La felicidad que merecen los niños

La felicidad que merecen los niños

Cierren los ojos, viajen al pasado y allí, frente al espejo de su niñez, ábranlos: ¿qué ven? Nunca pude olvidar aquel ejercicio que realizamos junto a la profesora de psicología en uno de los años de la carrera. Mientras yo revivía instantes alegres, hubo otros que interrumpieron los recuerdos entre lágrimas. 

Allí tuve la certeza de que una infancia desgarradora no puede borrarse como un archivo que envías a la papelera. Hay cierta similitud entre ella y los cimientos de una edificación. Por eso, cuando se violenta esta etapa, las siguientes suelen tambalearse entre la ansiedad, depresión, baja autoestima y muchas otras ventiscas que azotan el espíritu.

Los niños y las niñas son libros de vida que van sumando páginas nuevas, en la medida en que conquistan hallazgos sobre la tierra. A veces queremos que crezcan rápido, que paren de llorar, que sepan sostener los cubiertos y no derramen el agua sobre el mantel, que deduzcan cuándo es preciso callar…, sin darnos cuenta de lo mucho que aprenderíamos si nos dejáramos deslumbrar, como ellos, ante la revelación de los colores, olores, texturas; o si camináramos apenas unos pasos sostenidos por la inocencia.

Durante la infancia no existen límites para la fantasía. Simples objetos transmutan sus funciones para construir un universo imaginario donde una caja de cartón puede ser un barco intrépido sobre las aguas. Mi mamá me cuenta, por ejemplo, que en la casa de mi bisabuela había una pared dañada por la humedad y se me antojaba que aquella silueta era el mapa de Cuba. Entonces, todos los días me paraba frente a ella a dar el parte meteorológico, con mar tranquila desde oriente a occidente.

En la niñez somos verdaderos descubridores de este mundo nuestro. Vamos dejando una estela de ocurrencias y los mayores ríen, mientras intentan buscar una respuesta lógica a la decisión del niño de llamar al oso Frijolito, o Sopa de chícharo al perro de peluche. 

En la mirada transparente de nuestros pequeños, los sentimientos se agolpan y no hay lugar para la mentira; aunque papá te mire con ojos requeteabiertos, cuando le digas a la novia nueva de tu hermano que este recogió el cuarto porque ella venía.

Cuando mi Héctor David tenía apenas unos meses, le nació un potrico a la yegua de un amigo. Había que ver aquel caballito jugueteando en el potrero, apenas unos minutos después de haber abandonado el vientre materno. En ese momento pensé en la fragilidad humana y en lo dichosos que somos de tener en nuestros brazos por más tiempo a esos seres nacidos de nuestras entrañas, que tienen olor a ternura y vemos crecer poco a poco, hasta que ya están listos para correr hacia su propio camino.

Ojalá que los padres no sustituyeran por rutinas de trabajo, irresponsabilidad o simplemente desamor, la dulce tarea de acompañar y disfrutar la infancia de sus hijos, un tiempo que, como dijeran los abuelos, “se va y no vuelve más”. 

Ojalá que todos, cuando hiciéramos un periplo por el pasado y llegara el instante de abrir los ojos, observáramos en el espejo el rostro pleno de felicidad de la niña o el niño que fuimos. (Foto: Anet Martínez Suárez)

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Sobre el autor: Lianet Fundora Armas

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