Martes, 17 de julio de 2018

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Valle del Yumurí: Entre la veneración y el mito

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Valle del Yumurí

Por Ventura de Jesús/Granma

 

El Valle del Yumurí es un sitio venerado y no exento de mitos. Junto a las Cuevas de Bellamar, la bahía y la Loma del Pan, figura como uno de los cuatro accidentes naturales que identifican al territorio. Un paraje que es más o menos así desde hace siglos. El mismo lugar de siempre a pesar del paso del tiempo.

 

Cuenta la leyenda prehispánica que una reina aborigen cayó desde una de las colinas de la quebrada hacia el fondo y en su descenso gritó Yu…murí. Una manera de imitar el castellano (Yo muero) y dejarles claro a los conquistadores el porqué del siniestro fallo.

 

De tal suerte, aquel lamento emitido por la nativa parece haber inmortalizado este paisaje natural con el nombre de Valle del Yumurí, un lugar rebosado de belleza y que ha llamado la atención de poetas, escritores, pintores, músicos y arqueólogos.

 

Según la historia local, existen otras fábulas acerca del origen del término «yumurí», todas vinculadas a la presencia de los aborígenes en la zona y su relación forzada con los colonizadores españoles.

 

Valle del Yumurí

 

Otras de las versiones más socorridas, inspiradas en el imaginario popular y recogidas en Narraciones Matanceras, del escritor Américo Alvarado Sicilia, evoca la leyenda de amor en la cual una joven aborigen, al enamorarse de otro nativo, de nombre Yumurí, tuvo un trágico final en el intento por entregarse a la pasión de su vida.

 

Ninguna de esas leyendas tiene fundamento real en la mitología prehispánica, razona Ercilio Vento Canosa, historiador de la Ciudad de Matanzas. Dice que lo más lógico es atenerse a la lexicografía antillana, en la cual la palabra «yu» significa blanco, mientras la terminación «ari», quiere decir río, corriente.

 

La traducción sería algo así como río blanco, quizá la imagen percibida más cercana a ese espacio en la antigüedad.

 

Más allá de la génesis del nombre, el Valle del Yumurí es un hermoso paisaje natural, la primera visión de la ciudad de Matanzas de quienes arriban a la urbe por la zona norte, un sitio donde prevalece la palma real y se alternan varios tipos de árboles y vegetación.

 

Yendo hacia la ciudad o cuando se emprende la retirada, desde cualquiera de sus lindes, pueden contemplarse sus atributos. De forma muy particular, es hermoso el paisaje del Abra del Yumurí, donde la montaña partida en dos, como describe el poeta, deja su espacio al cauce de uno de los ríos que nace en el Pan de Matanzas y surca la villa.

 

El Abra del Yumurí

El Abra del Yumurí, donde la montaña se abre en dos. Foto: Abel López Montes de Oca

 

En el viaje por carretera, el singular panorama se aprecia a lo lejos, pero el atractivo es mayor si es a través de la llanura La Habana-Matanzas, valiéndose del tren eléctrico de Hershey, una genuina reliquia que durante más de un siglo ha servido para cubrir la mencionada ruta en aproximadamente tres horas.

 

Lamentablemente, este «museo» rodante afronta no pocos problemas en los últimos tiempos y hace ya bastante rato que no vence su itinerario hasta Matanzas.

 

Otras de las vistas privilegiadas se disfrutan desde la llamada Loma del Estero, y sobre todo desde el mirador del Puente de Bacunayagua, una visión  favorecida por la altura de ese punto geográfico, que sirve de pasarela para enlazar a la capital del país con Matanzas.

 

Las tierras de la hondonada fueron cultivadas en diversas épocas, aprovechando los suelos grises-oscuros y negros, fértiles para la producción agrícola, aunque según Jesús Legón Borrero, labriego nacido y criado en terrenos de la importante depresión, cada vez es mayor la deforestación, el área ocupada por el marabú y la presencia de asentamientos ilegales.

 

Según reportes locales, desde mediados del siglo anterior existe el propósito de crear el bosque de la ciudad en dicho espacio, lo que, entre otros beneficios, permitiría el aprovechamiento del río Yumurí. Una aspiración aplazada y que limita el disfrute más pleno de esta maravilla de la naturaleza.

 

Apenas trasponer las tierras del territorio de Mayabeque, justo antes de poner un pie en la ciudad de Matanzas, en lo más alto del lindero norte, está situada la casa de Nereida de la Rosa, residente en el lugar desde hace más de 40 años y a quienes todos conocen por Yaya.

 

Dice que el valle es una opción ideal para senderistas, por su atractivo paisaje rural y porque la gente de la zona es muy servicial. Reconoce que no es poco el asombro de quienes contemplan el apacible lugar por primera vez.

 

«Las personas se paran en este borde y al ver el paisaje exclaman: ¡ay, pero qué cosa más linda!».

 

OTROS DATOS

 

- Constituye un conjunto paisajístico bordeado por una cordillera de montaña de 150 metros de alto.

- Abarca una extensión campestre cercana a las 8 000 hectáreas, serpenteada por un hilo de agua que corre a entregarse a la cercana bahía que da nombre a la urbe.

- Resulta una comarca de altos valores florístico y endémico, cultural e histórico.

- En épocas diversas operaron en la demarcación dos figuras que lucharon contra el poder de España, el coronel del ejército Libertador Manuel García,  y el cimarrón José Dolores, figura que a lo largo de su vida resultó incapturable para los españoles.

- Según Ercilio Vento Canosa, uno de los principales valores de la quebrada es la historia geológica que ofrece a especialistas y estudiosos interesados en esta materia, y el hecho de conservar la especie vegetal endémica Melocactus matanzanus. Asegura que el valle formó parte de la rada matancera y está integrado por sedimentos marinos y plantas de una antigüedad estimada en millones de años.

- Agrega Vento Canosa que el río Yumurí es el único con categoría de «antecedente», pues existe desde antes de formarse el Valle, cuya antigüedad, en su piso, data del periodo Cretácico. Luego de las fluctuaciones glaciales del Cuaternario, hasta el Óptimo Climático Postglacial, cuando aparece el clima actual, el Valle fue una bahía de bolsa, y luego parte de tierras secas y áridas, con dunas y ríos que no llegaban al mar.

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