Martes, 17 de julio de 2018

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De Cuba a Guasasa: El mayor de los Castillo

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De Cuba a Guasasa: El mayor de los Castillo

 

Por los caminos de la Ciénaga es difícil encontrar a alguien que no conozca al menos a uno de los Castillo. Esta numerosa familia, conocidos a veces como “los Castillitos”, tienen su origen en la figura de Julio Castillo Jiménez, uno de los más longevos habitantes de Guasasa. A pesar del paso del tiempo, el mayor aún conserva fresco en su memoria, como si hubiese sido ayer, hechos, fechas y acontecimientos de su vida viajera.

 

RECORRIENDO TODA CUBA

 

Sentado en su casa, junto a su compañera de toda la vida, Castillo, como le conocen todos, no duda en relatar con una sonrisa los tesoros que guarda en su mente bajo el nombre de recuerdos.

 

“Aunque hoy soy cenaguero de pura cepa, en realidad yo nací en Villa Clara, en una finca de nombre Bartolina allá por Jaraguá, cerca de Aguada de Pasajeros. Fui el último de los varones en nacer de mis diez hermanos, pues era una familia muy grande”, recuerda mientras su mirada viaja por los rostros de su familia contenidos en cuadros y fotografías, antes de seguir el viaje por el tiempo.

 

“Cuando crecí, movido por el impulso de la juventud y la búsqueda de trabajo, dejé mi casa para recorrer Cuba, y poco me faltó para pasearla entera.

 

“Si bien fue hace mucho tiempo,aún recuerdo los caminos de la Isla de la Juventud, entonces de Pinos, así como los poblados y recovecos de Pinar del Río y el cabo de San Antonio, lugares por donde estuve en varias ocasiones y donde trabajé mucho”, narra mientras señala la zona sin el auxilio de un mapa, y los describe con exactitud y riqueza.

 

Pero no fueron solo estos los lugares visitados, aunque algunos tienen vinculados historias curiosas.

 

“Todavía conservo las memorias de mi estancia en Camagüey, donde vi por primera vez a un médico. Yo llevaba unos días sintiéndome mal y mi patrón me dijo que fuera a ver a un galeno que él conocía, pues parecía que mi mal era grave. De más está decir que cuando vi por primera vez al doctor casi salgo gritando, pues con todos esos aparatos parecía un extraterrestre”, dice jocoso mientras saluda a la doctora del pueblo, quien ya conoce esta anécdota, una de las últimas de su andar.

 

“Mis andanzas terminaron con la muerte de mi padre, la cual pude conocer varios días después,pues no tenían cómo avisarme. Ahí puse fin a los trotes y regresé a casa,porque ese hecho me hizo darme cuenta de lo solo que me sentía y de lo mucho que deseaba formar una familia”, comenta y en sus ojos se ve el amor que le tiene a su esposa, quien no se ha separado de su lado durante toda la entrevista.

 

GUASASA

 

“Fue el deseo de tener mi propio hogar lo que me trajo a la Ciénaga y a Guasasa el 12 de abril de 1957, cuando llegué a estas tierras para visitar a un hermano y luego a mi novia, con la que el pasado 12 de marzo cumplí 60 años de casado.

 

“Tras la boda nosotros vivimos en Girón dos años, y el 13 de abril del 61 nació mi hija. Sin embargo,en menos de 32 días llegó la invasión y mi vida cambió.

 

“Al pasar los combates, se hizo evidente que mi mujer había quedado muy alterada de los nervios por los sucesos y Girón le traía muchos recuerdos, por lo que decidimos mudarnos a un lugar más tranquilo, por tal motivo, el 27 de abril de 1961 nos fuimos a vivir a Guasasa, y aquí nos quedamos hasta hoy”, dice mientras abraza a su esposa, quien se estremece al recordar esos días que la marcaron.

