La constancia de Ernesto Jiménez

Ernesto Jiménez es un hombre incansable que conoce cuánto sacrificio supone hacer parir la tierra.

“Me di otro mochazo”, así, con semejante simpleza, describe Ernesto Jiménez el contundente golpe recibido mientras intentaba sacar de una pila de leña un tronco  que alimentaría la cocina rústica de su finca.

Gajes del oficio para el hombre trabajador, pensaría uno, al recordar aquella vez que un arado le rodó por encima de un pie en plena preparación de tierra. La armazón de hierro casi le tritura los dedos, pero el organismo de Jiménez es resistente como ciertos palos del monte, o como aquel tronco que intentó sacar de un tirón, y sirviera de palanca para lanzar como proyectil un fragmento de una oxidada llanta de bicicleta que le impactó en un ojo.

El accidente le costó la visión de ese órgano, pero verle de pie, en medio de un campo de papa, con un párpado cerrado mientras intenta aguzar la mirada con el otro, permite entender la constancia de este hombre, a quien no amilanan lesiones, ni enfermedades.

Ernesto Jiménez se ha enfrentado a varios padecimientos y desde hace algunos años convive con una aguda diabetes, pero su cuerpo robusto resiste cada embestida. Tal pareciera un personaje salido de una novela de Hemingway, que a pesar de las derrotas, nunca se sentirá destruido.

Cualquiera en su lugar dirigiría los destinos de su finca La Lonja desde la sombra de un árbol, reclinado en alguna silla; pero él prefiere adentrarse campo adentro, sentir bajo sus pies la polvorienta tierra de sus suelos ferralíticos rojos.

Desde niño comenzó a cultivar y conoce todos los secretos de la producción agrícola. Existen manuales y estudios científicos de cada cultivo, pero el guajiro nato posee ese sexto sentido que entiende cuándo la tierra le pide agua, fertilizantes e insecticidas. Es un lenguaje secreto que solo dominan los hombres del campo.

Este hombre incansable traspone los surcos y constata la labor de cada obrero. A veces se inclina, toma un tubérculo entre sus manos y lo sostiene cual prenda de gran valor, como sopesando el sacrificio que representa hacer parir la tierra.

Mas hoy le invade un sentimiento contradictorio. No ha sido de las mejores recogidas en los últimos tiempos, sino de las peores.

Cuando a finales de diciembre iniciara la siembra, el productor contó con una parte importante del paquete tecnológico, pero cuando se acercaba el periodo definitivo, por el que se trabaja incansablemente durante 90 días, atendiendo los requerimientos que exige la planta, comenzaron a escasear productos indispensables como los insecticidas.

Nada le complace más a Ernesto Jiménez que recorrer los sembrados donde lucen vigorosos los cultivos, sin el asomo de una mala hierba. El verde intenso de las hojas del arbusto de la papa, contrasta con el rojo de los suelos, produciendo una imagen que denota el excelente laboreo que se desarrolla en La Lonja.

Pero en esta ocasión la maleza señorea en los surcos afectando los rendimientos agrícolas de un lugar que durante años se caracterizó por tener los mejores resultados en la campañas de este tubérculo en el país.

Para males mayores, a cinco días de iniciada la siega, una torrencial lluvia anegó los campos provocando un receso involuntario en las fuerzas, entumeciendo los músculos de los guajiros hasta provocar cierta exasperación, porque si algo no concibe el campesino es permanecer inmóvil.

A ello se suma que los repetidos aguaceros en plena cosecha pueden acarrear considerables pérdidas al provocar pudrición. Por eso Jiménez esta vez no muestra el semblante agradable de siempre ante la visita de cualquier conocido. Cuesta más sacarle las palabras, y permanece con la mirada puesta en el horizonte, donde un grupo de hombres y mujeres recolectan los restos de una labor que concluye.

Lejos de pensar en el necesario descanso, o sentirse derrotado, se le escapa una frase contundente que refleja su grandeza: “dentro de pocos días prepararemos la tierra y comenzaremos con la siembra de maíz, seguramente nos irá mejor”.

Recomendado para usted

Sobre el autor: Arnaldo Mirabal Hernández

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.