Memoria matancera de Fruto Vivas

Elogio de Fruto Vivas a Matanzas en la dedicatoria de su libro Reflexiones para un mundo mejor. Fotos: Cortesía del entrevistado

“Llegar a Matanzas es encontrarse con la historia, con la memoria de un pueblo; con la arquitectura de la luz y la sombra de la frescura de los patios, de los amplios portales; con el trópico”.  

Son las palabras del conocido arquitecto venezolano Fruto Vivas (La Grita, 1928-Caracas, 2022). Muchos lo recordarán por sus obras emblemáticas: el Club Táchira, el pabellón de Venezuela para la Exposición Universal de Hannover o La Flor de los Cuatro Elementos, hermoso monumento funerario donde descansan los restos de Hugo Chávez. 

Sin embargo, pocos conocen que estuvo en la ciudad de Matanzas en más de una ocasión y que dejó constancia de su admiración por dicha urbe en varios documentos.

Tras su fallecimiento, acaecido el pasado 23 de agosto, fue el arquitecto matancero Ramón Cotarelo Crego quien desempolvó este recuerdo, que gentilmente ha accedido a compartir con el periódico Girón.

Cotarelo (con barba) junto a Fruto Vivas y su esposa, en septiembre de 1994 en Veracruz, México.

Cuenta Cotarelo que cuando él ingresó en la Escuela de Arquitectura de La Habana, en 1969, ya Fruto no era profesor allí, pero todavía se hablaba de su paso por el plantel. Valga aclarar que José Fructuoso Vivas Vivas, por sus actividades revolucionarias, se refugió en nuestro país durante los años sesenta. 

“Estando en Praga, en 1965, supo que su residencia en Venezuela había sido allanada por la Digepol (Dirección General de Policía) y que habían detenido a su hijo Homero. Solicitó entonces trabajar en Cuba y se puso a disposición de los planes de construcción de viviendas”.

Fruto regresó a su tierra a finales de esa década, pero sus enseñanzas permanecieron vivas entre los estudiantes de la universidad habanera por mucho tiempo más. 

Con ese recuerdo en mente llegó Cotarelo al Primer Seminario-Taller Internacional de Turismo, Cultura y Ambiente, celebrado en México en 1994, donde por fin pudo conocer personalmente al genial arquitecto venezolano.

“Presenté en mi conferencia el tema de la madera, sus potencialidades y limitaciones y esto fue motivo de acercamiento con el maestro. Con él compartí la mesa redonda sobre Tradición y Originalidad. No dejó de impresionarme su apertura y humildad, su gran poder de escucha y ansias de aprender del resto de las personas”.

 Y por supuesto hablaron sobre Matanzas. 

“La remembranza material de aquellos días quedó en la dedicatoria de su libro Reflexiones para un mundo mejor: ‘Con el recuerdo imborrable de Carlos Aponte y Guiteras agotando sus cartucheras hasta morir como se debe en el Morrillo… y las arenas blancas y el cielo azul de Varadero y sobre todo la bahía de Matanzas con la gente llena del más grande calor’” .

Un par de años más tarde —en 1996— volverían a encontrarse, durante una de las frecuentes visitas del artista venezolano a Cuba, invitado en esta ocasión por la Unión Nacional de Arquitectos e Ingenieros de la Construcción.

“No podía faltar un viaje a Matanzas y a El Morrillo. Lo recibí allí en calidad de presidente de la Sociedad de Arquitectura de la provincia.

“Dejó escrito un mensaje para los colegas matanceros, con la poesía que le caracterizaba: ‘… llegar a Matanzas es encontrar corazones abiertos al calor de una revolución, de una perseverancia donde la nueva arquitectura debe mirarse en este espejo de la añeja historia de Matanzas, es un reto al futuro, un reto a esta prístina luz, a esta brisa marina, a este olor a caracoles y mariposas de colores…’.

“Sobre Fruto Vivas diría que era buena persona, sensible, culto, humilde, muy capaz y, sobre todo, alguien que defendía sus criterios y dio pruebas, más de una vez, de no plegarse ante pretensiones de poder, como debe ser todo profesional honesto. 

“Para él no existía tarea insalvable, pues su principio era ‘quien tienta lo absurdo consigue lo imposible’. Asombroso era su nivel de cultura y observación, que lo llevó a romper esquemas y crear un nuevo lenguaje arquitectónico. 

“Se nutrió en sus inicios con los maestros, trabajó con Oscar Niemeyer y Eduardo Torroja, pero después aportó —y mucho—, combinando formas, función, espacios y técnica para darle a la arquitectura un carácter dinámico como el hombre mismo”. 

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Sobre el autor: Giselle Bello

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