Jueves, 21 de septiembre de 2017

Ciénaga de Zapata: De la pasión y otras historias marinas

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De la pasión y otras historias marinas.

Muchas veces las pasiones son las encargadas de tensar los tendones de la vida. Entre las tantas que existen, unas son más arriesgadas que otras. Eso sí, todos tenemos una. Hay quienes aman los libros, otros el trabajo, algunos no pueden vivir sin sus amigos; los hay devotos a la religión, y más de uno pierde el sueño por el dinero. La pasión es el móvil del alma. Lo mismo la ilumina que la apaga. Y en ciertos casos hasta se convierte en una obsesión.

 

La pesca es una de las actividades económicas más tempranas de muchos pueblos alrededor del mundo, pero en la Ciénaga de Zapata se ha convertido en mucho más. Javier Guilló García, cenagero por excelencia, conversa y nos cuenta vivencias de cómo una vara de pescar, un barco o un simple bote, y la aventura en alta mar le apasionan sobremanera.

 

“Elegí el mar porque fue lo que siempre vi. Desde pequeño observaba a mi padre y a mi abuelo. Yo simplemente continué con la tradición familiar”, así recuerda Javier sus comienzos prematuros en el arte de pescar.

 

Cuenta que la Escuela de Pesca de La Habana fue fundamental en su formación como navegante, porque pescar ya sabía, “cómo sacar un pescado, trabajarlo o “fajarme con él”, eso ya lo dominaba. En la escuela aprendí la teoría, pero sobre todo cómo “mecanear” y otros detalles imprescindibles en el manejo de los barcos”.

 

Los conocimientos adquiridos en la academia le valieron para convertirse en capitán de barco, surcando las aguas del sur de la Isla durante 21 años, los cuales, según él, fueron los mejores de su existencia, pues vivió sucesos que lo marcaron para siempre.

 

Tenía que trabajar 20 días en el barco y descansaba 10, pero el entusiasmo era tan grande que aprovechaba esos momentos libres para buscar su bote y emprender una nueva travesía, y así saciar lo que hasta él mismo considera como un fanatismo o vicio que no podrá dejar jamás.

 

La época en el barco resulta esencial para Javier y lo marcó como persona: “Era mi vida, fue lo que hice siempre, lo que estudié. Definitivamente era todo para mí.”

 

Mientras habla se le quiebra la voz y la mirada se le empaña. “Emocionarme es fácil cuando hablo del tema. Todavía vienen a mi casa a buscarme, lo que por malas jugadas del destino me tuve que retirar de la empresa pesquera antes de tiempo e, increíblemente, ya son cuatro los años que llevo fuera de ese mundo”.

 

No cabe duda de la euforia que siente Javier al hablar de los trajines del mar; para crear cierta controversia le preguntamos dónde viven los mejores pescadores, ¿en Playa Larga o Girón?, a lo que respondió de inmediato:

 

“En Girón hay mejores pescadores que en Playa Larga. Aquí el mar es más bravo. Playa Larga es más tranquila por su condición de bahía, como si estuvieras pescando dentro de un pozo, el mar no se mueve. En Girón no, tú tienes que salir por el rompiente, donde las olas alcanzan dos metros de altura. Esa es una zona bien complicada, por ahí se vuelcan los botes. Allá en cambio el agua es muy serena”.

 

“Cuando en la zona occidental se comenzó a pescar ya aquí había experiencia de años. Allá no picaba la aguja ni nada. En las condiciones que pescan en Playa Larga nosotros cogemos el triple de pescado, porque llevamos mucho tiempo en el mar. Tiempo que nos ha permitido velar la corriente, para dónde se dirigen los cardúmenes, y todo tipo de elementos imprescindibles para conocer las aguas del lugar”.

 

Asimismo, explica la importancia que tiene para cualquier pescador conocer la zona en la que desempeña su trabajo: “Cuando tú conoces el lugar donde pescas, por dónde se mueven los peces, todo resulta más fácil. Nosotros nos guiamos por los meses. En las lunas hay movimiento de pescado, como ahora que estamos en una de las mejores lunas del año. En los meses de mayo, junio, julio y agosto hay abundancia de peces como el pargo, la cubera y la cubereta”.

 

Posteriormente habla del porqué de su apego al gran azul y es que Javier es enemigo del facilismo, pues además de pescar a más de 250 o 300 metros de la costa, le gusta sentir la adrenalina del peligro, mientras más riesgos, mayor es el reto que se convierte en placer.

 

“Yo pesqué en el lugar más malo de toda la costa. En Puntalón se encuentran todas las corrientes y casi siempre en contra del viento. Es un golfo abierto y el cayo más cerca nos queda a dos horas”.

