El dolor no debe ser herramienta, sino punto de encuentro

Durante una semana el dolor y el miedo se enseñorearon en las costas de Matanzas. Ahora que las llamas se extinguieron y el azul volvió al cielo, solo queda el dolor.

Este, por profundo, por recordarnos nuestra frágil humanidad, posee la capacidad de crear empatía. A todos nos llega a través de esos hilos invisibles que nos unen, como ciudad, como país y como especie social, la pena del otro. Son pequeñas apretazones que se sienten en un sitio indeterminado del pecho.De su poder de aunar y provocar impresiones fuertes proviene su eficacia en lo comunicativo. Entonces, lamentablemente, existe quien lo utiliza sólo como herramienta para atraer audiencias, como gancho. Cuando el utilitarismo contamina sensaciones que deberían ser puras y genuinas, las corrompen y entonces lo profundo se transforma en superficial. Se gana en vistas, en likes, en corazones de Instagram, pero se pierde en espíritu.

El fuego descontrolado puede ser temible. Deja sus marcas indelebles en el cuerpo humano, cicatrices que nunca sanarán del todo. La víctima siempre llevará consigo un recordatorio, más allá de las cirugías de reconstrucción de tejido o cualquier otra maniobra médica. Por ello, no es necesario exponerlos cuando curan, cuando las heridas aún supuran, cuando exhiben la carne y el músculo al descubierto.

Incluso hay quien coloca dos fotos, una de antes del incidente y la otra después, para remarcar el cambio, lo que nunca volverá a la normalidad, en un intento de crear un efecto de espectacularidad y al final, no se habla de objeto inanimado, sino de un ser sensible con sus complejidades e inseguridades.

Aquellos que lo hacen no buscan la empatía, la idea de que el dolor se comparte, sino el morbo, ese sentimiento humano que se alimenta de lo escatológico, de lo triste, y nos remite a las más bajas pasiones del hombre. Por desgracia, en un mundo posmoderno, donde la sangre se vuelve pintura roja para hacer anuncios publicitarios de películas, el morbo vende; pero el sufrimiento ajeno no puede convertirse en fuegos artificiales, en luces de neón, en vallas publicitarias.

Existe otro dolor más hondo que es el de la pérdida, el del ser querido que nunca volverá o por lo menos no físicamente, porque siempre retornará en la memoria, en las conversaciones de sobremesas, en los momentos que nos descubrimos mientras miramos a la nada.

Intentar usar esta pena, sobre todo cuando todo es tan reciente, para crear mensajes y campañas, con la cual avivar viejas rencillas es un irrespeto para aquellos que perdieron la vida. Más lamentable aún resulta quienes la utilizan para ganar cinco minutos de fama mediática, los que hacen un acto de malabarismo con la desgracia.

Esos que en vez de hablar de “ellos” hablan desde el “yo”, en un intento de demostrar una sensibilidad falsa que no surge del dolor, sino del egoísmo. Las víctimas merecen, ante todo, nuestro homenaje, pero uno auténtico, sin parafernalias indebidas.

El primer sentimiento que aparece ante la muerte y el que prevalece por más tiempo, es la tristeza. Saber respetar el duelo ajeno es una de las muestras más grande de solidaridad como género humano.

Hay que evitar la épica insulsa. Hubo momentos de incertidumbre, esas noches en que los cristales de la ciudad retumbaban ante las explosiones de los tanques, que la épica, entendida como la capacidad del hombre para imponerse a la adversidad, era necesaria, porque de ahí surgía la esperanza que contenía al pánico, al desánimo, al desespero.

No obstante, al ese momento quedar atrás en el tiempo – nunca en el recuerdo – se requieren otros tipos de aproximaciones al fenómeno que van desde el respeto hasta la solemnidad.

El poeta inglés John Donne escribiría: “Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”. No solo la muerte, que es el más fuerte de las penas, por su estatus de permanencia, sino todo sufrimiento humano nos debería llegar bien adentro, porque al final somos parte de un todo más grande. (Ilustración por Miguel Morales Madrigal)

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