Miércoles, 28 de junio de 2017

Celia era mucha Celia

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Celia Sánchez en los días de la zafra del 70. Foto: Archivo

 

Su nombre ocupa un lugar privilegiado en la historia de la nación, conquistado a golpe de entrega y sacrificios. Trasciende como un mito, una leyenda, una de las figuras imprescindibles de nuestro pretérito glorioso; tanto es así que resulta difícil imaginarla como un ser de carne y hueso.

 

De temperamento siempre inquieto y dotada de gran sentido del humor, Celia no dejaba de sorprender a quienes le rodeaban por la singularidad de sus bromas, como aquella de esconder los zapatos a un primo del padre con tal ingenio que vino a encontrarlos un año después, o de cerrar la llave de paso de la casa de un vecino, cuando este ya se había enjabonado; o de recoger bibijaguas y echarlas en los predios de algún quisquilloso.

 

En la escuela Celia también dio muestras de su personalísima chispa. Al comenzar el cuarto grado fue matriculada en la escuela pública número 4 de Media Luna, institución en la que tuvo como maestra a Adolfina Cossío (Cucha), amiga de la familia y con quien tuvo un vínculo especial.

 

Cuenta en uno de sus textos Adelaida Béquer, quien conoció personalmente a Celia, que en una ocasión la joven profesora, molesta con sus alumnos por el desinterés demostrado y con la intención de sensibilizarlos les dijo: «lo que deben hacer es no venir más a clases, si total, no estudian».

 

Esto sucedió un viernes, después de pronunciar esas palabras Cucha quedó muy preocupada por la posible reacción de los niños y visitó el sábado a Celia. Allí supo que ella había ido de casa en casa a recordarle a sus compañeros no asistir el lunes a la escuela, pero la niña apenada, al ver desecha a su maestra en lágrimas, retornó de nuevo a cada hogar y modificó su «orientación». Ese lunes no faltó ningún niño a clase.
 

 

SENSIBLE PERO DE CARÁCTER FUERTE

 

Varias fueron las características especiales de su personalidad pero, sin dudas, la sensibilidad y el amor sin límites hacia los demás, y en especial por los niños, destacaron entre todas.

 

En 1940 la familia se muda a Pilón, un pueblo en el que la pobreza se había estacionado. Al encontrarse con esa realidad, Celia se identificó con el dolor de quienes habitaban allí, y lo primero que hizo fue un censo de los pequeños pobres del Batey y las colonias, con el fin de asegurarles, como mínimo, un juguete el Día de Reyes (6 de enero), o un par de zapatos, un pantalón, o una batica que aliviara un poco su miseria y les regalara un momento de alegría. Para ello hablaba con la gente pudiente del lugar y los convencía hasta lograr, muchas veces, que le dieran una vaca, un lechón o dinero.

 

Su apego por los infantes también lo demostró en aquellas incontables ocasiones en las que se le veía en su cuña descapotable repleta de niños harapientos y descalzos, a los cuales les regalaba paseos inolvidables. Para ellos Celia era un ser especial, a quien bautizaron como su «madrina».

 

Es innegable la profunda influencia que tuvo el padre de Celia en la formación de su espíritu rebelde y revolucionario. Al innato patriotismo del ilustre doctor Sánchez, devoto de la verdad histórica, debió la joven sus primeros acercamientos a la obra martiana, a la justicia social, a Fidel y a la lucha insurreccional.

 

En Pilón la casa del galeno pronto se convirtió en una de las más concurridas del pueblo. A esta acudían los menesterosos, desamparados, retrasados en busca de atención médica y refugio. El contacto con esas realidades y su extraordinaria sensibilidad humana, la hicieron asumir la necesidad de transformar aquella situación.

 

Claro, como todo ser humano, Celia no estuvo exenta de lunares, aunque sus cualidades fueron tantas, que apenas los dejaron ver. De ellos, creo que el que más lamentara luego, fue aquel relacionado con la distorsión de su caligrafía, el cual cobró especial importancia en el curso de su vida.

 

Resulta que tras uno de los exámenes del Instituto, el profesor pidió a Celia y a su prima Ana pasar por la oficina a leerle las respectivas pruebas, pues a él le había resultado imposible entender la escritura; las muchachas avergonzadas no volvieron al plantel. Unos días después, por insistencia del maestro, Ana retornó y leyó su examen, pero Celia no accedió.