 

Pero el peligro siempre acecha al pescador. “No puedo negar que he tenido sustos. Cuando yo andaba en barco éramos cinco hombres y mucha la responsabilidad, porque tenía en mis manos la vida de cuatro personas que dependían de las decisiones que yo tomara”.

 

“El año pasado un amigo mío me acompañó y nos chocó una fuerte ola que viró el bote y se llenó de agua, yo me caí junto con los avíos. Por suerte había gente cerca y nos auxiliaron rápido.”

 

MEMORIAS

 

Según Javier, el mal tiempo nunca fue un inconveniente para él o su equipo, cuando se desempeñaba como patrón de barco. Nada impedía su labor, ni la lluvia, ni los vientos fuertes o los truenos. Recuerda que muchas veces, al mal tiempo de le sumaba algún desperfecto de la embarcación para agravar la cosa. Mas ninguno de esos obstáculos les impedía extraer peces.

 

A pesar de las dos décadas que llevaba en alta mar, en Javier no se reflejan ni el maltrato del tiempo bajo el sol, ni las interminables noches de acción en busca de peces que se aferran a sus anzuelos, por lo que él mismo agrega: “Mucha gente me dice que cómo es posible que yo haya pescado tanto. Y en realidad, lo único que yo he hecho en mi vida ha sido pescar…pescar”.

 

Un dato curioso acerca de este experimentado pescador es que no consume de pescado. Lo achaca a la picúa, su plato marino preferido, posee un alto nivel de toxicidad que ya le ha hecho pasar varios sustos.

 

“Me he intoxicado varias veces con picúa, pargo, jurel y también con arigua. Esta última me intoxicó en una actividad, en la mesa descansaba dos ariguas asadas y todo el mundo terminó “ciguato”. No me quiero ni acodar de esos días”, agrega, quien posteriormente cuenta algunas anécdotas de las mejores pescas que ha hecho y como se enfrenta al pez en la fatigosa lucha donde la paciencia resulta ser el arma más eficaz.

 

LA FOTO

 

“Corría el año 2000, recuerdo que salimos a pescar, y en cuatro horas sacamos un solo pescado, pero no era uno cualquiera, ¡un castero de 178 libras! Esos peces son muy difíciles de capturar debido a su velocidad y grandes saltos, muchas veces en dirección a la embarcación”, apunta.

 

“En el caso nuestro el pez después de saltar, comenzó a nadar en picada a unos 400 o 500 metros de profundidad y al ir tan recto la cola se enredó con el nailon, el animal quedó inmovilizado y murió. Tardamos mucho tiempo sacándolo debido al peso, pero ese día lo disfrutamos como nunca y cuando llegamos a la orilla todo el mundo fue a tirarse fotos con el animal. Recuerdo que yo parecía un palillo al lado de aquello. Conservo esa foto en la sala de la casa como trofeo de guerra”.

 

Peces como estos han cobrado cientos de vida a nivel mundial. Una experiencia similar le ocurrió a Javier: “Cierta vez pescaba con un amigo que no era muy ducho en estos jelengues, da la casualidad que capturamos una aguja y saltó hacia el bote. Faltaron unos cinco centímetros para que lo traspasara.”

 

 

El mar no es para cualquiera y se requiere de mucho valor para  abandonar el calor del hogar y sumirse en la soledad de sus aguas por un largo periodo de tiempo, pero más difícil aún es enfrentarse a criaturas tan peligrosas como el ya mencionado castero o un tiburón, el cual no es tan peligroso como lo pintan en las películas, o por lo menos eso opina Javier.

 

“He cogido tiburones y no hay nada que temer. Le das dos palos en la cabeza y se está tranquilo. Para mí un santanica es más agresiva que un tiburón”, comenta entre risas.

 

Desde hace más de cuatro años Javier no navega en su antiguo barco de ferrocemento. Pero sí cuenta con complicidad de su bote “El Ciclón”, para así satisfacer su adicción a las truculentas aguas de Girón y en lo que va de año ya ha capturado ocho agujas y decenas de peces sin importar la distancia de la costa o la condición climática, pues el propio Javier cita el famoso refrán que siempre le guía: “Río revuelto, suerte del pescador”.

 

“Además, cuando el tiempo está tranquilo el mar está lleno de pescadores, por esa causa prefiero el mal tiempo, tengo el mar para mí solo”.

 

Javier ha demostrado que las pasiones verdaderas logran vencer cualquier obstáculo, incluso aprenden a vivir con el peligro.

 

“Amo al mar, pero nunca me confío. Lo conozco, lo observo, lo domino, no le tengo miedo pero siempre lo he respetado. Todo lo que introduzcan en el mar es más chiquito que él y cuando él decida lo toma y lo devora sin compasión”. (Por Daniela Fabré, estudiante de periodismo y Arnaldo Mirabal)

 

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