Domingo, 17 de junio de 2018

Los tres días que jamás olvidará Nora Martín

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Los tres días que jamás olvidará Nora Martín

 

Tres días a veces son suficientes para marcar o destruir toda una vida. Incluso unas pocas horas llegan a ser tan fatídicas para una persona que ni el tiempo o la distancia, paliativos naturales, llegan a sanar lo sucedido en ese brevísimo lapso.

 

Tantos años después todavía la invasión a Girón constituye un amarguísimo recuerdo para quienes la resistieron, pues la huella de sus desastres se observa tanto en las listas de los caídos, como en el rostro de los sobrevivientes al hablar de aquellos hechos, quienes, a pesar de la victoria, tuvieron pérdidas imposibles de recuperar, como le sucedió a Nora Martín Angulo.

 

Luego de bastante insistencia nos dio su relato, pues confiesa que pocas veces habla del tema. Según dice, no tiene nada que contar, aunque sabemos que en realidad miente y trata de evitar el molesto acercamiento a una historia que le lacera el alma y le humedece los ojos cuando aún, desde la distancia temporal, comienza a pensar en ella.

 

Pero ya es demasiado tarde. Ha comenzado a hablar.

 

INICIO DE UNA TRAGEDIA INESPERADA

 

“Aunque soy de Jagüey Grande, por aquellos días estaba de visita en la Ciénaga de Zapata luego del fallecimiento de un primito mío que vivía por allá. Allí también estaba con mi papá, mis tíos y mi hermanita de 14 años. Imagínate, yo era la mayor de los hermanos y recién cumplía 16.

 

“De pronto sentimos un estruendo altísimo que nos asustó enseguida. Nunca antes había escuchado cosa semejante y mucho menos me imaginé en ese momento que fuera una invasión o algo por el estilo. Solo los mayores, cuando vieron lo que era, se pusieron rápido en movimiento y buscaron un transporte para llevarse a los niños”.

 

Después de estos primeros momentos de particular incertidumbre, Nora subió a un camión que normalmente trasladaba caña por los alrededores de la zona y justo cuando pasaba el entronque entre Caletón y Playa Larga todo se convirtió en una sucesión de hechos bastante abrupta. En cuestión de segundos pasaron ante sus ojos las escenas más violentas y desgarradoras que jamás vería, imágenes que sin dudas la atormentarían siempre y que sucedieron instantes más tarde de que el vehículo donde viajaba fuera incendiado tras el impacto de una ráfaga calibre 50 que portaban los paracaidistas atrincherados allí.

 

“Cuando recobré el conocimiento lo primero que vi fue una sombra que salía de la parte delantera del camión y supuse que era el chofer, quien ahora corría en llamas como un loco. Luego, cuando de verdad volví en mí, miré hacia la izquierda y me fijé en mis tíos que venían en el camión sentados uno al lado del otro y ahora estaban tirados en el suelo, ya muertos; después agaché un poco la cabeza y fue terrible. Encontré que mi hermanita agonizaba sobre mí y aunque hice todo lo que pude en aquel momento, pocos minutos después murió también”.

 

Tras terminar de decir la última frase la entrevistada continúa hablando de forma natural, solo que disminuye de súbito el volumen de su voz hasta un punto que resulta inaudible y en lo adelante, pronuncia un grupo de palabras ininteligibles que parecen relacionadas con la historia, pero que solo ella comprende.

 

Sin embargo, se recupera automáticamente y prosigue su relato con claridad. - “Cuando me levanto del suelo me quedo paralizada en el lugar ante el nerviosismo que sentía por el bombardeo y de pronto siento a un muchacho que estaba tendido en la tierra y me gritaba: ‘Señorita, agáchese que la van a matar’. Él incluso me halaba por el pie para hacerme caer, pero yo no le hice caso y de un tirón me puse a correr, cogí un palo y le fui para arriba a los mercenarios”.

 

Solo una incontrolable furia como la que sentía en ese momento justificó tal actitud, que si bien irracional, fue la única manera a su alcance para descargar toda la rabia con los que le habían asesinado a parte de su familia. De todas formas, no es difícil suponer que transcurrió un brevísimo lapso hasta que fue capturada y hecha prisionera.

 

“Eso fue horrible, eran cubanos pagados por Estados Unidos. Tú sabes lo que es venir a matar a su propia madre por unos pesos que para colmo no recibieron, pues yo oía las conversaciones entre ellos y se decían: ‘Mira, quedaron en mandarnos tanto y todavía no tenemos nada. Además, iban a enviarnos armas y nos han embarcado, vamos a ver hasta cuándo es esto’. Yo escuché todo eso.

 

“Lo primero que hicieron cuando me llevaron a su campamento fue ofrecerme 10 dólares -detiene el relato y sonríe irónicamente- ¿Tú sabes lo que es eso? Yo solo me quedé en silencio, mirando fijo a quien me ofrecía el dinero, hasta que añadió que él se compadecía por lo sucedido y que eso no iba a pagar ninguno de mis daños, pero ellos ya habían tomado Jagüey Grande y el Central Australia y me tendrían en cuenta una vez que vencieran en el ataque”.

