Sábado, 21 de octubre de 2017

10 de octubre de 1868: Un grito de Libertad

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Pintura de Manuel Mesa. Foto: Manuel Mesa

A media mañana, Carlos Manuel de Céspedes le dio la libertad a su medio centenar de esclavos, gesto que imitaron otros propietarios presentes. Como «ciudadanos», se dirigió a los emancipados: «ese sol que véis alzarse por la cumbre del Turquino, viene a alumbrar el primer día de libertad. Los que me quieran seguir, que me sigan: los que se quieran quedar, que se queden. Todos seguirán tan libres como los demás». La mayor parte se incorporó a la sublevación.

 

El Comandante en Jefe Fidel Castro, en la velada conmemorativa por los Cien Años de Lucha, efectuada en  el ingenio Demajagua, el 10 de octubre de 1968, refiriéndose al proceder del Padre de la Patria en 1868, expresaría: «Es incuestionable que Céspedes tuvo la clara idea de que aquel alzamiento no podía esperar demasiado ni podía arriesgarse a recorrer el largo trámite de una organización perfecta, de un ejército armado, de grandes cantidades de armas, para iniciar la lucha, porque en las condiciones de nuestro país en aquellos instantes resultaba sumamente difícil. Y Céspedes tuvo la decisión».

 

La proclamación del inicio de la lucha armada como la vía para obtener la independencia, con los recursos y fuerzas internas, sin presencia de tropas extranjeras y con el propósito de eliminar la esclavitud, constituyó en el plano estratégico, sin lugar a dudas, el aporte más significativo del pensamiento político-militar de Carlos Manuel de Céspedes.

 



Rueda del ingenio Demajagua. Foto: Pastor Valdés
 

Contaba con 49 años de edad. Según relatan algunos de sus correligionarios y allegados, poseía una vasta cultura, era licenciado en Derecho, gozaba de una recia y carismática personalidad y tenía un valor personal a toda prueba, demostrado en diferentes circunstancias antes del alzamiento.

 

En Bayamo se instituyó la forma militar de gobierno. Sobre la decisión de nombrar a Céspedes General en Jefe, José Martí expresó que, tanto Céspedes como quienes lo eligieron, pensaban «que la autoridad no debía estar dividida, pues la unidad de mando era la salvación de la revolución ya que la diversidad de jefes, en vez de acelerar, entorpecía los movimientos. Él tenía un fin rápido, la independencia».

 

Con Céspedes nació de las entrañas del pueblo un nuevo tipo de ejército en las circunstancias políticas de Cuba, una institución armada destinada a dar cumplimiento al proyecto político proclamado en Demajagua y, por tanto, la antítesis del ejército colonial español creado para defender y proteger las cuantiosas riquezas e intereses de la metrópoli y de la oligarquía peninsular y criolla, lo cual incluía la permanencia de la esclavitud.

 

Al Ejército Libertador podía integrarse cualquier ciudadano del país, independientemente de su clase social, color de la piel, y nacionalidad; solo se exigía un compromiso: combatir con las armas en la mano al colonialismo español y luchar por la total independencia de la Isla.

 

Este ejército fue la naciente institución cubana creada por la revolución, bajo la dominación colonial, y por lo tanto se convertiría desde ese momento y por siempre, en guardián perenne de la soberanía y la independencia de Cuba.

 

Céspedes, quien desde el 10 de octubre de 1868 ocupó el mando político-militar de la Revolución hasta su deposición por la Cámara de Representantes en 1873, enfrentó a cuatro capitanes generales con una larga hoja de servicio militar y experiencia combativa: los tenientes generales Francisco Lersundi y Ormaechea, Domingo Dulce y Garay, Antonio Fernández Caballero de Rodas y Blas Villate de la Hera.

 

«Fue un ser humano; quiero decir: no era perfecto ni infalible. Algunos de sus actos recibieron juicios adversos, pero todos, absolutamente todos, estuvieron apegados a su conciencia y al elevado concepto del deber, que sobrepuso decididamente a cualquier otro sentimiento, incluso a su amor paternal. Creía firmemente que la Revolución es la fuente del Derecho», así lo definiría Eusebio Leal Spengler, historiador de La Habana.

 

Él fue líder de un nítido patriotismo que implicaba una enorme cultura y visión general de la sociedad de su tiempo. Solamente teniendo en cuenta ese fundamento cultural y cosmopolita de su personalidad, es que puede entenderse su inclinación a la independencia total y absoluta de Cuba.

 

Las ideas políticas y revolucionarias de Carlos Manuel de Céspedes y de los hombres que lo acompañaron en la lucha, quedaron reflejadas en el Manifiesto que se dio a conocer en Demajagua con el estallido revolucionario el 10 de octubre de 1868. En este documento se anunciaba el comienzo de una guerra justa, anticolonial y antiesclavista y, además, se exponían las causas políticas, económicas y sociales que justificaban la decisión de recurrir a la lucha armada para eliminar la dominación colonial.

 

Asimismo, se dio a conocer el proyecto político que rompía con las ideas reformistas, anexionistas y autonomistas para lograr, simultáneamente con la liberación nacional del yugo español, la abolición de la esclavitud. El 10 de octubre abrió una época de revolución política y social en Cuba.

 

En el Manifiesto subrayó: «(... ) Nosotros consagramos estos dos venerables principios: nosotros creemos que todos los hombres son iguales, amamos la tolerancia, el orden y la justicia en todas las materias; respetamos las vidas y propiedades de todos los ciudadanos pacíficos, aunque sean los mismos españoles, residentes en este territorio, admiramos el sufragio universal que asegura la soberanía del pueblo; deseamos la emancipación gradual y bajo indemnización, de la esclavitud; el libre cambio con las naciones amigas (...) Cuba no puede pertenecer más a una potencia que, como Caín, mata a sus hermanos, y, como Saturno, devora a sus hijos. Cuba aspira a ser una nación grande y civilizada, para tender un brazo amigo y un corazón fraternal a todos los demás pueblos (...)».

 

En la mañana del 11 de octubre, los patriotas, encabezados por Céspedes, abandonaron Demajagua y partieron hacia la Sierra de Naguas. Luego acaecería el combate de Yara, el reagrupamiento del Ejército Libertador, el sitio y toma de Bayamo, Perucho, lápiz en ristre, desde su montura, redactando las estrofas del Himno… Comenzaba así la primera de nuestras guerras de independencia. (Granma)

 

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