El latin jazz se luce en la Sala White

No por gusto el más reciente periplo del pianista Alejandro Falcón, junto al quenista argentino Rodrigo Sosa, por algunas provincias cubanas, lleva el nombre de Gira Cervantina. El espectáculo que pudimos disfrutar los matanceros, la noche del viernes 25 de noviembre en la Sala White, estuvo a la altura de cualquiera de los más grandes festivales latinoamericanos.

Alejandro y Rodrigo, en compañía del percusionista Adner López Jiménez, conforman un trío tan improbable que nos demuestra que el jazz es la libertad hecha música.

El artista sudamericano toca la quena con todo el cuerpo, transpira la melodía, es él mismo un instrumento de su arte, un poseso. Febril, desbordado, súbito, en su interpretación expresa pasión, lirismo.

Fotos: Ramsés Ruiz Soto

La percusión de Adner le pone el toque de potencia, logrando un diálogo fuerte, expresivo y revelador, con un efecto similar al que en la pintura tienen los colores contrastantes.

Sobre este paisaje sonoro, el piano esboza líneas, matices, claroscuros, traza el cauce por donde fluye un torrente armónico. Juntos son, más que espectaculares, únicos.

El concierto inició con Obba Meyi, pieza basada en los cantos afrocubanos al orisha Changó, de la autoría del propio Falcón y que aparece en su disco Mi monte espiritual.

Luego nos redescubrieron el Danzón Almendra, de Abelardito Valdés, que con singulares arreglos y la intervención de la quena se transforma en una sustancia totalmente nueva.

Entre tema y tema, los artistas tienen breves momentos de interacción con el público. “No es la primera vez (en Matanzas), pero es cada vez mejor”, asegura el argentino. También nos cuenta cómo fueron sus inicios en el latin jazz.

“Al entrar en el universo de la improvisación y tocar danzones con la quena, tuvimos no pocos detractores porque lo que hacíamos estaba fuera de esquema, pero nosotros solo queríamos abrir el abanico de la música latinoamericana y tratar de unir, no separar”.

Su versión de Ámame como soy resultó un bello homenaje para el recientemente desaparecido cantautor Pablo Milanés.

Tras pasar por Solamente una vez, Bésame mucho, Que nadie sepa mi sufrir y el Libertango de Piazzola, donde Rodrigo pone un toque inspirado y sutil, llegó Un son para la quena, sensacional tema compuesto sobre la base de ese ritmo cubano en el que el percusionista tiene un momento de particular lucimiento.

Concluyeron la velada con la polca Chini. Matanzas les aplaudió fervorosa y quedó enamorada del jazz cubano, de la dulzura del instrumento andino y la maravillosa oportunidad de disfrutar un concierto que no desmerecería en ningún escenario del mundo.

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Sobre el autor: Giselle Bello

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