Viernes, 24 de marzo de 2017

Félix Varela: Camino luminoso hacia la libertad y la virtud

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Félix Varela: Camino luminoso hacia la libertad y la virtud

El 25 de febrero de 1853 el rostro de la Patria se estremeció de dolor. Lejos, en San Agustín de la Florida, expiraba uno de sus hijos más amados. Tal vez para quienes lo condenaron al exilio o intentaron detener su impulso de liberar el pensamiento, la pobreza que custodió sus últimos segundos era símbolo de fracaso. Sin embargo, Félix Varela y Morales, sabía que más allá de los signos exteriores, de los sacrificios que impone este mundo a quienes defienden la humanidad, se abría un sendero hacia la perpetuidad.

 

Como expresara el doctor Eduardo Torres Cuevas, Varela tenía la certeza de que al final de sus días “lo recordaban en Cuba como al gran reformador de hombres y de ideas; como el que enseñó amor, igualdad y humildad; como el que abrió el camino de las ciencias y de las conciencias”.

 

En su lucha contra la escolástica, contra la esclavitud que sometía no solo el cuerpo, sino también la mente, se revela el sentir de un pensador que más allá de asegurarse un puesto dentro de la élite intelectual, encontraba su lugar en medio del pueblo, escuchando sus palabras, aprendiendo de sus voces y del saber social; lo cual le permitiría afirmar que “los pueblos no se corrigen con arengas sino con prácticas virtuosas”.

 

¡Cuánto nos legó su visión del periodismo que tuvo por escudo la ética y defendió que esta Isla debía ser tan libre en lo político como en lo geográfico! Bien lo afirmó en sus palabras el doctor Eusebio Leal cuando alegó que Varela “encontró en el periodismo la realización de su carácter, pero, ante todo, fue un revolucionario, un precursor del sentimiento nacional y un defensor de la idea de que, por su propio esfuerzo, nuestro pueblo debía lograr su soberanía plena.”

 

Según el médico y periodista Jesús Dueñas Becerra, Varela y Morales comprendió que el profesional de la prensa comprometido con su nación debía buscar la verdad y si ello suponía atraer el odio, “he ahí, un nuevo estímulo para continuar diciéndola”. Ejercer el oficio de la palabra implicaba también “pensar en función de quienes no poseen riquezas materiales, pero sí dignidad y decoro, y el deber ineludible de unirse a ellos; valorar al hombre no por lo que tiene, sabe o sirve, sino por lo que es: una persona, cuya dignidad humana merece amor y respeto; y por último, llevar en el corazón un sueño de justicia y solidaridad”.

 

Hoy, recordar al Padre Félix Varela, es una invitación a amar la soberanía de Cuba, su identidad y el alma de sus habitantes que late desde cada rincón de la Isla sin miedo a los estigmas de la opresión. Volver sobre sus pasos, es contemplar a un hombre de fe que no se conformó con mezclar su voz entre las tonalidades de su tiempo, sino que decidió darle nuevos matices a su palabra para que animase al hombre a buscar su verdadera libertad.

 

Su humildad y desprendimiento son virtudes que prevalecen para que los periodistas y los cubanos todos no olvidemos que ser revolucionarios implica “renunciar al honor de ser aplaudidos, por la satisfacción de ser útiles a la Patria”.

 

El 25 de febrero de 1853 el rostro de la Patria se estremeció de dolor. Lejos, en San Agustín de la Florida, expiraba uno de sus hijos más amados. Tal vez para quienes lo condenaron al exilio o intentaron detener su impulso de liberar el pensamiento, la pobreza que custodió sus últimos segundos era símbolo de fracaso. Sin embargo, Félix Varela y Morales, sabía que más allá de los signos exteriores, de los sacrificios que impone este mundo a quienes defienden la humanidad, se abría un sendero hacia la perpetuidad.

 

Como expresara el doctor Eduardo Torres Cuevas,  Varela tenía la certeza de que al final de sus días “lo recordaban en Cuba como al gran reformador de hombres y de ideas; como el que enseñó amor, igualdad y humildad; como el que abrió el camino de las ciencias y de las conciencias”.

 

En su lucha contra la escolástica, contra la esclavitud que sometía no solo el cuerpo, sino también la mente, se revela el sentir de un pensador que más allá de asegurarse un puesto dentro de la élite intelectual, encontraba su lugar en medio del pueblo, escuchando sus palabras, aprendiendo de sus voces y del saber social; lo cual le permitiría afirmar que “los pueblos no se corrigen con arengas sino con prácticas virtuosas”.

 

¡Cuánto nos legó su visión del periodismo que tuvo por escudo la ética y defendió que esta Isla debía ser tan libre en lo político como en lo geográfico! Bien lo afirmó en sus palabras el doctor Eusebio Leal cuando alegó que Varela “encontró en el periodismo la realización de su carácter, pero, ante todo, fue un revolucionario, un precursor del sentimiento nacional y un defensor de la idea de que, por su propio esfuerzo, nuestro pueblo debía lograr su soberanía plena.”

 

Según el médico y periodista Jesús Dueñas Becerra, Varela y Morales comprendió que el profesional de la prensa comprometido con su nación debía buscar la verdad y si ello suponía atraer el odio, “he ahí, un nuevo estímulo para continuar diciéndola”. Ejercer el oficio de la palabra implicaba también “pensar en función de quienes no poseen riquezas materiales, pero sí dignidad y decoro, y el deber ineludible de unirse a ellos; valorar al hombre no por lo que tiene, sabe o sirve, sino por lo que es: una persona, cuya dignidad humana merece amor y respeto; y por último, llevar en el corazón un sueño de justicia y solidaridad”.

 

Hoy, recordar al Padre Félix Varela, es una invitación a amar la soberanía de Cuba, su identidad y el alma de sus habitantes que late desde cada rincón de la Isla sin miedo a los estigmas de la opresión. Volver sobre sus pasos, es contemplar a un hombre de fe que no se conformó con mezclar su voz entre las tonalidades de su tiempo, sino que decidió darle nuevos matices a su palabra para que animase al hombre a buscar su verdadera libertad.

 

Su humildad y desprendimiento son virtudes que prevalecen para que los periodistas y los cubanos todos no olvidemos que ser revolucionarios implica “renunciar al honor de ser aplaudidos, por la satisfacción de ser útiles a la Patria”. (Foto de Internet)

 

 

 

 

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