Lunes, 18 de junio de 2018

Los últimos días de Martí (+Fotos)

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Los últimos días de Martí

 

Porque existen hombres que de solo verles, logramos escrudiñar en su alma, descubrir la transparencia de sus sentimientos, y los motivos que animan los actos que acometen. De esa estirpe era Martí, el Maestro, a quien le bastaría solo 40 días bajo el cielo cubano, en trayecto eteno y definitivo, para crecer imperecedero, en el corazón de los hombres.

 

El Apóstol vivió la mayor parte de la vida en el extranjero, aunque nadie hizo más, ni sintió a Cuba con más devoción, y eso lo pudieron entrever sus cercanos y aquellos que le veían por primera vez, quienes, quizás ni entendían tan excelso lenguaje, pero quedaban prendados de su magnetismo.

 

Mas, Martí no era un erudito canijo ni mucho menos. Aunque tenía la capacidad de disertar sobre cualquier área del conocimiento, y en varios estaba adelantado, nada le complacía más que acercarse a los más humildes, quienes solo poseían el saber ancestral que se acumula con el paso de los días, muchas veces alejado de los libros.

 

Así lo reflejó en el Diario de Campaña, esa obra colosal que nos legó para la posteridad. Allí descansan motivaciones, desvelos, sus más nobles sentimientos y también las preocupaciones más íntimas.

 

En cada jornada transcurrida desde Montecristi a Cabo Haitiano, y luego desde este último punto hasta Dos Ríos, escribió cuánto veían sus ojos, y auscultaba sus sentidos. Nada le resultó ajeno.

 

Recogía cada expresión coloquial de la gente humilde; esa que le reverenciaba porque sabía de su calidad humana. Y para Martí era una fiesta cuanto encontraba a su paso. Él, que había asegurado que con los pobres de la tierra quería su suerte echar.

 

“Bon blanc!”, (buen blanco), le llaman durante el trayecto haitiano y deja constancia del cariño recibido. Luego escribe en el diario “del bien que el hombre siente cuando da con almas amigas, que el extraño de pronto le parece cosa suya, y se le queda en alma recio y hondo, como una raíz”.

 

Gran enseñanza recibe de un niño que le brinda agua de beber y no quiere monedas a cambio de tal bondad, sino un libro que quizás nunca llegue a leer, pro que iluminan “los ojos luminosos” de Auguste Etienne.

 

Días después, “Llueve grueso a arrancar. Rumbamos mal. Ideas diversas y revueltas en el bote…Salto. Dicha Grande”, desembarcan en Playita de Cajobabo. Es el nueve de abril, Martí pisaría el suelo de Cuba nuevamente.

 

El lugar se muestra accidentado, difícil el acceso, con grandes piedras que trasponer a cada paso. No obstante, el propio Gómez reconocería la fortaleza y energía del Apóstol en su diario: “Nos admiramos los viejos guerreros acostumbrados a estas rudezas, de la resistencia de Martí”, agregaría después, “Martí, al que suponíamos más débil por lo poco acostumbrado a las fatigas de estas marchas sigue fuerte y sin miedo”.

 

El Maestro no solo demuestra entereza, además decide escribir en el pequeño libro de notas cada sensación, como el niño que observa el mundo por primera vez.

 

“Rica miel, en panal. Y en todo el día, ¡qué luz, qué aire, qué lleno el pecho, qué ligero el cuerpo angustiado!”, así describe.

 

Va recogiendo nombres de árboles, de alimentos de personas que va conociendo. Siempre que puede se tiende en la hamaca, o quizás se ha recuestado a un árbol para tratar de escudriñarlo todo: los olores, las tonalidades del verde, el sonido de la Patria.

 

Ni los rigores de la guerra que se avecina, ni el cansancio de cada jornada le apartan del poeta que es. Con su trazo nervioso y ágil, escucha “la música de la selva, compuesta y suave, como de finísimos violines, la música ondea, se enlaza y desata, abre el ala y se posa, titila y eleva, siempre sutil y mínima: es la minada del son fluido: ¿qué alas rozan las hojas? ¿qué violín diminuto, y oleadas de violín, sacan son, y alma, a las hojas?¿qué danza de almas de hojas?”.

 

Cada día está más cerca de dar la vida en esa, la que el llama la guerra enérgica y magnánima. Su justeza es tal que llega a reconocer la valentía de un traidor a quien fusilarán pero no titubea, asume la sentencia “sin que se le caigan los ojos ni en la caja del cuerpo se vea miedo”.

 

Cuentan que Martí reía poco, y solo una fotografía nos lo muestra risueña, esa en la que aparece junto al hijo pequeño. Pero quién duda de que en sus últimos días, en ese camino a la eternidad que ascendería desde Dos Ríos, se le escaparía una risa tras la mirada agradecida a esos hombres con harapos que tanto le aman. Al menos así lo sintió él, y así nos los hizo saber en su diario.

 

“Me sorprende aquí, como en todas partes, el cariño que se me muestra, y la unidad de alma… El espíritu que sembré, es el que ha cundido, y el de la Isla, y con él, y guía conforme a él, triunfaríamos brevemente, y con mejor victoria y para paz mejor”. Días después, renacería para siempre.

 

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Playita de Cajobabo queda en Imías, municipio de la oriental provincia de Guantánamo

 

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En el Consejo Popular Cajobabo habitan 1400 personas distribuida en cinco departamentos

 

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La belleza del lugar impresiona, y los grandes pedruscos asemejan islotes

 

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En el lugar queda ubicado el Monumento de Playita de Cajobabo, lugar donde desembracaron Martí y Gómez el 11 de abril de 1895 junto a otros expedicionarios

 

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El desembarco de los insignes patriotas ocurrió de noche, bajo una tenaz llovizna, relataría Martí en su Diario de Campaña

 

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Para llegar a la orilla devieron sortear varios pedruscos que emergen del agua y que pudieron perforar la madera del rústico bote

 

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El lugar es visitado frecuentemente por jóvenes que no olvidan las enseñanzas del maestro

 

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