 

Nora dice no recordar las insolencias que gritó ante tal ofrecimiento, quizás por pudor en el momento de la entrevista, aunque suponemos que debieron ser implacables, pues había llegado bastante irritada por lo sufrido hasta ese instante y la desfachatez de esa propuesta solo vino a desencadenar una crisis nerviosa que la atormentaría durante unas cuantas horas: “Me puse insoportable”- explica ella.

 

“Imagínate que esos 10 dólares también fueron a dárselos a Pablo que había perdido a su mujer en el ataque. Él estaba sentado junto a sus dos niñas, la más chiquita encima de sus muslos y la mayor parada a su lado. Por supuesto que rechazó totalmente aquello, pero se lo fueron a dar a la niña y la muchachita respondió: ‘No señor, yo no quiero dinero, lo único que quiero es ver a mi mamá’. Pablo trató hasta el último momento de que sus hijas no vieran nada y por eso había enterrado a su esposa en la arena”.

 

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LA SORDIEDEZ DE UNOS POCOS DÍAS

 

En solo dos jornadas que pasó en el campamento, esta mujer vivió la crueldad que se puede derivar de toda una guerra mucho más extensa: allí vio a hombres palidecer del dolor mientras los devoraba la hemorragia y no eran socorridos, se encontró pedazos de seres humanos dispersos en el suelo y allí fijó uno de los recuerdos que más la impresiona aún en la actualidad, cuando observó a un poblador de la zona traspasado por una cerca de púas que, al parecer, quería cruzar momentos antes de morir.

 

“Al tercer día el centinela dio la voz de alarma y le comunica a su superior: ‘Jefe, lo que viene por ahí no es carne, son una pila de verde olivos’, me acuerdo de esas palabras como si las hubiesen dicho ahora mismo. Cuando ambos escalaron a un punto de mayor visibilidad y vieron lo que les venía para arriba, bajaron desplomados. Entonces nos dijeron que nos iban a sacar de aquel lugar porque el comunista de Fidel Castro era un hijo de… que pensaba bombardear todo aquello y no le importaba matarnos.

 

“Desde luego que para salir de allí había que atravesar la misma carretera donde había quedado tendida mi familia después del ataque. Imagínate cómo estarían esos seres luego de haber pasado el sol y el sereno de los días anteriores; pero cuando los vi, enseguida fui hacia donde estaban y cuando me detuve para agacharme, me golpearon en la cabeza con la culata del fusil, diciéndome que siguiera y que lo sentían, pero estaban en guerra”.

 

Por el camino, los mercenarios también le comenzaron a indicar que cuando llegaran las milicias dijera que ellos habían venido engañados, que eran inocentes y un grupo de elementos que Nora no entendía por su corta edad, pero sobre todo por la marcada alteración que todavía manifestaba.

 

En este momento del relato hace una pausa y permanece unos segundos pensativa mientras se le humedecen los ojos. Luego, continúa orgánicamente el testimonio a partir de la victoria definitiva de los milicianos. No realiza ningún comentario de cómo se produjo este tránsito, aunque tampoco insistimos en que nos contara, pues se notaba un tanto turbada después de rememorar tantas experiencias de un tirón. De cualquier forma, dicha elipsis se logra esclarecer con los datos que encontramos en los libros de historia a lo largo de nuestra vida académica.

 

“Yo lo único que les decía a los milicianos era que por favor recogieran a mi hermanita. Insistía muchísimo en eso. Cuando llegué a Jagüey, fíjate como yo estaba llena de sangre, que me creían herida, pero enseguida dije que no me tocaran y que yo solo necesitaba saber cómo estaba el resto de mi familia. No me tranquilicé hasta leer las listas de heridos y muertos de todos los centros de la Cruz Roja organizados en aquella zona.

 

“Otro de los momentos más felices y también tristes que viví en aquella ocasión fue cuando me reencontré con mi mamá y pudimos abrazarnos bien fuerte durante un rato. Al tiempo que me abrazaba me fue revisando y cuando vio que estaba sana me dijo: ‘Ya sé que estás bien mijita, ahora vuelve pa’ la casa’. La gente en el pueblo no sabía cómo iban a llevar a mami hasta mi hermana. Yo incluso pedí que no la llevaran, pero tenían que hacerlo”.

 

Ahora vuelve a hacer otra pausa, observa un punto impreciso y permanece en un silencio, que esta vez, parece definitivo. No quisimos importunarla más, ni tampoco remover demasiado el dolor de su vida pasada; por tanto, dimos por terminado el encuentro.

 

A pesar de la normalidad en que transcurrió la vida de Nora después de esos trágicos días de abril, se ha visto con afectaciones psicológicas que la han acompañado hasta la actualidad. Sin embargo, esto no impidió que nos abriera el alma y nos contara su experiencia

 

Después de una experiencia así, quedamos convencidos de que la mejor manera de recordar lo acontecido en la invasión es, precisamente, a través de quienes la presenciaron en carne y hueso y creemos que dignificar el testimonio de los sobrevivientes constituye una lección mucho más memorable, que la que en ocasiones encontramos en los libros de Historia. (Ayose S. García Naranjo, Lisandra Pérez Coto y Adrialis Rosario Zapata)

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