia de esta Isla”.  

 

Emocionada hablaba entonces de la gratuidad de la educación en Cuba, de la igualdad de posibilidades y acceso a las diversas enseñanzas, de la calidad de los maestros cubanos, de nuestros derechos humanos y el necesario aporte que hacían en tierras como Nicaragua, llevando la luz de la enseñanza a niños que no habían tenido el mismo privilegio que nosotros. 

 

Gina fue mi primera maestra, entonces la historia resultaba tan fácil como conocer su propia esencia…

 

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