Halloween: ¿por qué gana tantos adeptos la noche de brujas?

Halloween: ¿por qué gana tantos adeptos la noche de brujas?

A finales de octubre, la noche matancera se pobló de criaturas fantásticas y personajes oscuros. Sí, por supuesto, me refiero a la celebración de Halloween, que durante los últimos años ha ganado numerosos entusiastas en nuestro país, especialmente entre los más jóvenes. 

No faltó entonces quienes criticaran la creciente popularidad de una festividad considerada foránea pero, realmente, ¿es esta una tradición que se nos impone y roba protagonismo a la cultura nacional?

Los precedentes del actual Halloween se remontan a la época precristiana, cuando los celtas, pueblos que habitaban las islas británicas y el norte de la península ibérica, celebraban el festival de Samhain para marcar el inicio del invierno y el fin de la cosecha. 

Ellos creían que en ese momento las almas de los muertos vagaban entre los vivos. La idea de usar máscaras surgió así, para no ser reconocidos por los difuntos y otros seres de las tinieblas.

Con el avance de la religión cristiana y su afán por borrar todo lo que oliera a paganismo, se transformó en la Víspera de Todos los Santos (All Hallow´s Eve, en inglés), de ahí el nombre de Halloween.

Los inmigrantes de Irlanda y Escocia la llevaron a Estados Unidos en el siglo XIX, donde ya en 1921 tuvo lugar el primer desfile masivo, en la ciudad de Minnesota

Esta versión norteamericana es la que llega a nuestro país, repetida y amplificada hasta lo indecible por los medios de comunicación y, más recientemente, por internet y sus redes sociales. 

La conmemoración de las calabazas y las brujas no es un fenómeno solo de Cuba sino global, y su avance no está motivado por un genuino interés cultural sino por una abrumadora maquinaria de mercadotecnia.

Se trata del llamado marketing estacional, que estructura un calendario de fechas especiales a lo largo del año (Navidad, San Valentín, Día de las Madres, etc.) para aumentar las ventas.

En nuestro entorno, donde no existen grandes supermercados ni plataformas de venta online, son los pequeños negocios privados quienes aprovechan la ocasión. Bares y restaurantes utilizan este recurso, al igual que otros como organizar exposiciones o conciertos, para atraer clientes.

Y funciona, cumple su cometido a la perfección porque es una idea bien pensada, original y divertida que apela a la emoción, a la imaginación, y nos regala la increíble libertad de convertirnos en quien no somos, al menos por una noche. 

Con Halloween pasa lo que con tantas otras cosas: lo más fácil resulta señalar y criticar. Hacer es otro cuento. Por supuesto, el fenómeno de su intrusión en el ámbito cubano forma parte de la globalización y de la hegemonía cultural de las grandes potencias, pero solo se puede sembrar en terreno yermo.

Los cubanos teníamos nuestro propio momento para disfraz, el carnaval, donde además de disfrutar de las carrozas y comparsas que aún existen, la gente salía de sus casas ataviada de las maneras más ocurrentes. Esa tradición desapareció sin dejar rastro y está tan olvidada que ya nadie se pregunta por ella.

No se trata de demonizar todo lo externo sino de analizarlo (o asimilarlo) con una mirada crítica y, sobre todas las cosas, de reconocer, potenciar y cuidar con celo lo auténticamente propio.


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Sobre el autor: Giselle Bello

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