Rita Martínez Pichardo: “He sido una mujer feliz”

La Universidad de Matanzas forma parte de la vida de Rita, es su segundo hogar, su refugio. Foto: De la autora

La Universidad de Matanzas forma parte de la vida de Rita, es su segundo hogar, su refugio. Foto: De la autora

La pedagogía cubana tiene en Rita Martínez Pichardo una defensora a ultranza. La dulzura, la necesidad de enseñar y el afecto por su familia y su profesión la caracterizan. En varias ocasiones se ha definido como una persona apasionada y responsable, que se contenta con los pequeños detalles de la vida. 

“Mis abuelos fueron maestros, creo que el amor por lo que hago me llega de cuna. Desde niña repasaba las lecciones al resto de mis amigos en una pizarra que me compró mi padre. A los 16 años, cuando termina la campaña de alfabetización, decido impartir clases en una secundaria básica. A partir de ese instante comenzaron las responsabilidades: fui convocada a participar en actividades de formación y superación de maestros, a impartir docencia en la facultad obrero campesina y como inspectora técnica de Biología, disciplina en la cual me formé.

“Esa etapa la recuerdo especialmente porque tenía la misma edad que mis primeros alumnos. Pude educarlos teniendo en cuenta sus intereses y preocupaciones. Participaba junto a ellos en cada celebración y me respetaban como a nadie. Comprendí la importancia de un profesor en la vida de los jóvenes, sobre todo de uno que acompañe, que respete, que proteja.  

“Me complace que en la actualidad me toquen el hombro adultos mayores como yo y me digan una frase que me llena: ‘Rita, usted fue mi maestra’”. 

—¿Cómo llega a la Universidad?

—La Universidad de Matanzas se ha convertido en mi segundo hogar. A ella me presento por el llamado que realizó el doctor y Héroe del Trabajo de la República de Cuba Roberto Verrier Rodríguez, designado para desarrollar la Sede Pedagógica. Integré el claustro de profesores y poco tiempo después me desempeñé como Jefa de Organización Docente. Tengo el privilegio de ser fundadora de esta Universidad que ya cumple 50 años.

“Nuestra misión era sobre todo instruir a médicos, ingenieros y otros profesionales, desde el punto de vista pedagógico, para que contaran con las herramientas suficientes para enfrentarse a un aula y continuar formando a otras generaciones.

“Además, me desempeñé como vicedecana de la Facultad de Ciencias Agropecuarias, como funcionaria del Departamento de Relaciones Internacionales, pero siempre regresaba a las aulas. Durante este tiempo y a pesar de las nuevas responsabilidades necesitaba mi dosis pedagógica con alumnos de pregrado y posgrado”.   

—¿Qué debe tener un profesor para ser un buen pedagogo?

—Considero que debe tener conocimientos y un espíritu de superación constante para enfrentarse a cada escenario y a los retos que imponen los estudiantes. Aunque el contenido sea el mismo, debe adaptarse a las características de diferentes grupos; y creo que lo he logrado a lo largo de los años. 

—Su labor como maestra la ha llevado a diferentes países, ¿qué recuerdo guarda de estas experiencias?

—Gracias a la labor desempeñada en la propia universidad, tuve la posibilidad de brindar servicios en algunas naciones de Latinoamérica. Me acogió México, Perú con un proyecto de la casa de altos estudios de La Habana, Venezuela y Brasil. Por los resultados obtenidos en el gigante suramericano obtuve el Premio de Posgrado del Ministerio de Educación Superior en 2001, por el trabajo con estudiantes y directivos de la Secretaría Estadual de Boa Vista en Roraima”.

—¿Cuántos premios posee y cuál considera más importante?

—Cada premio tiene su encanto. Tengo que resaltar por ejemplo los del Consejo de Estado, por el valor histórico y político que tienen; la Medalla Conmemorativa Juan Gualberto Gómez del Poder Popular; que me incluyeran en la lista de los mil educadores destacados del siglo XX de la Asociación de Pedagogos. Y si todos estos calaron hondo por la grandeza de cada uno, la sencillez del premio A ciencia cierta, que otorgan estudiantes de Periodismo, me emociona muchísimo. 

“El último reconocimiento lo recibí en la etapa pandémica: el Premio Nacional Consagración al Magisterio 2020 de la Asociación de Pedagogos de Cuba. La Sala White, que tiene un significado especial para mí, fue testigo de la entrega del galardón, donde me acompañaron mis amigos, mis colegas de trabajo y mi familia”.

 —¿Quién es Rita con su familia y sus amigos?

—Sin la familia no hubiera sido posible el éxito. Siempre insisto en que para lograr cualquier propósito en la vida es necesario que te acompañen, te estimulen, te apoyen. Transité por momentos difíciles, pero gracias a mis padres, mis suegros, mi esposo, mis hijas, mis nietas pude desarrollar muchas actividades que creí imposibles. 

“Me encanta participar en eventos sociales y me reprochan no estar más tiempo en casa. Adoro recibir a mis amigos, brindar café a pesar de que prefiero el té. Soy una abuela majadera, aunque intento respetar cada una de las decisiones que toman. No le reprocho nada a la vida, todo cuanto he querido lo he logrado y he sido una mujer feliz”.

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Sobre el autor: Arletis Arango Oña

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