Jueves, 21 de septiembre de 2017

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¿Ha desaparecido la amenaza terrorista?

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Syed, y los más de 20 asesinados en la funesta acción, ya son otra de las estadísticas que arrojan las víctimas del terrorismo

 

Poca o casi ninguna repercusión mediática tuvieron los sucesos protagonizados por el paquistaní Syed Hamid Husain durante las últimas semanas. Este profesor de química de la Universidad Bacha Khan, enfrentó solo a una horda de talibanes con el objetivo de salvar la vida a sus alumnos, heroicidad que le costó la suya.

 

El profesor, que al morir en defensa de sus chicos dejaba huérfanos a sus dos hijos, era llamado con el sobrenombre de “El Protector”, a causa de su habilidad como cazador y poseer una pistola de 9 milímetros, teniendo en cuenta los atentados ocurridos últimamente en la zona.

 

Syed, y los más de 20 asesinados en la funesta acción, ya son otra de las estadísticas que arrojan las víctimas del terrorismo que asola a esta región del mundo. Acciones que parecen no tener fin, ni motivos aparentes, y que poco a poco extienden sus garras un poco más allá de la milenaria región del Medio Oriente. Recordemos los tristes eventos acaecidos en París durante el pasado año.

 

Miles de noticias circulan al día en los rotativos, y algunas no causan tanto pavor como otras. Tal es el caso de las aseveraciones –por demás preocupantes- que a finales de 2015 realizó William Perry, exsecretario de Defensa de los Estados Unidos. De acuerdo con el diplomático norteño, el peligro de un ataque terrorista con un dispositivo nuclear improvisado podría suceder "en cualquier momento, el próximo año (2016) o un año después". ¡¿Qué?!

 

¿Acaso resulta imposible detener la escalada de violencia terrorista? ¿Cuántos intereses se manejan detrás de la supuesta guerra contra ese mal? ¿Interesan en realidad los miles de muertos que causa o es solo una estrategia de dominación? ¿Quién financia, promueve, asesora –y con qué fin- a esos grupos de personas?

 

Para nadie es un secreto que más allá de maquinaciones de dominación global, o de teorías de conspiración, muy a la moda últimamente en el cine y la literatura, el fenómeno trasciende los ideales religiosos o nacionalistas. Hay una profunda herida política (y económica) en cada muerto, en cada edificio derruido, en cada explosión. El terrorismo es tanto herramienta, como efecto de estrategias globales mal encaminadas, mal aplicadas e incluso, bien estudiadas.

 

La máxima de “divide y vencerás” nunca ha sido más pertinente para quienes juegan al ajedrez mundial. La región del Levante es clara muestra de ello. Mientras sirios, palestinos, iraquíes, yemeníes o somalíes continúen enfrascados en sus desacuerdos político-religiosos, otros disfrutan del pastel de sus recursos. Mientras los proyectos-nación de esos países continúen desmembrados, acéfalos, nunca existirá un verdadero orden territorial capaz de encaminar a la región a la tan necesaria paz. Y de eso están al tanto –y lo aplican- quienes promueven tales desacatos y violaciones.

 

No hay dudas de que el terrorismo constituye actualmente una de las amenazas más graves para la paz y la seguridad internacional, y al mismo tiempo, uno de los retos más grandes que enfrenta el sistema de las Naciones Unidas y la comunidad internacional. Quizás lo único que lo supera en alcance y peligrosidad sea el cambio climático, y no por eso deja de ser preocupante, ya que una conjunción de esos dos flagelos sería nefasto para el futuro de la humanidad. Preguntémonos, ¿a falta de agua, tierras o recursos naturales, qué serían capaces de hacer algunos grupos humanos en pos de acceder a ellos? Quizás sea una visión apocalíptica pero…

 

Lo que sí está claro es que no obstante la –supuesta- muerte de Osama Bin Laden, el apoyo de la ofensiva rusa en Siria contra el Estado Islámico o las llamadas al diálogo por parte de los actores internacionales, el terrorismo no es una causa, es la consecuencia de políticas y estrategias que deben –y pueden- ser rectificadas.

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