 

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LA CABRA SIEMPRE TIRA PA´L MONTE

 

Pero nacido en una finca y de alma aventurera, incluso con una familia formada, Julio no se quedaba quieto. No estaba en él.

 

“Desde que llegamos nos gustó la tranquilidad del poblado y sus pobladores. Aquí yo trabajaba administrando camiones y otros medios de transporte, pero como la cabra siempre tira para el monte, también pesqué mucho, fui carbonero, sembré la tierra…

 

“Fidel nos había dicho que el cenaguero tenía que aprender de todo y yo me precio de saber hacer carbón, cultivar la tierra como el que más o hasta coger un ponche”, cuenta y asegura que así se empezó a dar a conocer, primero en Guasasa y luego en todo el municipio.

 

“Aunque en esos tiempos el trabajo era muy duro, fue una época muy feliz. Fue en esa época cuando llegó por primera vez un médico a Guasasa, en un carrito con aparatos para hacer placas y enseñar si teníamos tumores u otros bultos. Ahí fue cuando a mi vecino le vieron aquella sombra en los pulmones que lo mataría muchos años después, aunque en aquel entonces nadie se lo creía”, recuerda Julio al pensar en lo poco que se sabía tiempo atrás.

 

“Mi trabajo aquí yo me lo tomé muy en serio, pues si estaba administrando los bienes del pueblo no solo era hacerlos trabajar, sino usarlos cuando había alguna emergencia, o tenía que salir corriendo con algún enfermo. Tengo la satisfacción de haber logrado que se salvaran casi todos los que saqué, pero hubo algunos casos, como infartos y cosas más complejas con las que no pudimos hacer nada”, dice con pesar.

 

“Desde siempre hemos estado muy aislados y eso dificultaba la atención médica, hasta que se decidió dejar a un doctor aquí que atendiera a todos los pacientes”, recuerda mirando el consultorio que se alza en el pueblo.

 

ENVEJECIENDO ENTRE MONTE Y MAR

 

Entonces Castillo calla y se sumerge en sus recuerdos, esos de todos los cambios que vinieron en esos años y que para él, como para muchos, fue como cambiar de planeta. Solo después de un rato, sigue.

 

“Fue mucho el tiempo que estuve trabajando, pero al jubilarme me dediqué a trabajar la tierra. Primero estuve trabajando en un pinar viejo que logré hacer que produjera como el mejor, y luego estuve en un organopónico donde cultivaba verduras diversas que vendía a la población. Esto fue durante unos 5 años donde puedo decir que casi todos comían lo que yo cultivaba”, dice orgulloso.

 

“Hoy ya no tengo las mismas fuerzas que antes pero todavía cultivo ajo y cebolla en el patio de mi casa, así como calabaza, y no son chiquitas, no, he cultivado de 51 kilos la más grande, aunque la media está sobre los 33 kilos”, explica mientras muestra un recorte de periódico que habla de su logro.

 

Pero junto a la tierra sus otras grandes aficiones son su familia y el mar.

 

“Otra cosa que hago mucho es dar largas caminatas por la playa y sentarme a conversar, o ver a mis nietos pescar con los cordeles que lesregalé y las técnicas que les enseñé cuando eran más pequeños.

 

“Pero sin duda mi satisfacción más grande es cuando mis hijos y nietos vienen a visitarme, o yo voy a verlos, pues, aunque tuve una familia muy grande, está regada por todo el país, parece que heredaron mi gusto por viajar”, cuenta mientras enumera el destino de su descendencia.

 

“Pero, aunque pareciera que estoy aquí solo, siempre pasa alguno por aquí, o me mandan fotos de los máspequeños y me los traen para consentirlos y enseñarles este pueblo perdido entre el mar y el monte”, termina Castillo.

 

Al terminar nos dice, jocoso y jaranero: “Mira a ver, cuando vuelvas a venir pregunta en la Ciénaga por los Castillitos, y te aseguro que si no encuentras al menos a uno cerca, te equivocaste de municipio”.

 

 

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