 

Cuando decía no, era no; y el pronunciado aquella vez, frente a su hermana Silvia, la cual sirvió de mediadora, fue rotundo: «Uno de los dos está mal: o él como profesor que no sabe leer; o yo para bachiller, pues no sé escribir. Así que no lo voy a leer».

 

Ciertamente Celia no volvió vestir el uniforme del Instituto. A partir de aquel incidente comenzó a escribir con letra de molde. Años más tarde, cerca del final de su fértil vida, la Celia adulta se empeñó en reparar aquella actitud de su adolescencia, y emprendió de nuevo el estudio, en su afán de ser más útil.

 

INGENIO A PRUEBA DE BALAS

 

En uno de sus días como combatiente en la clandestinidad en Manzanillo, al conocer del casamiento de una joven de Pilón, muy amiga, le hizo de regalo un precioso cake rosado. En el fondo de aquel pastel venían propaganda revolucionaria e instrucciones para la célula de esa localidad.

 

Su ingenio también lo puso de manifiesto en momentos de reunir recursos para la lucha. Tanto es así que el aporte financiero de Celia al movimiento revolucionario fue decisivo. Cuando se trataba de la Revolución no tenía límites, y en cierta ocasión que no había dinero para resolver un problema, tomó la decisión de vender su moño de pelo, por el cual le daban 25 pesos, para recaudar fondos. Su cabello en aquel entonces era largo y una de las cosas más bellas de su físico.

 

Así era esta mujer que tras cumplir riesgosas misiones como combatiente clandestina y organizar la red humana para proteger a los expedicionarios del yate Granma, rápidamente conquistó el respeto de todos sus compañeros de lucha, y en especial del líder de la Revolución Fidel Castro, a quien siempre acompañó como su mano derecha.

 

Trascendió también como guardiana de las memorias patrias.  Aun en medio de la guerra procuró que no se perdiera ningún papel, mensaje, o comunicado de aquella gesta, para que más tarde los investigadores pudieran escribir la historia de la lucha insurreccional con toda objetividad, documentos que con gran celo fueron protegidos por ella hasta la creación de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado, lugar que conserva ese tesoro valioso y guarda el sello particular de Celia.
 

FIEL A SUS ESENCIAS

 

Tras el triunfo de la Revolución, Celia siguió fiel a sus esencias y empleó el poder ganado por sus méritos en hacer el bien al pueblo. No hubo proyecto, problema o inquietud de los trabajadores que le fuera indiferente. A todos los recibía sin ningún tipo de etiqueta. El viejo campesino Román García, colaborador del Ejército Rebelde, así lo corroboró luego de un emotivo encuentro con ella.

 

«Un día llegaron los compañeros del Partido del municipio de Bartolomé Masó con la buena nueva de que teníamos que irnos para La Habana a una sorpresa que le habían preparado a los colaboradores del Ejército Rebelde.

 

«Esas son cosas de la flaca, me dije. Así mismitico fue. El día de la condecoración Celia se apareció primero que todo el mundo y fue uno por uno arreglándonos el cuello de la camisa o de la guayabera, peinando con sus dedos las cabelleras y secándonos el sudor».

 

Su compromiso no opacó el proverbial sentido del humor y la modestia que la caracterizaron. En un viaje de trabajo fuera de la capital dijo al montar en el carro a sus compañeros de viaje: «Aquí llevo el almuerzo para no causar gastos a la provincia».

 

Y mostró un cartucho de palitroques. «Y, además, les traigo hasta el postre», agregó sacando otro cartucho con mamoncillos. Al mediodía, cuando sus acompañantes hacía rato se esforzaban por disimular el hambre, repartió dos palitroques y un mamoncillo por cabeza, y todos se sometieron a la dieta sin protestar.

 

En esos días también trasciende como la fémina de buen gusto que participa en el diseño y ambientación de obras construidas por la Revolución, como el Parque Lenin y el Palacio de las Convenciones, y la cubana incansable y determinada que no dejó de trabajar, ni siquiera cuando su cuerpo le anunciaba, con reiteradas señas, que la hora final se acercaba.

 

Por eso no es casual que el 11 de enero de 1980 todo un pueblo llorara a esa mujer única, a la que la muerte nos arrebató demasiado pronto, pero que renace a diario en cada logro de esta nación, que se apoderó de sus mayores desvelos hasta el último aliento. La historia sigue aquilatando a esa figura que supo cumplir al máximo la obra de la vida.  (Tomado de Granma)

 

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