Con Falcón y los Muñequitos, se formó el rumbón

Muñequitos de Matanzas

Casi al final de uno de esos atardeceres de verano en que el sol se derrama con saña en el lomo de los edificios más altos de la ciudad, por los ventanales del Teatro Sauto se escapan las notas de un piano que, sin pretenderlo, anuncian una de las convergencias musicales más significativas en la historia reciente de la ciudad.

Dentro de un rato se reunirán, por primera vez en el prestigioso escenario, el pianista y compositor Alejandro Falcón y la leyenda de la rumba en Cuba, Los Muñequitos de Matanzas, para interpretar algunos de los temas del DVD Jazz con Guaguancó, con el que el joven músico le rinde tributo a la agrupación yumurina.

Por supuesto que al final de la noche habrá exaltación, aplausos, muchos cuerpos sudados y delirantes que giran, juegan, inventan pasillos en el estrecho marco de sus butacas… Habrá eso y más, al final del espectáculo, pero ahora, poco antes de las 7:00 p. m., aún permanece el escenario casi desierto, apenas desandado por los tramoyistas y técnicos de sonido que, imperturbables en sus funciones, se consagran a chequear cada detalle.

Un Falcón aún en jean y pullover entra y sale del camerino varias veces, consulta el reloj, organiza las partituras, habla por su celular y vuelve a ver su reloj; hasta que decide pasar algunos temas con el bajista y el trompetista que lo acompañan, en tanto llegan los miembros del conjunto rumbero.

“La idea de esta fusión surgió como parte de un homenaje que, desde el Centro Nacional de Música Popular, se le realizó a los Muñequitos en su 67 aniversario. Desde un inicio consideré una bendición la oportunidad de arreglar los temas de esta longeva orquesta, que tanto ha legado a la música cubana”.

Con Falcón y los Muñequitos, se formó el rumbón

Pero, como toda gran oportunidad que llega a nuestras vidas, para Falcón también implicó un gran desafío, al proponerse la elaboración de una nueva sonoridad sin desposeer de su sello a la rumba de los Muñequitos, sin restarle el tono poético y castigado de sus coros, sin su sentido ancestral del ritmo. No se trataba de traducir sus canciones al idioma del jazz, sino más bien de fusionar sin estilizar, sin adulterar nervio y autenticidad; en fin, crear algo nuevo sin que el canto dejara de ser la voz del espíritu.

“Tenía que lograr algo único, donde la percusión tuviera tanto protagonismo como las cuerdas y los metales, pues en ellos cobra vida independiente, no ya como mero elemento del ritmo, sino como factor de expresión”, confiesa Falcón.

“Esta música no está hecha para escucharla en un radio ni sentado en la casa: tienes que venir y dejarte deslumbrar —me había comentado minutos antes Maykel González, trompetista—. Mi participación en este concierto ha implicado un proceso de aprendizaje, sobre todo porque la rumba es imposible de atrapar en partituras. Nosotros podemos hacer la misma canción 10 veces, que las 10 sonará diferente. Es una música tan libre que no entiende de pautas, sino de emociones, de la energía que te nace mientras la tocas”.

Y de esta energía que te surge en clave de rumba nadie conoce más que Diosdado Ramos, director de los Muñequitos por más de 40 años. De voz baja y ademanes serenos, apenas entra al teatro se interesa por cada detalle con que tropieza.

“Yo sé que uno es un poco caprichoso, pero tienen que salir bien. Es la reputación de los Muñequitos lo que se expone en cada presentación, y con eso no se juega”.

Él pertenece a la segunda generación que entró al grupo, por lo que representa uno de los pocos nexos vivos que conecta a los fundadores con la nutrida descendencia de amigos, hijos, nietos y bisnietos que hoy integran la quinta generación.

“Ellos nos abrieron el camino al éxito, por lo que nosotros le debemos respeto y lealtad eterna. Mi función hoy es guiar, velar por el patrón de nuestra rumba, más reposada, cadenciosa, de afinación aguda, elementos que, dicho sea de paso, se mantuvieron con los magistrales arreglos de Falcón. Tengo que decir que este concierto clasifica entre nuestras mayores satisfacciones en estos 70 años de vida”, explica Diosdado, quien desde ese momento no se sentará una vez ni dejará de prestar atención un solo instante a los ensayos.

Con Falcón y los Muñequitos, se formó el rumbón

Apenas se aleja, saluda de manera informal a Rafael Pujada —El Niño Pujada—, un hombre más bien enjuto, espigado, vestido todo de un blanco impecable, incluida su bolchevique, que junto al mechón encanecido en su barbilla parecen destellar sobre su piel oscura.

Él ha sido durante más de 30 años el cantante principal e inspirador de Los Muñequitos de Matanzas. Tanto en su voz cascada como en sus finas claves reposa hoy, en gran medida, el sello del grupo.

“Cuando yo toco la clave todo el mundo baila / mi clave tiene un misterio y un sabor muy natural / así lo tocaba Juan y nadie lo pudo imitar / ahora la toco yo y es una cosa muy normal”, me recita jocoso, en voz baja, antes de explicarme que nunca se separa de sus claves, que son “su espada”, que las hace de jiquí —una madera que suena como cristal— y que por eso su sonido no lo tiene nadie en el mundo. Son su resguardo y compañía pa cuando se forme la rumba, estar siempre “ensillao”.

Porque claro, aunque durante años se ha intentado disfrazar a la rumba de exotismo y folclor, para pasearla por cabarés más glamurosos, ella siempre se sacude las lentejuelas y retoma su esencia arrabalera, espontánea, pura. Esa ha sido su salvación y por la que ha mantenido su hegemonía en los barrios más humildes, al margen del respaldo institucional; porque, si algo representa el género, es un símbolo de la cultura de resistencia, donde no se precisa más que un cajón de bacalao y dos cucharas para lanzar los primeros cantos.

Por eso, cuando resuena el toque severo de los cajones que, como declaración de guerra invade todo el teatro, El Niño hace una pausa y sonríe, inspirado por la repetición del estribillo de Congo Yambumba que Alejandro toca en el piano y Agustín, que ya azota el 6×8, le responde sabroseando los cueros de las tumbadoras con sus dedos llenos de maravillosos hallazgos que le hacen vibrar el pecho a todos en el escenario, sobre todo al Niño, quien se desliza hacia el micrófono y suelta la primera diana, que en su voz conserva la atronadora ambigüedad de la felicidad y el dolor, de jolgorio y melancolía.

Y entonces Jesús Alfonso, que suele darle al quinto en la misma costura, repicó con una cascada de golpes sutiles, al centro del parche, que fueron desbordándose con igual velocidad con que la trompeta sajaba el aire de la sala mientras Falcón, sin despegar sus dedos del teclado, imitaba un laleo que el coro le respondía con la afinación de un conjunto sonero y que exhibía, con inusitada insistencia, las virtudes de una fusión irresistible para los técnicos del teatro, que se abandonaron a aquella fiesta súbita en la que se vieron envueltos y de la que quisieron formar parte bailando, moviéndose, bromeando y “vacunándose” hasta el final del tema, momento en que, disciplinados como al inicio, retomaron sus labores.

—Te lo dije —me dice el Niño con su sonrisa metálica, dorada—. Mi clave tiene un misterio y un sabor muy natural… Y esta noche, con Muñequitos y Falcón, se formó el rumbón.

Poco después caía el telón principal y los músicos regresaban a los camerinos para cambiarse de ropa. Todos, de manera natural, dieron el ensayo por concluido.

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